Explotación y expulsión, la historia de un migrante

Corría el año 2014, y en medio de multitudinarias protestas, Brasil llevaba adelante la organización del Mundial de Fútbol de la FIFA. La organización del evento atrajo a una gran cantidad de trabajadores de todo el cono sur. Entre los años 2009 y 2011, la inmigración paraguaya al vecino país aumentó un 56,7% [1], pasó de 11.229 a 17.604 personas.

Nelson tenía entonces 15 años, vivía en Itapua Poty, una comunidad rural ubicada en el Departamento de Itapúa. Su madre, padre, hermana y tres hermanos, se dedicaban a la producción de la tierra para el autoconsumo. En ocasiones, vendía mandioca en el mercado local, y en otras, oficiaba de ayudante de albañil de su padre, ambos eran trabajos aleatorios, cuando se podía.

La imposibilidad de competir con la enorme maquinaria empresarial de los Trosiuk -que producen una amplia variedad de productos ganaderos y agrícolas, además del procesamiento industrial de algunos-, hizo que su familia no encontrara en el campo posibilidades de crecimiento económico, limitándose a la producción para el consumo diario.

“Primero se fue mi tío con mi hermano mayor, después me fui yo y luego fue mi papá y mis otros dos hermanos”, nos cuenta Nelson desde un albergue en el km. 10 de Ciudad del Este, en donde se encuentra en aislamiento desde hace más de 40 días. Con gran soltura en su idioma materno, el guaraní, nos relató la historia de los últimos 5 años de su vida. “Había muy poco trabajo, por eso decidí viajar”, la ausencia de posibilidades de continuar en el campo y de oportunidades laborales en Paraguay, lo expulsaron al vecino país, haciendo que casi toda su familia migrara. Solo se quedaron su hermana y su madre.

Cuando llegó, contactó con un vecino de su ciudad natal que se encontraba trabajando en un taller textil, fue así como llegó a su primer y único trabajo en la ciudad brasileña. El taller era propiedad de una persona de nacionalidad boliviana y se encontraba en su misma casa. Nelson obtuvo el trabajo sin mayores dificultades, ya que el que fuera su patrón estos últimos años, contrataba solamente a paraguayos para trabajar en su taller “porque los paraguayos saben trabajar”, cuenta Nelson.

El taller estaba en la planta media de una casa de tres pisos. En la planta baja tenían sus dormitorios y comedores. Todos estos años Nelson vivió allí. “No pagábamos alquiler ni comida, nos trataban bien”. La jornada laboral comenzaba a las 7 en punto de la mañana y terminaba a las 20 horas de la noche, con un intervalo de una hora para el almuerzo al medio día. Nos dijo que no tenían metas que alcanzar por día, algo bastante común en el rubro textil, esto tal vez innecesario por la gran entrega de los trabajadores a la labor diaria, elemento que se convirtió en característico de la fuerza de trabajo paraguaya.

Los flujos migratorios internos en el conosur, han experimentado un marcado cambio de destino. Si bien, la Argentina continúa siendo el país donde se encuentra la mayor cantidad de compatriotas, en las dos últimas décadas, la población paraguaya en Brasil ha ido aumentando. La grave crisis económica en Argentina, y el mejoramiento del panorama social en Brasil, convirtió a este último en principal destino de los migrantes sudamericanos [2].

El taller donde trabajaba Nelson, con otros 10 paraguayos, no era del todo legal, según nos mencionó, por ende, no contaba con los respaldos legales de un trabajador formal.

Cuando cumplió 18 años, se casó con una ex vecina de su ciudad natal, que también se encontraba trabajando en el mismo taller textil. Desde San Paulo, enviaban mensualmente dinero para la construcción de su propia casa, dentro del terreno de sus padres, en Itapua Poty. A pesar de que se vio obligado a salir ante la ausencia de oportunidades laborales, en sus planes estaba volver a su país.

Las remesas de paraguayos y paraguayas del exterior no son para nada un ingreso despreciable, se encuentran entre los diez principales sectores que ingresan divisas al país, incluso por encima de varios rubros de exportación. Solo en el 2016, esta cifra alcanzó USD 547,3 millones [3]. Entre los países sudamericanos, Paraguay es el segundo país que más depende de las remesas del exterior, cerca de un millón de connacionales dependen de ellas para vivir [4].

La informalidad es necesaria para la reproducción del capital, y somete a millones de trabajadores a condiciones de esclavitud moderna.

Cuando cientos de migrantes emprendieron la dura decisión de retornar a su país en el marco de la pandemia, y a pesar de su relevancia en la economía nacional, la primera respuesta del gobierno fue el rechazo y la discriminación.

El 30 de marzo, el ministro asesor de Asuntos Internacionales, Federico González, en conferencia de prensa exhortó a los conacionales a que no regresen, que las fronteras estarían cerradas y no podrían ingresar [5].

Más tarde, ante el inevitable regreso de los cientos de paraguayos y paraguayas que habían perdido sus trabajos, y con ello, toda posibilidad de sustento, y ante la presión de organizaciones de DDHH, el gobierno se vio obligado a dar una respuesta. Hoy hace alarde de la “efectividad” de los albergues como medida de contención del contagio, sin embargo, ni un solo centavo de todo el dinero que ingresó por el préstamo fue destinado para ello [6].

Nelson nos mencionó que en las primeras semanas dentro del albergue, no recibieron siquiera tapabocas, que solo se les entregó después de que realizaran reclamos.

El duro e interminable retorno

Cuando fue declarada la cuarentena en el Estado de San Paulo, su trabajo también se interrumpió, y como es de esperarse, también su salario. Ante esta situación, con su esposa, su padre y hermano, decidieron emprender el duro retorno. Una vez en el puente, se encontró con otro primo suyo y su esposa -quién en la ciudad brasileña se desempeñaba como albañil-, que ya estaban cumpliendo el cuarto día de espera en el lugar. En esa estación de la incertidumbre, llegando a ningún lugar, irrumpió la grata sorpresa de que ese mismo día iban a poder ingresar a un albergue dentro del territorio nacional, así fue como él y las demás 150 personas ingresaron.

A diferencia de él, su primo tuvo la mala suerte de ser trasladado a un albergue distinto al de su compañera. Hoy, más de cuarenta días después de ello, aún sigue esperando los resultados negativos para poder ir junto a ella.

Nelson y su familia fueron trasladados a un albergue en el km 10, mientras que Ariel, su primo, a uno en el km 7. Ambos dieron positivo al primer test de covid-19, sin embargo, la esposa de Nelson dio negativo. Ya sea por milagro o por inoperancia del Ministerio de Salud en la toma de muestras (ya que los falsos positivos sólo son posibles por contaminación de muestras), a los 14 días de cuarentena, Nelson también tuvo que separarse de su compañera.

Estamos dentro de un tinglado todos juntos, adentro tenemos solos dos baños, afuera pusieron de esos baños móviles, pero no alcanza para más de 100 personas”, nos menciona Nelson en la entrevista. Pasaron de estar hacinados en el puente, a hacinarse en los albergues, sin posibilidad alguna de mantener distanciamiento social.

Según los testimonios de Nelson y de Ariel, la gran mayoría de las personas en los albergues es joven, muy pocos alcanzan los 35 años. Este es el principal motivo por el que no se han manifestado aún casos graves dentro del albergue, ya que la juventud se ha mostrado resistente al virus. Sin embargo, fiarse de este elemento para despreocuparse y no invertir en posibilitar el distanciamiento social dentro de los albergues es una bomba de tiempo, ya que los mismos están expuestos a cargas virales muy altas por estar en confinamiento [7], lo que aumenta las posibilidades de riesgo. Según los datos del MSPyBS –actualizados al 30 de mayo- el 69% de los casos confirmados se concentran en los albergues, mientras que el 31% fuera, es decir, 662 y 302 respectivamente.

Desde que la pandemia llegó a nuestro continente, hemos visto aflorar con mayor fuerza las grandes contradicciones que cimientan la sociedad capitalista. El sistema de salud público paraguayo ha sufrido décadas de decidia y precarización, como consecuencia de un sistema de organización y producción social que prioriza los intereses económicos por encima de la vida.

En el capitalismo, los derechos a la alimentación, a la salud, al trabajo, a una vivienda, son privilegios de los que pueden pagar el precio.

Nelson, con voz de desconfianza y esperanza, nos contó que el día de ayer, sábado, sabría los resultados del 5to. análisis al que ya fue sometido. Necesita dos pruebas negativas para al fin salir, e ir al encuentro del tan esperado abrazo de su compañera y sus padres.

*Por Víctor Jara, sociólogo y politólogo, para Adelante! Juventud Comunista Paraguaya.

**Imagen de inicio: ilustración del artista argentino Al Margen extraída de culturainquieta.com


[1] https://www.ultimahora.com/poblacion-paraguayos-brasil-crece-567-2-anos-n559358.html

[2] http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-89062008000200003

[3] https://www.ultimahora.com/usd-4312-millones-suman-las-remesas-paraguayos-n1117910.html

[4] http://www.baseis.org.py/un-millon-de-paraguayos-dependen-de-remesas-segun-ong-chilena/

[5] https://www.ultimahora.com/gobierno-pide-connacionales-que-no-vengan-y-fronteras-seguiran-cerradas-n2877648.html

[6] https://elsurti.com/coronavirus/reportaje/2020/05/21/confinados/

[7] https://www.abc.com.py/nacionales/2020/05/25/casos-positivos-de-covid-19-siguen-siendo-de-albergues-y-presentan-alta-carga-viral/

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