La unidad y el enemigo principal

Editorial del 3 de agosto del 2020.

La semana pasada hemos insistido en la necesidad de defender un programa mínimo de políticas públicas para garantizar la subsistencia de las mayorías trabajadoras de la ciudad y del campo, en el marco del gran ruido generado por la unidad colorada, a la que denominan “concordia”, y que nosotros agregamos que es para evitar que los cambios necesarios para vivir y proyectar un mejoramiento de nuestras oportunidades de desarrollo, vayan madurando en la clase trabajadora.

Desde algunas organizaciones sociales y políticas del campo popular se ubica al Partido Colorado como el centro del poder desde donde operan políticamente las patronales, y al que debemos oponer resistencia sostenida. Y con esta caracterización, abren posibilidades de buscar alianzas con todo aquello que no sea colorado, que sea democrático (a lo que deberíamos aclarar, diciendo democrático-burgués) y que persiga el mismo interés de confrontar con el coloradismo.

Sin lugar a dudas, el Partido Colorado es la síntesis más desarrollada del poder político oligárquico-mafioso. En esto estamos de acuerdo. El problema central es el actual desarrollo del capitalismo en el mundo, y particularmente en el Paraguay. Y a este problema le agregamos la cuestión determinante: la lucha de clases. Por este motivo, toda alianza con el Partido Liberal y con otras fuerzas que representan mayoritariamente los intereses de los empresarios, terratenientes y banqueros, nos llevará al fracaso.

El actual desarrollo del capitalismo viene transitando una crisis de características estructurales, o sea, una crisis de la que no saldrá, salvo que se termine con esta forma de organización productiva y social, para dar paso a una nueva forma que, por las características globales del capitalismo, deberá ser mundial.

En este marco, la tarea es seguir peleando por las sentidas necesidades de las mayorías trabajadoras, buscando un debate que permita comprender los pasos que hemos dado para llegar a esta situación, la distribución de responsabilidades que fomentaron este estado actual de cosas y las tareas para superar esta situación y avanzar en una democracia de las mayorías trabajadoras, con justicia social, que es el socialismo.

Administrar este Estado diseñado en función de los intereses de la mafia y el narcotráfico a escala internacional, pretendiendo favorecer mayoritariamente los intereses de la clase trabajadora, es una ilusión peligrosa, porque nos lleva a reducir la tarea política a un marco de alianzas de dirigencias sociales y políticas en las cuales, varios de sus componentes están manchados de prebendarismo, clientelismo, otras expresiones de corrupción, además de tener la presión de patronales emparentadas con intereses oligárquico-mafiosos. Y es más grave aún, teniendo en cuenta la situación de las trabajadoras y trabajadores del campo y la ciudad.

Entonces, comprendiendo la crisis decadente y estructural del capitalismo, que ha reconformado a la cultura de las patronales para volverlas mucho más cortoplacistas, corruptas, inescrupulosas, timberas y parásitas, con la intolerancia propia de quienes siempre han recurrido al terror y la represión cuando ven amenazados sus privilegios, colocamos el desarrollo de fuerzas de la clase obrera y del campesinado pobre, con importantes esfuerzos de superación de sus crisis, pero aún muy lejos de que la superación de nuestras debilidades sea la expresión hegemónica de la alianza obrera, campesina y popular necesaria para superar la violenta podredumbre del capitalismo.

Las familias trabajadoras del campo y la ciudad, deberían reivindicar a sus respectivos gremios, colaborar a que los sindicatos obreros y los movimientos campesinos se desarrollen con cada vez más fuerza, con políticas para que sus asociados crezcan en sus oficios y profesiones, y además el gremio genere espacios de intercambio cultural y educativo que fortalezca los valores humanistas, solidarios, de trabajo colectivo, con mucho acento en la niñez y adolescencia, como también atención a nuestros adultos mayores. A ese grado de unidad debemos llegar en nuestros gremios, para ir eliminando las conductas que fueron generando dirigencias sindicales corruptas y mezquinas, o dirigencias campesinas con ese mismo carácter, además de propulsoras de gestores de proyectos más que nueva dirigencia social y política campesina.

La unidad de base es la única capaz de gestar una unidad con dirigencia social y política renovada en prácticas e ideas, y con la claridad de que el enemigo principal son las patronales y la continuidad de su sistema de explotación, que es el capitalismo, con la total comprensión de que el Estado es el instrumento que expande y fortalece el dominio de una clase sobre otra, y que al haber sido construido durante décadas para el saqueo, la entrega y la represión, su estructura debe ser transformada con una fuerza mayoritaria que, para ejercer su fuerza arrolladora, requerirá de mucha vinculación, respeto a los acuerdos y concentración en la edificación de su herramienta social y política.

Son momentos para el encuentro y el debate detallado acerca de estos temas, para que la estrategia revolucionaria se vaya enriqueciendo y asentando en la cabeza de esos millones de trabajadores y trabajadoras para construir y disputar realmente el poder con esa minoría explotadora.

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