“Centroamérica es una región de gran importancia para Estados Unidos. Y está muy cerca: San Salvador está más cerca de Houston, Texas, que Houston de Washington, D.C. Centroamérica es América. Está a nuestras puertas y se ha convertido en el escenario de un audaz intento por parte de la Unión Soviética, Cuba y Nicaragua de instaurar el comunismo por la fuerza en todo el hemisferio”.
— Ronald Reagan, discurso pronunciado en 1984. 

Opinión por Francisco Herrera

Las elecciones en Honduras tuvieron lugar el 30 de noviembre y, a la fecha, no hay ganadores —si bien el Consejo Nacional Electoral (CNE) de dicho país tiene un plazo de 30 días para dar a conocer los resultados—. La magnitud de lo que está ocurriendo en el país centroamericano ha sido inversamente proporcional a su presencia en la agenda mediática, siendo engullida por las noticias sobre la invasión inminente de EE.UU. a Venezuela y a Colombia, y la victoria del ultraderechista José Antonio Kast en Chile.  Pero Honduras también es importante para entender el llamado “corolario Trump”, que define nuestros tiempos, y para reflexionar sobre el alcance de la actual democracia liberal que reconocemos como burguesa. 

La zona cero del imperialismo estadounidense

La construcción mediática en torno a Honduras —y a los demás países centroamericanos— como ‘irrelevantes’ es lo que ha permitido un silencio que nos priva de elementos sustanciales para comprender mejor América Latina y el Caribe y, en consecuencia, contar con mayores herramientas para superar nuestras dependencias, aún desde un lugar lejano a Centroamérica, como el Cono Sur. Cabe señalar, a este respecto, que esta propuesta no pretende constituirse en un análisis exhaustivo, sino en una recapitulación rápida de los hechos para suscitar reflexión y debate, y llamar a extraer aprendizajes en torno a la actual crisis política hondureña. 

La contienda presidencial tiene lugar entre el empresario Nasry “Tito” Asfura (extrema derecha, Partido Nacional de Honduras, al que pertenece el expresidente condenado por narcotráfico, Juan Orlando Hernández, conocido como JOH), el presentador de televisión Salvador Nasralla (derecha, Partido Liberal de Honduras) y la abogada Rixi Moncada, exsecretaria de Finanzas y exministra de Defensa (oficialista, del progresista Partido Libertad y Refundación, LIBRE).  Al momento de escribir estas líneas, los candidatos de los dos partidos tradicionales de Honduras, el Partido Nacional y el Partido Liberal, se encuentran casi empatados, con una ligera ventaja de Asfura. 

Abajo algunos apuntes rápidos en torno a estas elecciones en el país que inauguró el mote de “república bananera”, endilgado por el imperialismo estadounidense a través de la presencia de su multinacional United Fruit —hoy Chiquita Brands—: 

  1. Intromisión directa de los Estados Unidos: Un hecho a resaltar ha sido la injerencia desvergonzada de Trump a favor de Asfura, a través de reiterados mensajes en redes sociales e incluso de amenazas si “Papi a la Orden” —otro apodo del empresario y exalcalde de Tegucigalpa— no fuera proclamado como el próximo presidente hondureño. El anuncio de posibles represalias por parte del gobierno estadounidense caló de manera profunda en un país dependiente de las remesas, que representan un tercio de su PIB, y con más de 1 millón de migrantes en el país del norte, de los cuales el 40 % no posee documentos. Además, el fuerte discurso anticomunista ha dominado la agenda mediática local, bajo los lineamientos de los mensajes de Trump. Respecto a la política internacional, el Partido Nacional, con JOH, trasladó la embajada de Honduras a Jerusalén en 2021, lo cual fue revertido por el actual gobierno de Xiomara Castro, por lo que es esperable que la victoria de uno de los dos candidatos de derecha, Asfura o Nasralla, significará un mayor respaldo al régimen sionista —a pesar de que ambos candidatos sean de ascendencia árabe: Asfura, de origen palestino, y Nasralla, libanés—. También significará la ruptura con la República Popular de China para volver a establecer relaciones con Taiwán, uniéndose otra vez al reducido grupo de países americanos que reconocen a dicho país: Guatemala, Paraguay, Haití, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas.
  2. Graves acusaciones de fraude y de intento de golpe: En octubre, fueron presentados al Ministerio Público más de una veintena de audios —cuya autenticidad aún no ha sido verificada judicialmente— que señalaban una presunta trama para desacreditar el proceso electoral de 2025. Lo cierto es que la suspensión de la difusión de resultados preliminares, a raíz de una falla técnica reconocida por el CNE, sumada a una mayor intervención de Trump durante el conteo, impuso incertidumbre y desconfianza. A esto hay que mencionar la denuncia de Marlon Ochoa, consejero del CNE, de un 86 % de actas escrutadas con errores e inconsistencias. Nasralla, el otro candidato de derecha, además, ha denunciado fraude en el conteo por inconsistencias en votos sin registros biométricos. Hace unos pocos días, nuevamente los Estados Unidos, esta vez desde la cuenta de su embajada en Tegucigalpa, ordenan al CNE que finalice el escrutinio especial para dar a conocer los resultados y se revelaron más audios. A casi veinte días de las elecciones, la presidenta Castro alerta sobre un golpe orquestado en su contra y llama a la movilización ciudadana
  3. Indulto de JOH y coacción del crimen organizado: La revista Time atribuyó en 1948 una frase al entonces presidente Roosevelt refiriéndose al dictador nicaragüense Somoza: «puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Este axioma se encarna en JOH, condenado a 45 años por narcotráfico en 2024, e indultado y liberado por Trump en pleno proceso de conteo de votos, bajo amenazas de provocar una catástrofe en Honduras si no gana Asfura. El que fuera presidente de Honduras entre 2014 y 2022 conformó una red criminal desde su partido, el Partido Nacional, como lo demostró la propia fiscalía estadounidense con abundante evidencia. Las amenazas de invasión de Trump a Venezuela y Colombia, así como las ejecuciones extrajudiciales de casi un centenar de personas en el Caribe, todo ello bajo la premisa de un supuesto combate al narcotráfico, contrastan con el respaldo y el perdón del gobierno estadounidense a un comprobado narcotraficante, hecho que ni siquiera los analistas del más extremo centro pueden eludir ni excusar. Asimismo, la violencia de las pandillas se hizo presente durante la contienda electoral. Una investigación de la organización de derechos humanos Cristosal reveló la coacción de pandillas para obligar a las personas al momento de votar. Según el documento, «el proceso electoral estuvo condicionado por distintas formas de violencia política», entre ellas asesinatos, atentados, secuestros, amenazas, agresiones físicas y manipulación judicial.

“Centroamérica está demasiado cerca y hay demasiado en juego estratégicamente”

En la disputa con China o con otros imperios rivales, la ubicación del istmo centroamericano —y en especial, Honduras— es fundamental. Reagan lo había afirmado. “Centroamérica es América” y América, según la Doctrina Monroe, es para los americanos. El corolario Trump es apenas un recordatorio de la negación de la soberanía real en América Latina y el Caribe por parte del imperio estadounidense. 

En Honduras, un ejemplo tangible son las Zonas Especiales de Empleo y Desarrollo (ZEDE), pequeñas ciudades-Estado, con leyes especiales para favorecer al gran capital y atraer residentes multimillonarios extranjeros en desmedro de las comunidades locales, un ejemplo más de neocolonialismo. Tal como Chile fue el experimento neoliberal en décadas, y, ahora, Argentina, uno libertario, las ZEDE en Honduras —así como El Salvador de Bukele— proponen una distopía ultracapitalista, que celebran cultores de criptomonedas, apuestas y estafas. La ciudad más conocida, Próspera, creada por grandes capitalistas de Silicon Valley, constituye un ejemplo de lo que podría replicarse en el resto de la región: una violación flagrante de la soberanía de los países a través de la ocupación de zonas en extremo liberadas para el capital internacional, pensada para residentes selectos, mientras se expulsa a la población local o se la somete a un régimen similar al apartheid.


La crisis hondureña que nos demuestra los límites de la democracia burguesa

Honduras es un ejemplo más de esta ola de fracasos de los progresismos latinoamericanos y de la ultraderechización de la región. El incumplimiento de promesas, la ausencia de reformas reales en beneficio de la clase trabajadora y la capitulación al gran capital están ilustrados a la perfección en la llamada del presidente chileno Gabriel Boric al neonazi electo José Antonio Kast, un símbolo de las formas de la democracia burguesa bien capaces de cobijar al fascismo. 

En el caso de Xiomara Castro, a menudo se señalan el nepotismo, la corrupción, los pactos de impunidad, los vínculos con el crimen organizado, la remilitarización y un prolongado estado de excepción, entre otros. Honduras sigue siendo uno de los países más empobrecidos de la región y uno de los más violentos, con una gran dependencia de las remesas de migrantes y una alta persistencia de la voluntad de migrar entre una parte importante de la población. El fracaso de las dirigencias progresistas en movilizar y convencer a las masas trabajadoras sigue siendo aprovechado por las derechas, ahora neonazis, impulsadas más que nunca por Washington. 

A decir del sociólogo argentino Lautaro Rivara: “Sin una concepción no elitista de la República y no liberal de la democracia estamos condenados”. Las lecciones de Honduras son patentes. La democracia burguesa nos demuestra una y otra vez que no es “el pueblo” quien decide el destino de su país, sino que el mero electoralismo sucumbe ante las imposiciones de los Estados Unidos, en connivencia con las élites locales. El progresismo ha caído en el abismo de los límites de la democracia liberal y se ha dado cuenta de que las formas actuales de la democracia conducen directamente al fascismo. Que no es posible votar contra el fascismo, más aún cuando las reglas de juego las impone el capital internacional.

Quizá sea hora de una versión más radicalizada de la democracia, una en la que “el pueblo” se asuma como clase trabajadora, en la que el antiimperialismo sea el fundamento de la defensa de la soberanía y en donde nuestro horizonte como clase no esté limitado al voto. Tal vez pensar en otras formas de democracia en medio de esta crisis electoral sea el primer paso para que nuestros países dejen de ser simples plantaciones de banana o soja para el Gran Capital.