Secuestro y sentido común

Editorial del 14 de setiembre de 2020

El 13 de setiembre de 1937 era secuestrado Félix Heliodoro Agüero Isnardi, dirigente de la Juventud Comunista Paraguaya. El camarada Félix tenía 20 años. Fue torturado salvajemente. Las autoridades dijeron que había sido deportado a Clorinda. Sin embargo, el 21 de setiembre apareció su cuerpo en el río y por presión de su familia y de las manifestaciones estudiantiles y obreras, le realizaron una autopsia que arrojó terroríficos resultados en cuanto a todos los padecimientos sufridos por el joven camarada.

El Partido Comunista Paraguayo padeció una gran cantidad de secuestros y desapariciones como las del camarada Agüero. Solo este año se cumplieron 40 años del secuestro y desaparición de Antonio Maidana y Emilio Roa. Y en noviembre se cumplirán 45 años del secuestro y desaparición de Miguel Ángel Soler, Derlis Villagra y Rubén González Acosta. De estos cinco dirigentes emblemáticos de nuestro Partido, solo se identificaron los restos de Soler en el 2016, que fueron encontrados en una fosa clandestina hallada en la Agrupación Especializada de la Policía Nacional. Los cinco forman parte de una lista de más de 400 personas de diversas fuerzas sociales y políticas, secuestradas, torturadas y desaparecidas por el stronismo para aplastar toda oposición al régimen.

Es terrible saber que nuestros seres queridos están sufriendo, que han sido despojados de su libertad con paradero y destino desconocidos. Es terrible no saber dónde están. Miles de familias siguen con esa incertidumbre en nuestro país, ante la imposibilidad de realizar el necesario proceso de duelo que permita por lo menos aplacar la incertidumbre, ante la carencia de medidas de reparación por los daños materiales y por los profundos e irreparables daños emocionales. Y en el caso de la sociedad entera, es terrible que el flagelo del secuestro por luchar contra el saqueo y la corrupción, por un país con democracia y justicia social, haya quedado hasta hoy impune. Estos crímenes hacen parte de la historia reciente de nuestro país y sobre ella se asienta el actual escenario demostrándonos que el juicio y castigo a represores y saqueadores de tiempos de Stroessner, es una exigencia democrática que tiene incidencia concreta en el presente. Más aún cuando autoridades de la estructura gubernamental están involucradas de forma directa o reivindican la criminal historia del stronismo, como es el caso del presidente de la Rca. Mario Abdo Benítez.

Tanto el infanticidio perpetrado por la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) del gobierno al asesinar a las niñas Lilian y María Villalba, como el secuestro del 9 de setiembre a Adelio Mendoza y Oscar Denis, efectuado por el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), nos plantean un mismo problema: los tres poderes del Estado han sido secuestrados por la narcopolítica desde hace muchos años. Y la corrupción, el saqueo, la represión que el Estado mafioso fue desplegando durante décadas, fue pariendo miseria, hambre y muerte en nuestro país, obligando al pueblo a defenderse de diversas formas. 

Si esta realidad no es abordada con la profundidad, seriedad y responsabilidad que amerita la actual situación de violencia, no habrá forma de configurar una salida. Y precisamente, quienes hoy usurpan los espacios de decisión en nuestro país, se han demostrado no solo incapaces de hacerlo, sino con la voluntad de seguir abonando la actual crisis.

El sacerdote Cáceres, de Concepción, hace unos días estuvo comentando el terror que generan los militares de la FTC, atropellando hogares, criminalizando luchas, abusando de mujeres, con el asesoramiento colombiano y ahora también el brasilero, ambos tutelados por el Estado más terrorista de la historia de la humanidad, como lo es el norteamericano. Muy contrariamente a su definición como supuestas fuerzas de “seguridad” nacional, como brazos represivos de un gobierno que en los últimos meses ha sido repudiado por los fraudes, la malversación de fondos públicos, el endeudamiento estatal masivo sin demostrar ni un solo resultado que minimice los acuciantes problemas que vive la población.

En medio de la crisis económica más grande del capitalismo en todo el mundo, con millones de desempleados, una pandemia y una rápida pérdida del poder adquisitivo de la clase trabajadora, las patronales siguen aprovechando cada minuto para fraguar sus robos contrabandeando, apropiándose de tierras, con títulos falsos, evadiendo millonarios impuestos, arreglando de manera corrupta las licitaciones con el Estado, violando normas de protección ambiental, además de incumplir con el Código Laboral vigente, operando con permanente y criminal violencia.

Son estos mismos sectores quienes desde sus medios masivos de comunicación construyen un discurso criminalizador a todo lo que se oponga a este orden de cosas, a esta estructura opresora, recuperando el antiguo discurso stronista anticomunista para atacar a todo aquel que sostenga públicamente una mirada crítica de lo que pasa, y especialmente a quienes se organizan para generar alternativas.

Es un gran desafío para la clase trabajadora de la ciudad y del campo, identificar la manera en que los empresarios, terratenientes y banqueros, dominados por la mafia internacional, construyen un sentido común para trasladar toda la violencia y la miseria que generan, hacia las organizaciones que luchamos para dar vuelta esta situación y lograr superar la infame explotación de los seres humanos.

La unidad de la clase trabajadora, en las empresas, fábricas y comercios, en los barrios y en las chacras, en colegios y universidades, en torno a un programa mínimo que exija la atención de las necesidades de las mayorías, buscando transformar este Estado para ponerlo al servicio de quienes todo producen, es la salida a la crisis.

Y disputar el sentido común buscando el encuentro de trabajadoras y trabajadores, explicando las décadas de saqueo, entrega y represión, identificando al enemigo que sigue con su plan de engaño a través de los medios masivos de comunicación y fortaleciendo el trabajo organizado, disciplinado y planificado, nos colocará en posiciones de hacer valer con la fuerza del futuro, nuestra condición de mayorías.

Hace décadas que nuestro país está secuestrado por la mafia y el narcotráfico. Y para liberarnos debemos construir una unidad obrera, campesina y popular capaz de potenciar los esfuerzos y capacidades de todas las capas sociales que padecen esta angustiante situación.

Ilustración de portada: David Eusebio

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