Opinión | Por Jean Mersault


El 9 de junio pasado trascendió en la prensa paraguaya el caso de Marciano Gonçalves Ramires, un joven indígena kaiowá de 21 años, torturado por “guardias” civiles en la zona de Amambai, Brasil, a poco más de cincuenta kilómetros de la frontera paraguaya. Una mayoría de portales que se hicieron eco de la información cerraban sus notas con una acusación que pretendía explicar el trato violento hacia este joven kaiowá, el viernes 5 de junio al mediodía. Esa vaga acusación de un supuesto hecho delictivo fue desmentida por el padre de la víctima, Marcelinho Gonçalves, quién de hecho denunció que no existe ninguna evidencia y que, además, su hijo fue abandonado a su suerte luego de ser torturado sin explicaciones. Además, declaró que en el centro medico no recibió atención médica adecuada y que hasta el momento tiene dificultades para moverse. El caso está conducido actualmente por los órganos competentes de Matto Grosso do Sul.

A la espera de más respuestas oficiales, las imágenes expresan una terrible y profunda humillación física y moral, que evidentemente no puede explicarse sin la construcción cultural que se desarrolló por tanto tiempo en las identidades nacionales de la región. El vídeo en cuestión es tremendo, y las palabras no alcanzan para lograr darle la real dimensión que amerita, pero hay cuestiones subyacentes que quizá son necesarias abordar partiendo de este caso en particular.  

Las lógicas nacionales, paralelas a la reproducción social capitalista, permean el imaginario general y permiten que estas violencias racistas pasen desapercibidas o directamente se naturalicen, basándose en justificaciones de diverso tipo (criminalidad, ajusticiamiento, etc.). Dadas las circunstancias es sencillo creer que casos como los de Marciano, cuyo nombre ni siquiera sabíamos hasta hoy, son excepciones horripilantes, pero en realidad es la síntesis de un proceso genocida sobre la población indigena que se extiende por todo el continente, bajo diferentes marcos nacionales. Varias organizaciones indígenas se pronunciaron al respecto y afirman que esto que sucedió el viernes pasado no puede quedar en anécdota, no debe volver a suceder. 

Mientras una gran cantidad de comentarios que inundan los portales de noticias justifican la práctica alevosa de tortura y la brutal demostración de inhumanidad, los casos así se acumulan en nuestra cotidianidad. En ese sentido es preciso recordar varios otros casos que ejemplifican la violencia sistemática y la impunidad de la que gozan los crímenes de odio racista contra los pueblos indígenas en Paraguay: uno de estos casos emblemáticos es el de Lorenzo Silva Arce, mbya guarani de 29 años, que fue asesinado en un crimen de odio mientras dormía en una parada de buses en el año 2019,  la justicia paraguaya aún no ofrece respuestas en este caso; también el de Darío Ramón Franco, ava guarani de la comunidad de Cristo Rey, que fue asesinado a tiros en 2024, debido a su liderazgo en las luchas territoriales de su pueblo; esta violencia sistemática también se ejerce contra las infancias y las mujeres, se han documentado múltiples casos de feminicidios a mujeres indígenas y de violencia a niñas indígenas. Esto sin hablar específicamente de los muchos otros procesos de despojos territoriales, de colonización y proletarización forzada de los diversos pueblos indígenas que habitan los territorios.

Estas menciones por su brevedad no expresan todo lo que implican estos hechos en las comunidades y la forma de vida de los pueblos indígenas, la magnitud de estas violencias son solamente equiparables al nivel de impunidad que otorgan los sistemas judiciales nacionales a los colonizadores. Mientras escribo esta líneas con impotencia y rabia, recuerdo una frase de Mateo Sobode Chiqueno, historiador y documentalista ayoreo, que dijo que sus padres pensaban que los cojñone (denominación para los blancos) los iban a cuidar, pero que luego de haber visto la colonización era evidente que su poder viene del despojo indígena.

Está claro que no hay construcción de paz posible mientras estos procesos coloniales se sigan desarrollando, esto aplica acá y en Asia Occidental.