La fuga de Agustín Goiburu

Entrevista a Rogelio Goiburu a 44 años de la desaparición de su padre.

Por Noelia Cuenca.

Durante los años espesos del stronismo, la comisaría Séptima -ubicada sobre Eusebio Ayala y Morquio- como muchas otras, recluía presos políticos. Desde allí, el médico y referente del movimiento colorado disidente MOPOCO, Agustín Goiburu, protagonizaría en 1970 una intrépida fuga que nos relata en esta entrevista su hijo, Rogelio Goiburu [i], quien además aporta reflexiones contundentes para ubicarnos y definir estos tiempos. Él también es médico, pero desde hace más de una década se dedica plenamente a buscar a las más de 400 personas detenidas desaparecidas por el stronismo, entre ellas a su padre.

Rogelio Goiburu.

Hoy se cumplen exactamente 44 años de la desaparición de Agustín Goiburu. Tras feroces esfuerzos de la tiranía paraguaya por capturar a uno de sus más fervientes opositores, Agustín fue detenido el 9 de febrero de 1977 en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, en el marco del Operativo Cóndor. Desde ahí lo trajeron al Depto. de Investigaciones, donde fue bestialmente torturado, luego trasladado al Estado Mayor del Ejército, en donde lo asesinaron y desaparecieron. Tenía 47 años.

Días previos a su desaparición, testigos afirman haberlo visto también en el policlínico policial Rigoberto Caballero, en donde había ejercido sus primeros años de médico y en donde a finales de la década del 50 había iniciado su lucha frontal contra el stronismo cuando se negó a realizar diagnósticos falsos para encubrir los crímenes del gobierno, denunciando las torturas y asesinatos cometidos contra estudiantes, campesinos y obreros que participaron en un importante levantamiento. Según nos cuenta Rogelio, su padre no solo se había negado a seguir las órdenes de falsificar certificados médicos, además había hecho posible la huida de los capturados sacándolos a escondidas uno a uno del predio hospitalario.

Al pasar a la clandestinidad, Agustín Goiburu sería uno de los fundadores del Movimiento Popular Colorado y se empeñaría en reorganizar a la disidencia para derrocar a Stroessner y su camarilla de delincuentes. En la primera mitad de los 70, conformó la dirección del Ejército Popular Revolucionario, movimiento insurgente que pronto fue desbaratado. Y esas intenciones lo llevaron a recorrer ciudades y países, donde era conocido por su solidaridad prestando preferencial y gratuita atención médica a familias humildes y perseguidas, y por protagonizar audaces historias desafiando aquel régimen de terror.

Una de ellas fue registrada el 3 de diciembre de 1970. Y es la que nos relata Rogelio a continuación:

Cuando eso, la Séptima era considerada una comisaría de alta seguridad. Ahí fue a parar papá después de estar deambulando por varias comisarías durante casi un año. Y ahí conoció al Capitán Alberto Vicente Maidana Arias, preso desde hacía más de 7 años por opositor. Tenía que haber sido Mayor, pero Stroessner le negó su ascenso desde los primeros años de la dictadura. El Capitán Maidana Arias lo conocía muy bien. En la batalla de Boquerón había presenciado el momento en que Stroessner abandonó la pieza de artillería que comandaba. Y como consecuencia de ese acto cobarde, el ejército contrario conoció qué clase de armamento tenía Paraguay.

Entonces este militar, Alberto Vicente Maidana Arias, que era institucionalista, lo había criticado en la milicia, y cuando el tirano apenas llegó al poder, lo metió preso por orden superior, sin ser juzgado por ningún tribunal del Estado, solamente por capricho de Stroessner.

En la Séptima, rápidamente papá y Alberto Vicente se hicieron amigos. Y al lugar donde le llevaban, papá inmediatamente pensaba en cómo escaparse, esa era su obsesión cotidiana. Fue entonces que idearon el plan de cavar un túnel.

Como no tenían palas, como hoy nosotros tenemos para ir a buscar a los desaparecidos, ellos hicieron sus herramientas con cucharitas. ¡Te imaginás lo que es cavar un túnel con cucharas! -señala Rogelio con una carcajada de asombro-.

Eligieron la celda menos vigilada. En una de las celdas estaban los comunistas, en la otra los demás presos políticos de otros partidos, pero en la celda seleccionada estaban los presos comunes. Y en ese momento, aquel calabozo alojaba solo a uno: Yony. Un carismático y enigmático personaje ciudadano del mundo. No se sabía bien de dónde era. Él decía que era chileno, pero con el tiempo supimos que era argentino. También aseguraba que era hijo de gitanos y realmente tenía el aspecto de un gitano. Nos dijo que su nombre era Yony Usuriac Ziten. Muchos años después, supimos que en realidad se llamaba Carlos Oteiza, según un documento al que accedimos. 

Yony estaba preso en la Séptima por tiempo indeterminado porque no compartió en su debida forma con el comisario los robos que había hecho. Tenía buenas relaciones con todos, con los comunistas, con todos los que estaban presos ahí, incluso con la policía. Con todos se llevaba de mil maravillas. Era un tipo jovial, alegre, muy simpático. Y como no era considerado un preso peligroso, que ponía en riesgo al régimen, él estaba solo en su celda sin mucha vigilancia y además conocía los fatos de la policía. En esa época tenía 30 años más o menos. Lo conocí muy bien porque vivió un año con nosotros. Así fue que tuve la oportunidad de hablar con Yony de la fuga, al igual que con papá y con el Capitán Maidana Arias. Accedí al relato de los propios protagonistas.

Entonces se eligió su celda y debajo de su cama se inició el boquete del túnel. Así empezaron los trabajos para la huida. Se cavaba con cucharitas. La tierra se cargaba en las medias de varios presos y era descargada en el wáter del baño. Papá llevaba tierra en sus medias, el capitán Maidana Arias, Yony en las suyas, y alguno que otro preso que sabía lo que estaba pasando, entre ellos el comunista Derlis Villagra. Iban al baño, se sacaban las medias, tiraban la tierra en el inodoro, después hacían sus necesidades, estiraban la cadena, volvían. La construcción duró alrededor de un mes. Y el trabajo se hacía principalmente de noche.

Naturalmente aquel baño se trancó muchas veces, y además cuando un preso se demoraba más de lo que solía, la policía iba a controlar, ese también era un riesgo. El encargado de destapar el baño era Yony. Se sacaba la camisa, se envolvía el brazo y metía la mano, hacía como trabajo de sopapa. Como a la tercera semana era imposible ya destapar el baño de tanta tierra. Entonces empezaron a cargar la tierra adentro del colchón de Yony. El colchón se iba a cargando, ensanchando, ya era prácticamente un sommier doble –describe Rogelio entre risas- pero no pillaron.

Mientras tanto, afuera de la comisaría se preparaba la logística para la fuga. Los compañeros Aníbal Florentín y su primo Heriberto Florentín Peña eran los encargados. Ambos eran sobrinos de don Ángel Florentín Peña, un legendario dirigente del MOPOCO, un demócrata a carta cabal. El MOPOCO tuvo dos grandes héroes civiles en sus filas que fueron don Ángel y don Zacarías Arza. Dos tipos incorruptibles que abrazaban las banderas del partido colorado por su doctrina social. De un profundo amor al prójimo, a los campesinos, a los trabajadores, convencidos de la reforma agraria, intransigentes con la dictadura, por eso se fueron a vivir al exilio.

Aníbal y Heriberto fueron los que organizaron la fuga desde afuera, como grupo comando cumplieron impecablemente su tarea. Es muy emocionante recordar el relato de Aníbal, también pude hablar mucho con él en Buenos Aires. Me contó con lujo de detalle cómo se preparó la fuga desde afuera.

Y el correo entre papá, los presos que estaban adentro y los compañeros que estaban afuera, era mi madre, Elva. Mamá y papá se intercambiaban mensajes con un beso. Mamá llevaba una esquelita envuelta cuidadosamente en una especie de papel celofán y a su vez en un chicle que metía en la boca entre la encía y los dientes. Y cuando se daban un beso le pasaba la esquela. Y papá, a su vez, hacía lo mismo. El mensaje era escrito en forma de telegrama y con letras muy pequeñas. 

En el medio Elva, a su derecha Agustín junto con sus hijos Rogelio y Rolando. Del archivo familiar.

Finalmente llegó el día estipulado para poder escaparse, el día 3 de diciembre de 1970, justo el día del médico. Mamá, que era la mensajera, tuvo un problema en el camino. Vivíamos en Posadas y nosotros éramos chicos con Rolando y Jazmín, y como ella no podía quedarse en Paraguay, iba y venía constantemente. Y justo el día en que papá le tenía que decir que ya estaba listo el túnel, se corta la ruta por una tormenta, la mensajera llega tarde y no la dejan entrar a hablar con el preso político.

Mamá hizo un escándalo terrible, empezó a llorar y gritar hasta conseguir ablandar a los policías. Le dieron 5 minutos para entrevistarse con papá. Y en esos 5 minutos ella logra sacar el mensaje y coordinar con los compas de afuera la hora de la fuga.

Escaparían a la madrugada. Alrededor de las 3 de la mañana, cuando todavía era oscuro.

Esperaban sacar a cuatro presos: papá, Alberto Vicente, Derlis Villagra y Yony, que ahí hace su debut como preso político de la dictadura -añade Rogelio con picardía-. Lo que sí realmente compartía con los presos políticos era su estado físico. De contextura atlética, como esos nadadores profesionales, era una especie de atlas de anatomía. En esa época todos tenían buen estado físico. En el caso de los luchadores, eso les salvó la vida en incontables ocasiones. En la celda hacían ejercicios. Eran muy disciplinados. Tenían curso de lectura, de teatro, de poesía, de todo hacían ahí en la cárcel. Aníbal me contaba que tenían horarios y se organizaban. Él estuvo preso después, justamente a consecuencia de aquella fuga.  

Derlis Villagra finalmente no escaparía con ellos por decisión de la orgánica partidaria. Derlis estaba convencido de que esa fuga era necesaria y estaba convencido de la sinceridad y la honorablidad de papá y de Alberto Maidana Arias. Pero no podía tomar decisiones de forma personal. Las decisiones se tomaban en equipo, en una reunión interna del Partido. Y en ese momento el Partido creyó que ese era un plan de la policía para matar comunistas. Y que probablemente era para poder matarlos a todos en el momento del escape y tener un argumento de por qué los mataron. Tiempo después pensamos que esa desconfianza había sido porque papá de joven trabajó en el Rigoberto Caballero y para eso tuvo que recibir un grado policial. Años después en la Comisión de Verdad y Justicia con Luis Casabianca pudimos hablar mucho al respecto. Pero Derlis siempre creyó en el plan. Apenas salió en libertad de la Séptima, visitó a papá en Argentina. Y en el 75 fue asesinado y desaparecido hasta hoy. Al igual que papá.

Volviendo a la fuga. Hacía tiempo que Aníbal venía estudiando el funcionamiento de uno de los vehículos de una parada de taxis. Necesitaba un auto que reúna todas las condiciones de seguridad. De entre la fila de taxis había elegido un Mercedez Benz modelo 60 y algo, carrocería 124, una máquina muy confiable, de buen motor. Se había cerciorado de que estaba en buenas condiciones escuchando durante semanas su sonido de arranque. Si echaba humo o no, cómo trabajaban las válvulas. Estudió además su horario. Hasta que estuvo seguro de que era el auto apropiado para la tarea.

Llegó la hora señalada para el inicio del plan final. Aníbal se disfrazó de subcomisario. Había conseguido la ropa de alguna tienda de uniformes y se aseguró de acondicionarla con los detalles para perfeccionar el disfraz. Entonces, cerca de la medianoche del 2 de diciembre, llega así a la parada y le indica al chofer ir hacia Eusebio Ayala y Calle Última. Tenía que hacer un paseo para asegurarse de que todo marchara bien hasta llegar a la hora acordada. El taxista, al ver que era un subcomisario y en esa época, ni preguntó. Aníbal le iba indicando direcciones mientras conversaban. “Mi mujer me que está engañando, porque parece que trabaja en varios lupanares”, le dice para engrupir al taxista, para introducirle en la historia. Entonces le pide que lo lleve a un prostíbulo para buscar a su supuesta pareja. Efectivamente va a un prostíbulo, entra, toma algo para hacer tiempo, y el taxista desde luego lo espera, para cuando eso ya era su cuate y además estaba interesado en saber cómo se desarrollaba la historia del subcomisario que encima le había asegurado un buen pago. Luego de esperarle por una hora más o menos, le hace ir al centro, hasta cerca del puerto y va de prostíbulo en prostíbulo maldiciendo a la mujer que lo engaña, a quien no podía encontrar. Hasta que pasada las dos de la madrugada, lo hace ir hacia el Yacht y Golf Club. Van entrando en callecitas cada vez más inhóspitas, rodeadas de baldíos, hasta que doblan en un callejón. Allí lo esperan Heriberto y otro compañero que se hacen notar encendiendo y apagando sus linternas, como santo y seña. Aníbal le dice al conductor que se quede en ese lugar “Epytaite koape”  y mientras baja del auto, se acercan los dos compañeros pidiendo al taxista que baje también. “Mirá compañero”, le dicen, “todo esto que estamos haciendo es porque necesitamos tu vehículo para ayudar a una persona. Es lo único que podemos decirte. No vayas que a hacer escándalo porque no te vamos a robar tu vehículo. Te lo vamos a dejar intacto. Pero por seguridad a vos no te podemos llevar. Te vas a quedar acá y también por tu seguridad te vamos a atar. Y a la mañana cuando ya haya amanecido, ahí gritá, hacé lo que quieras y que la gente te escuche y desate”. Eso hicieron, lo ataron a un árbol, lo amordazaron y lo dejaron ahí, bien cubierto y en un lugar resguardado de animales. Y se llevaron el auto.

Heriberto al volante, y otro compañero atrás con Aníbal. Llegaron a la comisaría a la hora convenida. Cuando eso sobre Morquio había una garita policial en cada esquina. Se baja Aníbal con porte de subcomisario y se percata de que el guardia estaba dormitando, entonces le golpea con cierta fuerza el hombro y le dice con voz potente “¡Reke hina nde tipo!”, y el otro pega un salto y se cuadra, “Buenas noches mi subcomisario”, le dice. “Tereho cheve ko’agui, eikema comisaríape. Lavate bien la cara, tomate un buen cocido ha reju jey. Mientras tanto apytata che ape”. “Sí mi comisario”, le dice el guardia y se va.

En ese momento Heriberto se baja del auto y dice que era la hora exacta cuando papá, que venía primero en ese túnel, saca la mano con ímpetu avisando que está ahí. Cuenta Heriberto que al ver la mano empieza a romper los mosaicos de la vereda con el taco de su zapato. Y ahí se abre y le estira de la mano a papá que sale con un olor a podrido. Había sido que debajo del cimiento pasaba la cloaca, entonces los presos hicieron un paseo por la mierda antes de salir.

El túnel tenía más o menos 3 metros de hondo y después otros cuatro de largo, siete metros por ahí tenía. ¡Durante un mes fueron excavando con cucharas! Trabajaron todas las noches y madrugadas durante un mes. El que más trabajó fue Yony porque era el menos vigilado. Papá, como era médico y le atendía a todos los presos, era el único que podría pasar libremente de celda en celda, entonces fue el que coordinó el operativo.

Ficha de Agustín Goiburu del Archivo del Terror.

Salieron como topos, fueron arrastrándose hasta la superficie por el túnel que tenía alrededor de 40 centímetros de diámetro. Y cada uno le iba empujando al otro. Habían dejado el último tramo de la excavación para el momento final de la fuga, unos 30 o 40 centímetros medidos a ojo, intuitivamente o con algún rudimentario hilo, para evitar que se hundiera la vereda antes de tiempo, al pasar de algún transeúnte. Al comienzo, la posición vertical había facilitado el movimiento, iban de cabeza hacia abajo sacando la tierra. Pero cuando vas subiendo, cavando a ciegas y la tierra se te cae por la cara, se complica. Y en el tramo final iban a ciegas, en la oscuridad total, uno detrás del otro, pasándose de mano en mano la tierra que iba quedando detrás del último.

Afuera, el motor del auto aceleraba y desaceleraba, quedaba callado unos segundos y arrancaba de vuelta, era la señal para que los presos supieran que sus compañeros estaban afuera. Al mismo tiempo en que papá sacaba la mano y Heriberto empezaba a romper el mosaico de la vereda con el taco del zapato, Aníbal hacía guardia en la esquina, rogando que el cadete no vuelva todavía. Todo tenía que durar muy poco tiempo. Todo tenía que hacerse en dos minutos.

Cuando sale papá, se zambulle rápidamente dentro del auto que esperaba con la puerta abierta. Sale el segundo preso, el tercero, acorde al plan trazado. Entonces Aníbal deja la guardia, viene corriendo al auto y se introduce. Heriberto se tira al auto. Y en ese mismo instante, ¡salen dos tipos más del túnel! Se acercan corriendo y Aníbal, que venía armado, agarra su cuchillo y cuando le va a clavar al primero creyendo que era la policía que descubrió el plan, escucha que papá le dice ¡alto, alto, alto! “Estos también vienen con nosotros, son dos presos más”.

Eran presos comunes. Uno se llamaba Cristóbal López. Habían descubierto que se estaba haciendo el túnel el último día y le amenazaron a papá: “Nos sacás o cantamos”. No hubo remedio. Me acuerdo que papá me dijo “o los liquidaba ahí mismo en el túnel o los sacaba”. Y no podía liquidarlos, aunque fueran presos comunes, eran solo unos lumpenes que estaban ahí, seres humanos, compatriotas. Debía tomarse una rápida decisión. El policía de la casilla que estaba por volver estaba armado con un fusil, iba a haber un tiroteo porque los nuestros también estaban armados con pistola. Entonces se cierran las puertas del auto y arranca. Ya en la esquina se abrazan todos locos de alegría. Y papá grita “¡Viva el Paraguay!” Y los compañeros responden con ímpetu “¡Viva!”.

A papá le decían taita, hoy se dice compañero, cape, del guaraní es, seguramente viene del fuego, tata es fuego.

Al escapar se dirigen a una casa alquilada para el efecto en el barrio San Vicente. La consigna era que ellos tenían que permanecer ahí unos cuantos días porque la policía saldría a allanar a todas partes. Y se cumplió a rajatabla. Lo primero que hizo fue allanar a mi familia, a mi abuela, a mis tíos, llevaron presa a mi tía, a la hermana de papá que estaba embarazada. Un año estuvo presa, la maltrataron. Ahí tuvo a su hija que se llama Yolanda Prisilia porque nació en prisión. Mis otros dos tíos se escaparon, mi abuela también, se fue a vivir a la Argentina. Todos rajaron, no sabían nada de lo que papá estaba programando. El que lo acompañó era el menor de todos, el tío Pin. 

Dos o tres meses antes de la fuga, el comando logística había alquilado la casa y vivían ahí como trabajadores que no tenían una vida social muy activa ni hacían mucho ruido y que siempre estaban con las ventanas y puertas abiertas, con música, mostrando que no tenían nada que esconder. Allí los llevaron a todos con estrictas indicaciones que cumplir. Debían permanecer debajo de las camas durante días para que si entrara alguien no sospechara de ningún cambio. Todo estaba minado de pyragues, cualquiera podía entrar en esa época. Después de allanar la casa de parientes y amigos, pusieron guardias en todas las embajadas para que no busquen asilo. El pyraguereato a full lanzó a todos sus perros.

Durante los días siguientes la noticia de la fuga salió en diarios nacionales e internacionales de la época. El prontuario de los fugados era impresionante, uno más peligroso que otro, convertidos todos en malechores totales para generar miedo en la ciudadanía. Mientras ellos permanecían escondidos debajo de la cama y el plan continuaba su curso. Mamá había hablado con amigos de Buenos Aires. En el diario La Razón publican que papá ya estaba en la capital argentina refugiado en casa del General Rojas, a quien papá había salvado la vida en un accidente.

La policía no los encontraba, el auto fue hallado al lado del río y los medios ya habían publicado que estaba en Buenos Aires. Empiezan a sacar los guardias de las embajadas. Y ahí una noche viene Aníbal con otro compañero, le buscan a papá, a Alberto Vicente y a Cristóbal López. Mientras Yony y el otro escapado, de apellido Cardozo, se quedan en la casa. Al día siguiente van hasta la calle Eligio Ayala y Brasil, donde hay un estacionamiento hoy, cuando eso era la embajada de Chile y Allende era el presidente, socialista. Entonces, ellos bajan vestidos de pintores, con un balde y una escalera que recuestan por la muralla de dos metros, la trepan y se tiran al patio de la embajada. A la mañana siguiente la prensa publica que “el doctor Agustín Goiburu y el Capitán Alberto Vicente Maidana están asilados en la embajada de Chile”. El embajador estaba de viaje, pero sí estaban un agregado y su secretaria.

Sobre la calle Mcal. López, detrás de la embajada se alzaba un hotel de dos o tres pisos. En uno de sus balcones lindantes con la embajada, paseaba a diario una mujer muy bonita casi desnuda. Entonces este Cristóbal López, como era un preso común y hacía años que estaba recluido, se vuelve loco por esta mujer de pronunciadas curvas. Papá le advierte que no se descuide. Había sido que por señas se comunicaba López con esta mujer hasta que no aguantó más, y una noche, ya como a las doce, una de la madrugada, papá escucha unos gritos “¡Doctor, doctor, ayuda!”. El tipo se había trepado por la muralla para encontrarse con la mujer y lo habían secuestrado. Era un plan de la policía y López había caído. Fue salvajemente torturado. Contó con lujo de detalle todo lo que sabía. Condujo a la policía. Fueron hasta el barrio y recorrieron casa por casa hasta que reconoció el escondite y allí cayeron presos nuevamente Yony y Cardozo. Y a través de ellos, encontraron a Aníbal y Heriberto. Fue terrible.

Las cosas que le hicieron son inenarrables. Ellos sobrevivieron pero salieron muy mal de la cárcel. Heriberto murió no hace mucho, hace tres años, y Aníbal hace 5 años más o menos. A consecuencia de las torturas, Aníbal  desarrolló una enfermedad psiquiátrica. Murió mal. Aníbal Florentín, notable como su tío, don Ángel. Ilustre. Lo lamento profundamente en el alma porque hubo compañeros que lo sindicaron como traidor y eso le dolió demasiado. Yo pongo las dos manos por él sin dudarlo. Aníbal era un gran luchador, un compañero valiosísimo, con un coraje imparable. Dio todo por la libertad de nuestro pueblo. Dio su vida. Aníbal Florentín hizo 40 días de huelga de hambre en la cárcel. Se había convertido en un esqueleto. Heriberto salió con diabetes, medio ciego, también en un estado deplorable de salud. Murió ciego.

Arriba, Agustín Goiburu, Leopoldo Ostertag, Gómez Galeano. Abajo,
Epifanio Méndez Fleitas, Osvaldo Chávez, Faustino Centurión y Édgar Cataldi, en una reunión del MOPOCO.
Del archivo familiar.

Muchos años después, ya caída la dictadura. Yo iba por la avenida Mcal. López y justo en la esquina de Brasilia había un retén policial controlando no sé qué. Me hacen parar, me piden mi documento y el policía que agarra mi cédula, se va unos 3 o 4 metros a hablar con otro policía que parecía ser su superior. Este viene junto a mí con mi cédula y me dice: Goiburu, usted qué es del doctor Agustín. Soy el hijo, respondí. Me pide bajar del auto y yo le pregunto por qué. Le quiero dar un abrazo, me dice el policía. “Yo era oficial muy joven en la Séptima. Y nunca en mi vida vi un acto de heroísmo como el de tu papá. Nunca en la vida sentí así en la piel las convicciones como las de tu papá y sus compañeros presos. Y los que cayeron después. Péa la compañero y no macana”. La dignidad más alta para ellos.

Aún mirando de forma crítica lo que fue el régimen y el operativo internacional de exterminio manifestado a través del Plan Cóndor, no podemos dimensionar todo el daño provocado por ese despliegue del enemigo, con su altísimo nivel de infiltración y de brutalidad. Hubo una época en que todos desconfiaban de todos. Pero a pesar de eso, hubo muchos cuya  valentía y nobleza salvaron numerosas vidas.

Y así pasó. Cuando supieron que papá estaba asilado en la embajada, no le quisieron dar el salvoconducto para ir a Chile. Entonces Allende mandó a un emisario gestor para que el gobierno paraguayo conceda su exilio. En un auto de la embajada salió con Alberto Vicente Maidana Arias rumbo al aeropuerto, de ahí se subieron a un avión Lanchile rumbo a Santiago. En el aeropuerto chileno, los estaban esperando los esposos comunistas Luis Casabianca y Carmen Soler, en ese momento exiliados en Chile. Ellos reciben a papá que se queda un mes ahí, hasta que mamá va a buscarlo con dos médicos amigos en auto desde Posadas y lo trae de vuelta. Los chilenos le ofrecieron casa, trabajo, todo allá. Papá se entrevistó con toda la familia de Allende. Pero estaba muy convencido de su objetivo y decidió volver.

De sus paseos con Casabianca por las calles de Santiago, conspirando la caída del régimen fascista de Stroessner, hay una anécdota que recuerdo con mucha ternura. Cuando en medio de una caminata, papá interrumpe a Casabianca con una alegría de niño y le dice “shh, pehendu, ¡corochiré!”, y quedan en silencio escuchando cantar al corochiré. Eso les emocionaba con el mismo amor a la vida que les impulsaba a luchar.

Rogelio, haciendo el vínculo con estas referencias. Qué considerás que podemos hacer hoy.

El trabajo que estamos haciendo –de búsqueda de personas detenidas-desaparecidas- en forma lenta y a veces silenciosa, porque no hay otra forma dentro del riñón del stronismo, debe continuar. El objetivo de desaparecer la existencia de quienes se opusieron a la barbarie, luchando frontalmente, construyendo un proyecto superador de país, ejerciendo una práctica política digna que no negocia sus principios; formaba parte de una visión estratégica del enemigo para asegurar su futuro en el poder, porque al despojarnos de esa memoria, nos despojan de las referencias y los valores que fundamentan la democracia. Nos despojan de pertenencia a nuestra historia para hacernos creer que no somos capaces de superar este estado de cosas, de superar la corrupción, las injusticias. Y recuperando nuestra memoria histórica, nos damos cuenta de lo que somos capaces y de lo que tenemos que hacer para que sea posible el futuro. No podemos distraernos.

No solo los que trabajamos directamente en esto. La sociedad en general debe involucrarse. Preguntar a su alrededor, buscar familiares, rescatar las historias. Pasarnos información de dónde podemos y debemos investigar. La identificación de las personas detenidas-desaparecidas es clave para el juicio de los responsables, para romper la impunidad que tanto daño hace.

Hallazgo en la Agrupación Especializada, 2013. Fotografía tomada por Hugo Valiente. Archivo de la Dirección de Memoria Histórica y Reparación.

El juicio y castigo a represores y asesinos, así como la recuperación de tierras y bienes malhabidos tienen que mantenernos ocupados porque es una cuestión que atañe fuertemente a nuestro presente y también al  futuro.

El pedido que hace poco presentamos al parlamento desde la Plataforma de DDHH, Memoria y Democracia, contempla que no solo se reparta con justicia lo que pertenece a los sujetos de la reforma agraria. Sino que exista un modelo de país diferente al que nos dejó de herencia el stronismo.

Nuestra tierra no solo goza de altos atributos de fertilidad. Todo se puede plantar acá. También es rica en minerales, petróleo, uranio, aluminio, además de su valor cultural. Porque nacimos, gateamos, olimos esta tierra, nos ensuciamos con ella, también el barro se usa para limpiarse, así que podemos limpiarnos con ella. Para que la inmensa riqueza de nuestra tierra pueda ser aprovechada para el desarrollo del país, no para el beneficio de un grupo reducido de usurpadores, cuyas fortunas se basan en la explotación, en la corrupción, en el saqueo de lo público. Un proyecto país que planifique su producción en beneficio de todas y de todos sus hijos.

Este tipo de historias son importantes para contrarrestar el discurso instalado a sangre y fuego por los regímenes opresivos de que no hay opción, de que hay que resignarse. La naturalización de las desigualdades, de la injusticia y de los abusos más la inercia de la cotidianeidad en un mundo en crisis, terminan ganando a un montón de gente. Pero este tipo de historias son el testimonio de que se puede hasta lo imposible.

Fue y es un estímulo enorme para demostrar que el régimen, por más aparato represivo que tuviera y por más financiamiento del imperio que tenga, siempre puede ser burlado. La convicción y el ingenio juntos son capaces de transgredir cualquier sistema de vigilancia.

Y esa moraleja tiene una potente vigencia. Enciende ideas revolucionarias.

La revolución es necesaria. Y siempre que algo sea necesario, se tiene que poder. Lógico. La belleza de estas historias reales, vividas por quienes nos precedieron, hace que valga aún más la pena. En este tiempo creo que está muy claro que trabajar por la revolución es trabajar por la supervivencia de la vida humana.

A la derecha, Agustín Goiburu con su esposa Elva y sus hijos Rogelio y Rolando. Archivo familiar.

Imagen de inicio: Agustín Goiburu y el Capitán Alberto Vicente Maidana Arias en el momento que salen de la Embajada de Chile, en el auto del embajador, rumbo al aeropuerto para embarcar a Santiago.

[i] Rogelio Goiburu, es médico y militante por los DDHH, actualmente es el Director de Memoria Histórica y Reparación de la Dirección General de DDHH del Ministerio de Justicia, Coordinador del Equipo Nacional de Búsqueda de Personas Detenidas Desaparecidas por el Stronismo entre 1954-1989 (ENABI). Y miembro de la Plataforma Social de DDHH, Memoria y Democracia de Paraguay. Fue Coordinador del área de Investigación de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados extrajudicialmente durante la Dictadura Stronista de la Comisión de Verdad y Justicia del Paraguay (CVJ) y posteriormente, en la Dirección General de Verdad, Justicia y Reparación de la Defensoría del Pueblo. Asimismo, fue Coordinador en la Universidad Nacional de la Plata de Talleres sobre DDHH. Miembro Fundador de la Comisión de Derechos Humanos de Paraguayos Residentes en la Argentina. Miembro Fundador de la Asociación Familiares de Detenidos Desaparecidos y Asesinados por Razones Políticas del Paraguay (FADDAPY).

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