Por Alhelí González Cáceres1

El capital es un parásito abstracto,
un gigantesco vampiro,
un hacedor de zombies;
pero la carne fresca que convierte en trabajo muerto
es la nuestra y los zombies que genera
somos nosotros mismos”
(Fisher, 2019)

La construcción del mito

Desde la perspectiva de la comunicación gubernamental, Riorda (2006)2 plantea una cuestión central para comprender el uso de los datos en el discurso oficial. Los datos no solo informan: construyen sentido. Es decir, el dato forma parte constitutiva del mito, no es una simple instrumentalización posterior. 

Los gobiernos no se limitan simplemente a gestionar políticas públicas, sino que también producen marcos de interpretación de la realidad. En este sentido, los mitos de gobierno no deben entenderse como falsedades, sino como estructuras narrativas de largo plazo que organizan sentido, orientan expectativas y contribuyen a la construcción de cierto consenso social. Estos mitos operan como visiones estratégicas que, al reiterarse en el tiempo, adquieren coherencia interna y se constituyen en una suerte de “sintaxis” que ordena la percepción pública de lo político (Riorda, 2006).

En el caso paraguayo, puede identificarse la consolidación de un mito de gobierno articulado en torno a tres ejes: estabilidad macroeconómica, dinamismo económico y un mercado laboral pujante. Esta tríada no funciona como un conjunto disperso de mensajes, sino como una constelación narrativa que remite siempre a los mismos símbolos y significados, reforzando una imagen de normalidad y éxito relativo. Tal como sugiere Riorda, los mitos no se presentan de manera fragmentaria, sino como secuencias coherentes que producen una lectura integrada de la realidad. En este marco, el empleo ocupa un lugar central como indicador privilegiado de ese supuesto dinamismo. 

Y si la economía es “estable”, “dinámica” y el desempleo toca “mínimos históricos”3, a la clase trabajadora paraguaya no le queda más que pensar que el hecho de no llegar a fin de mes, de endeudarse para comer o de no lograr encontrar un trabajo de calidad, con salarios estables que le permitan garantizar su reproducción, es solo el resultado de su incapacidad individual. El mito de gobierno que han venido construyendo los sucesivos gobiernos colorados, particularmente el actual gobierno cartista, se encuentra acorde con un aspecto central del capitalismo. El capital, en tanto relación social, estructura las condiciones en las que se produce la subjetividad y las condiciones en las que esa subjetividad se manifiesta en sus formas concretas. 

Ahora bien, uno de los aportes más relevantes de Riorda es que estos mitos no se sostienen únicamente en discursos explícitos, sino en un entramado más amplio de acciones comunicacionales —incluyendo la producción y difusión de indicadores— que contribuyen a generar y sostener consenso. Esto permite comprender que los datos estadísticos no son externos al mito, sino parte de su propia arquitectura. En otras palabras, la medición del empleo no solo describe la realidad: participa activamente en su construcción simbólica. Y es aquí donde la crítica a los mecanismos de medición del empleo adquiere una dimensión política más profunda.

¿Dato mata relato? 

Medios oficialistas como el diario La Nación4  replicaron el anuncio que hacía el Instituto Nacional de Estadística (INE), respecto a los datos sobre el empleo en Paraguay obtenidos a través de la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC), instrumento que se aplica desde 2017. Sin embargo, desde hace unos meses los medios empresariales de comunicación ya han venido replicando esta narrativa.

En febrero, el periódico 5Días5, por ejemplo, señalaba que “Paraguay marca un mínimo histórico de desempleo de 3,6 %…”. El punto no es si este dato es falso o no; lo que interesa desmenuzar es su contenido, la naturaleza del empleo y cómo se han construido herramientas metodológicas que legitiman y refuerzan el gran mito del gobierno cartista.

Lo esencial en este sentido es señalar las debilidades metodológicas de la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) que realiza el Instituto Nacional de Estadística (INE), porque no es cierto que “el dato mata al relato”. El dato, si no se comprende que encierra en sí mismo una forma de interpretación, una ideología, si se lo aísla de la complejidad que exige su diseño, puede ser funcional a una narrativa que no se ajusta a la realidad, sino que la enmascara y la reconstruye.

El anexo metodológico de la EPHC, en donde podemos encontrar y, a la vez, reconstruir los supuestos técnicos del estudio como el diseño muestral probabilístico, el relevamiento continuo, las estimaciones trimestrales, el uso de los factores de expansión, entre otros, nos permite observar las debilidades estructurales del enfoque metodológico que acarrea el estudio del empleo en Paraguay. No se trata de una “mala estadística”, sino de limitaciones inherentes al dispositivo de medición del mercado laboral en economías periféricas como la nuestra.

La EPHC se basa en una encuesta por muestreo a hogares, con inferencias a nivel nacional y por área urbano-rural. Lo que en sí mismo contiene debilidades como la subrepresentación territorial, dado que, si bien hay una cobertura nacional, la capacidad de inferencia a nivel sub departamental o distrital es limitada. Lo que invisibiliza heterogeneidades locales del empleo, algo clave para Paraguay por su estructura agraria y fronteriza. 

El marco de los hogares implica en sí exclusiones sistemáticas como es el caso de las poblaciones institucionalizadas (cárceles, cuarteles, hospitales), población en situación de calle, trabajadores migrantes temporales o altamente móviles. Lo que introduce un sesgo estructural hacia la subestimación de segmentos laborales más precarizados que suelen quedar fuera del marco muestral. 

Asimismo, en contextos de baja densidad poblacional y alta informalidad —como es el caso paraguayo—, los marcos muestrales suelen quedar desactualizados o incompletos, especialmente tras el rezago censal. Esto resulta en una imagen “promedio” del mercado laboral que subestima segmentaciones estructurales. Es decir, genera una imagen o una fotografía en la que hay una subrepresentación de economías campesinas, trabajo familiar no remunerado y autoempleo de subsistencia, claves en Paraguay.

Otro de los problemas de la EPHC tiene que ver con la medición del empleo y la informalidad. La encuesta, como se puede observar en el anexo metodológico del boletín, mide condición de actividad, ocupación, subocupación, etc. Entonces tenemos como debilidad la dependencia de autodeclaración dado que las categorías se construyen a partir de las respuestas de los encuestados, lo que introduce un sesgo de recuerdo, subregistro de actividades informales, confusión entre empleo, autoempleo y ayuda familiar no remunerada. Al mismo tiempo que tenemos una definición restrictiva de lo que se entiende por “ocupado”, pues, como en muchas encuestas laborales, basta con haber trabajado pocas horas en la semana de referencia para ser considerado ocupado. Esto sobreestima el empleo efectivo en contextos de alta precariedad.

La metodología no permite capturar de manera eficiente el pluriempleo, así como dar cuenta de la inestabilidad en los ingresos de los encuestados. En economías como la nuestra, altamente informales, el ingreso y el trabajo son altamente fragmentados; la encuesta simplifica esta complejidad, lo que resulta en una tendencia a subestimar la precariedad real del trabajo. Aunque se mida la subocupación por insuficiencia de tiempo o ingresos, no captura dimensiones que son claves como la informalidad estructural, la inestabilidad laboral y la calidad del empleo. De ahí que tengamos una imagen “optimista” del mercado de trabajo en donde se combinan, por ejemplo, una “baja desocupación” con elevados niveles de informalidad.

Por otra parte, aunque la encuesta se presente como “continua”, lo que produce en verdad son datos esencialmente transversales por trimestre. Esta situación no permite dar un seguimiento longitudinal robusto en el que se puedan observar características importantes como las trayectorias laborales, la movilidad o la transición ocupacional (empleo – desempleo- informalidad), lo que dificulta identificar causalidades pues solo permite observar correlaciones y no dinámicas estructurales del empleo. En este sentido, la EPHC es útil para un monitoreo coyuntural, pero es débil para generar análisis estructurales del mercado de trabajo. 

Podemos continuar mencionando las debilidades, pero lo importante realmente es comprender que, más allá de lo técnico, la EPHC lo que está midiendo en sí son los resultados del mercado laboral y no sus determinantes (estructura productiva, grados de concentración, dependencia externa, entre otras). Esto no permite una vinculación directa del empleo con el modelo primario exportador, los enclaves económicos y la desigualdad territorial. Al mismo tiempo, no distingue de forma adecuada empleo formal de informal como una relación estructural ni las heterogeneidades propias de las economías periféricas como la paraguaya. Entonces tenemos una herramienta estadística potente en algunos aspectos, pero analíticamente limitada.

Lo que queremos señalar aquí es que no es cierto que “el dato mata al relato”, como lo mencionábamos más arriba, pues las debilidades metodológicas no son simples errores operativos, sino restricciones epistemológicas de un instrumento caracterizado por una representación incompleta de los territorios y poblaciones móviles, una subestimación sistemática de la informalidad y precariedad. A la que se añade la incapacidad para captar dinámicas laborales, sensibilidad a estacionalidades, dependencia de supuestos poblacionales y la invisibilización de formas no capitalistas de trabajo (como el criadazgo, el trabajo familiar en fincas campesinas, etc.).

En síntesis, los indicadores de la EPHC pueden —y de hecho lo hacen— inducir lecturas engañosas como es el caso del bajo desempleo en Paraguay. El país puede mostrar una baja tasa de desempleo, como es el caso en donde el indicador de desocupación oscila entre el 4 % y el 5 %, pero simultáneamente exponer alta informalidad, baja productividad e ingresos precarios e inestables. 

Metodológicamente, la EPHC es sólida como instrumento estadístico estándar, pero presenta límites importantes cuando se la intenta utilizar para interpretar el mercado laboral en profundidad. En particular, tiende a producir una representación “formalizada” y parcialmente sesgada del empleo, que puede ocultar dinámicas centrales que son constitutivas del mercado de trabajo paraguayo como la precarización estructural, la informalidad masiva y la heterogeneidad productiva del país.

¿Cómo se construye el discurso oficial sobre la “baja desocupación”?

El análisis metodológico es importante porque así cuando lo llevamos al terreno discursivo, lo que aparece no es solo una limitación técnica sino una articulación bastante coherente entre la medición estadística y la narrativa política. Las debilidades señaladas no son neutrales pues condicionan qué se observa y qué se deja de observar y, por lo tanto, qué se puede decir legítimamente sobre el mercado laboral en Paraguay.

La tasa de desocupación como indicador estrella representa un punto de partida claro: la definición restringida de desocupación (solo aquellos que buscan activamente empleo) da lugar a tasas bajas de forma sistemática porque excluye a desalentados, no captura el subempleo estructural y elige no ver la informalidad al arroparla con la inscripción en el Registro Único de Contribuyentes (RUC) sin que esto signifique empleo e ingresos estables. 

Entonces tenemos un gobierno que opera de manera discursiva reduciendo la complejidad del mundo laboral a un único indicador “favorable” en donde la invisibilización estadística de la precariedad permite que amplios sectores de la clase trabajadora aparezcan como “ocupados”, dado que, desde el punto de vista metodológico, una persona puede vender ocasionalmente su fuerza de trabajo, trabajar pocas horas, tener ingresos de subsistencia y aún así clasificar como “ocupada”. 

El peligro de esta narrativa es que habilita un discurso en el que “tener un trabajo” se equipara con estar integrado al sector productivo cuando en realidad se trata de estrategias de supervivencia ante la incapacidad estructural de la economía paraguaya para emplear productivamente a la fuerza de trabajo, dando lugar a una sobrepoblación obrera relativa o, lo que es lo mismo, a una población obrera sobrante que no encuentra espacios para ocuparse productivamente debiendo recurrir a espacios informales y precarios para su realización. 

De hecho, el sistema capitalista es, en general, estructuralmente incapaz de hacerlo, pero particularmente lo son las economías dependientes como la nuestra, donde la superexplotación de la fuerza de trabajo se constituye, además, en el condicionante de la acumulación. Entonces, lo que publican los medios empresariales de comunicación es resultado de un discurso bien armado en el que el “mercado laboral” descrito por órganos oficiales no coincide con la estructura real del trabajo en Paraguay, pero permite construir la imagen de una “normalidad” macro que en realidad no existe porque el empleo crece en formas precarias y amplios sectores se encuentran en crisis. 

En este punto es importante señalar el papel que cumplen los técnicos, en donde la autoridad técnica es utilizada como criterio de legitimación de una narrativa falaz que conduce a una naturalización técnica del discurso, es decir, una construcción metodológica sujeta a estándares internacionales propuestos por organismos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que no siempre capturan bien las realidades de economías periféricas, pero permiten estandarizar estrategias metodológicas que luego aparecen como “la realidad misma”.

En definitiva, lo que hace el INE, a través de su enfoque metodológico, es legitimar el modelo económico reforzando la idea de que el mercado funciona, que las políticas económicas son exitosas y que no hay una crisis estructural ni en la economía ni, por tanto, tampoco en el mercado de trabajo. Y esto tiene otra función adicional que es la de desactivar demandas sociales legítimas, porque si el problema no es el empleo, se desplaza el foco fuera del conflicto distributivo, invisibilizando reclamos salariales, derechos o formalización para posicionar favorablemente al país en el plano internacional a costa de simplificar realidades complejas. En otras palabras, no es que el dato en sí sea falso, pero sí es parcial y políticamente significativo.

Analizar el mercado de trabajo paraguayo exige problematizar no solo sus resultados empíricos, sino también los dispositivos metodológicos y conceptuales que los producen. En este sentido, la medición del empleo —particularmente a través de encuestas de hogares como la EPHC— no constituye un reflejo neutral de la realidad, sino una construcción estadística cuyos supuestos inciden directamente en la configuración del discurso oficial sobre el trabajo. 

Lo que produce el INE no es más que una ficción estadística de “pleno empleo”, dado que las métricas convencionales del mercado laboral, como las utilizadas por esta institución, tienden a subestimar las formas contemporáneas de inseguridad laboral al reducir la problemática a la dicotomía empleo/desempleo. En contextos como el paraguayo, donde predominan formas de inserción laboral sumamente inestables, intermitentes o de baja productividad, esta reducción resulta particularmente problemática, ya que amplios sectores del llamado “precariado” quedan clasificados como “ocupados”, aun cuando su inserción económica sea estructuralmente frágil.

En nuestro país, el 66,84 %6 de la población “ocupada” se encuentra en el sector terciario, en donde actividades económicas como el comercio y los servicios personales son las predominantes y, al mismo tiempo, se caracterizan por la baja productividad, baja remuneración e inestabilidad en el empleo y los ingresos. 

A diciembre de 2025, la OIT señalaba que la informalidad laboral alcanzaba al 70 % de los trabajadores paraguayos. Según la OIT, se entiende por empleo informal a todo trabajo remunerado, incluido el autoempleo, así como el empleo asalariado, que no se encuentra registrado, regulado o protegido por marcos legales o normativos. Asimismo, se entiende por trabajadores informales a aquellos que no cuentan con contratos de empleo seguros, prestaciones laborales, protección social o representación (sindicalización).

Por lo anterior, es que la crítica a los mecanismos de medición del empleo adquiere una dimensión política más profunda. Como se ha señalado, instrumentos como la EPHC tienden a producir una representación parcial del mercado laboral, subestimando la informalidad, la precariedad y la inestabilidad de los ingresos. Sin embargo, estas limitaciones no necesariamente debilitan el relato oficial; por el contrario, pueden volverse funcionales a él. La baja tasa de desocupación, construida a partir de definiciones restrictivas, se integra de manera coherente al mito de un mercado laboral dinámico, operando como evidencia empírica que refuerza esa narrativa.

En este sentido, lo que se observa no es una manipulación directa del dato, sino un proceso más complejo en el que las condiciones de producción del dato y su inscripción en una narrativa estratégica convergen. Tal como advierte el enfoque construccionista (Riorda, 2006), los problemas públicos y sus interpretaciones son en gran medida construcciones simbólicas que orientan la acción política. Así, la “baja desocupación” no niega la precariedad del trabajo en Paraguay, pero contribuye a desplazarla del centro del debate, reorganizando jerarquías de visibilidad y relevancia.

De este modo, la crítica a la medición del empleo permite desnaturalizar el mito de gobierno al mostrar que aquello que se presenta como evidencia objetiva forma parte de una configuración discursiva más amplia, orientada a legitimar un determinado modelo económico. La estabilidad macroeconómica y el crecimiento se consolidan como signos de éxito, mientras que las condiciones concretas de reproducción de la vida de la clase trabajadora quedan subordinadas a una narrativa que privilegia la consistencia del relato por sobre la complejidad de la realidad.

¿Qué sí muestra la EPHC?

Ahora bien, lo que sí nos muestra la EPHC (2026) es que el sector de los servicios sigue siendo el sector que más absorbe fuerza de trabajo con una representación del 66 % del total de ocupados. En contrapartida con sectores como el agroexportador, principal fuente de ingreso de divisas por exportaciones, que apenas ocupa al 13 % del total de la fuerza de trabajo, mientras que el sector manufacturero, aún con el dinamismo mostrado en el último periodo, solamente logra emplear al 20 % del total de la fuerza de trabajo. Es decir, ante la ausencia de fuentes genuinas de empleo, a la clase trabajadora paraguaya le queda como única opción el autoempleo, ya sea a través de plataformas digitales como Bolt, Pedidos Ya, Uber, o la venta ambulante, el comercio minorista, el contrabando, el empleo doméstico, entre otras salidas laborales que, en realidad, son más bien un espejismo. Esas son las principales fuentes de ingresos de los trabajadores en una economía que es estructuralmente incapaz de absorber productivamente a la fuerza de trabajo.

En estricto rigor, nos encontramos ante una economía que no produce valor o que el valor que produce es muy escaso en comparación con los volúmenes de renta que captura el sector agroexportador a través de prácticas extractivas intensivas en el uso de la tierra y los bienes comunes, al que se suma hoy el sector del capital ficticio en donde la especulación financiera va cobrando mayor gravitación. En otros términos, la clase trabajadora paraguaya vive como vive porque, en la lucha por la apropiación de la renta, ganan los capitales más concentrados del agronegocio y esas sobras se diluyen en el circuito de la circulación, alimentando un ciclo sin fin. Y corroborar esta afirmación es simple. Si no pudieras autoemplearte o generar ingresos a través de plataformas digitales ni optar por el comercio minorista (traer mercaderías y revenderlas), ¿qué opción laboral tendrías?

En síntesis…

En el contexto de un nuevo 1.º de mayo, la clase trabajadora paraguaya —es decir, quienes dependemos exclusivamente de nuestra fuerza de trabajo para sostener la vida propia y la de nuestras familias— tiene razones de sobra para encontrarse en las calles. En el marco de las múltiples crisis del capitalismo, asistimos a una reconfiguración regresiva del mundo del trabajo que recupera rasgos propios del siglo XIX; jornadas extensas e intensas, salarios insuficientes, resistencias de las patronales a reconocer derechos elementales —como el descanso— y una sistemática desvalorización y persecución de la organización sindical. A ello se suman condiciones laborales precarias, déficits persistentes en materia de seguridad y una estructura cotidiana que expropia tiempo de vida a través de largas esperas impuestas por un sistema de transporte público ineficiente, bajo condiciones climáticas adversas. En este contexto, incluso incrementos nominales del salario mínimo resultan no solo insuficientes, sino también insultantes frente al costo real de la reproducción de la vida. No se trata de situaciones aisladas, sino de una forma específica de organizar la producción y la sociedad que naturaliza la precariedad y traslada sus costos a quienes trabajan. Frente a ello, la organización colectiva no es solo una opción, sino una necesidad histórica, porque la precarización no es un destino inevitable, y la dignidad del trabajo tampoco puede reducirse a la mera supervivencia.

Notas

  1. Economista por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Pinar del Río, Cuba. Maestra en Ciencias Sociales con mención en Desarrollo e Investigación Social por FLACSO Paraguay. Doctoranda en Economía por el Instituto de Industria de la Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina. Integrante de la Comisión Directiva de la Sociedad de Economía Política del Paraguay y de los GT de CLACSO Crisis y Economía Mundial y Lex Mercatoria, Poder Corporativo y Derechos Humanos. Investigadora Asociada a la World Association for Political Economy (WAPE) y del Centre for the Study of Social and Global Justice (CSSGJ), UK. Es miembro de la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe y de la Sociedad de Economía Política y Pensamiento Crítico en América Latina y el Caribe, SEPLA. Contacto: alhelicaceres@hotmail.com 
    ↩︎
  2. Riorda, M. (2006). Los mitos de Gobierno. Una visión desde la comunicación gubernamental. https://www.cienciared.com.ar/ra/usr/3/189/hologramatica4_v2pp21_45.pdf 
    ↩︎
  3. https://5dias.com.py/article/paraguay-marca-mnimo-histrico-de-desempleo-de-36-frente-a-un-promedio-sudamericano-de-hasta-9 ↩︎
  4. https://www.lanacion.com.py/negocios/2026/04/30/datos-del-ine-baja-el-desempleo-y-el-mercado-laboral-muestra-senales-positivas/ ↩︎
  5. Paraguay marca mínimo histórico de desempleo de 3,6% frente a un promedio sudamericano de hasta 9% – 5Días ↩︎
  6. https://www.ine.gov.py/Publicaciones/Biblioteca/documento/309/Boletin%20trimestral_EPHC_1er%20Trim%202026.pdf ↩︎