El teletrabajo puede ser una trampa

El trabajo a distancia no siempre significa manejar los propios tiempos y disponer de mayor “libertad”. Detrás del home office, el anglicismo chic de moda, puede haber una lógica de aún más precarización y retroceso de derechos.

En el siglo XXI una gran cantidad de los trabajos presenciales pueden hacerse a distancia. Es ilógico gastar combustible y tiempo en traslados para simplemente estar varias horas en una computadora con acceso a internet encerrados en una oficina haciendo lo que podríamos haber hecho desde casa. Combustible, pasajes, cuota de vehículo, ropas de oficina, viandas, son algunos de los gastos de mantenimiento de un trabajo presencial. Ni hablar de niñeras o guarderías en el caso de madres y padres, o de cuidadores en el caso de atención a personas mayores, enfermos o personas con discapacidad.

Hacer oficina en estas circunstancias es un sinsentido: responde más bien a una necesidad de disciplinamiento por parte del empleador. Esto explicaría además por qué subsiste esta práctica de cumplir horarios cuando ha sido hartamente demostrado que la productividad aumenta en jornadas laborales más cortas y también que jornadas largas redundan en una menor productividad.

El teletrabajo en teoría permite al trabajador disponer de sus tiempos y enfocarse así en la productividad, además de que se ahorraría costos como el traslado. Por otro lado, el empleador también ahorra costos como alquiler de oficina, electricidad, agua, mobiliario, entre otros. El home office podría ser una relación ganar ganar, en donde el trabajador gane por sobre todo mayor calidad de vida.

Sin embargo, en la realidad, la balanza no se inclina a favor del empleado. El teletrabajo significa trabajo en exceso, y la asunción de otros costos, trasladados del empleador al empleado, como conexión a internet, equipos informáticos y de comunicación, mobiliario y hasta adquisición de versiones premium de algunas plataformas o programas para el trabajo. Esto en un contexto de incertidumbre, menores ingresos y precarización total.

El teletrabajo de esta manera, lejos de ser un avance hacia jornadas laborales más cortas y vidas más plenas, puede ser un caballo de Troya para la apropiación y sometimiento total de las vidas humanas al trabajo en peores condiciones: sin derechos, seguridad social, estabilidad ni ingresos que permitan una vida digna.

Si incorporamos la perspectiva de género, vemos una realidad aún más penosa para las mujeres, quienes de por sí ya cargan con una jornada laboral no remunerada de 18 horas semanales en labores domésticas y de cuidado de personas en Paraguay.

La brecha entre los ingresos de los trabajadores y su productividad es inmensa y se ha disparado a partir de la década de los 80, coincidiendo así con el auge del neoliberalismo. El home office sin límites y la economía gig  pueden ser la ruptura de una última frontera que permite una mayor acumulación aún a costa de peores condiciones de vida: una brecha aún más gigantesca entre las condiciones de vida de los trabajadores y lo que producen. Esto podría ser una realidad en el mundo post-pandemia. Ya vemos este efecto en Amazon: Jeff Bezos está ganando USD 10.000 por segundo mientras que los trabajadores del gigante tecnológico no dejan de denunciar sus condiciones.

¿El home office es malo per se? No necesariamente. Es urgente exigir los límites del teletrabajo y los derechos de los trabajadores en este contexto para que trabajar a distancia realmente pueda redundar en una mayor calidad de vida. Y de paso, replantear la naturaleza misma del trabajo. Como dice el historiador holandés Rutger Bregman en un artículo para Evonomics: “la solución a prácticamente todo es trabajar menos”. Pero para esto en primer lugar debemos perderle miedo a la libertad ajena.

*Por Norma Flores Allende, periodista, comunicadora, escritora y docente.
Ilustración de Cecilia Podestá. Revista Anfibia.

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