Análisis | Por Nicolas Germanier1


¿Qué es la ideología?

Cuando hablamos de ideología no nos referimos a una mentira burda, a algo que alguien inventó para engañarnos. Es algo más sutil y por eso, más eficaz. Nos referimos a un conjunto de ideas que, sirviendo a los intereses de grupos económicos y políticos particulares, logra construirse y expresarse como parte del sentido común, como si hubiera existido siempre y como si no pudiera ser de otra manera. 

El filósofo marxista Terry Eagleton lo resume en tres operaciones que vale la pena considerar. La primera es la naturalización, lo que es histórico se presenta como un hecho natural; la segunda se refiere a la universalización, el interés de una parte se hace pasar por el interés de todos; y la tercera es la eternización, se  borra el origen y el contexto en el que surge una idea para crear la apariencia de ausencia de fecha de caducidad.

Estas operaciones no ocurren en el aire, cumplen una función muy precisa dentro de un orden mundial concreto que divide al mundo en dos clases sociales: quienes son los dueños de las condiciones materiales de la producción, es decir, las patronales, los capitalistas, y la clase trabajadora, aquella que no tiene control sobre las condiciones de producción y solo dispone de su capacidad para trabajar.

Por eso, cuando en las próximas líneas consideremos frases como «la pobreza siempre existió» o «así nos toca por ser un país agroexportador», no hablaremos sólo de prejuicios sueltos, nos referiremos a cómo el sentido común se organiza en función de una forma concreta de producir y distribuir para que el destino de la clase trabajadora parezca inevitable.

La farsa de la unidad nacional y el mito del progreso individual

El mundial de fútbol como espejo ideológico

Cada cuatro años ocurre un fenómeno que es particularmente revelador para comprender cómo opera el aparato ideológico en las sociedades capitalistas en términos de representación social de una realidad material que surge de relaciones sociales concretas y que permite que relaciones históricas aparezcan como naturales, universales o inevitables.

Durante el mundial del fútbol, una sociedad que cotidianamente se encuentra atravesada por profundas desigualdades económicas, conflictos sociales y disputas sobre la distribución de la riqueza, puede experimentarse temporalmente como una comunidad homogénea. Durante unas semanas, las diferencias de clase, las tensiones políticas y las contradicciones derivadas del modelo económico, parecen quedar suspendidas bajo un mismo símbolo; la camiseta de la selección nacional.

Este fenómeno no debe entenderse simplemente como una manipulación externa o como una falsa conciencia impuesta desde arriba. La ideología opera de manera más profunda porque organiza la percepción de la realidad social haciendo aparecer como común y universal aquello que está atravesado por relaciones históricas y materiales de desigualdad. La nación se presenta entonces como una comunidad de intereses compartidos, aunque quienes la integran ocupen posiciones radicalmente distintas en la estructura de su economía.

Entonces la operación ideológica consiste precisamente en transformar una sociedad dividida por relaciones de clase en una comunidad aparentemente integrada. La camiseta nacional coloca en un mismo plano simbólico al gran empresario agroexportador, al trabajador rural, al habitante de un barrio privado y al poblador de un asentamiento en los Bañados de Asunción, ocultando temporalmente las diferencias existentes respecto al acceso a la riqueza, la propiedad y las condiciones de vida.

Y esto no ocurre porque  «los paraguayos son así» o «a la gente le gusta el fútbol nomás».Durante el mundial, la pregunta sobre quién produce la riqueza social y quién se apropia de ella, queda desplazada por una identidad nacional que aparece como natural y superior a cualquier conflicto interno. La unidad nacional no elimina las contradicciones sociales; las vuelve invisibles durante un tiempo.

Las ideas como herencia

  «Soy colorado porque mi papá, mi abuelo y toda mi familia siempre fueron colorados» (o liberales)

Esta frase tiene una lógica que a primera vista, al sentido común, parece hasta razonable. Uno hereda una identidad, como hereda un apellido o una religión. Pero ahí está justamente el truco ideológico que convierte una posición política que debería sostenerse en un análisis de intereses, de programas, de historia, en un dato de nacimiento, algo tan poco elegido como el color de los ojos. Cuando la pertenencia partidaria se vive como herencia de sangre, deja de ser objeto de pregunta. 

Nadie se detiene a preguntarse si heredó una identidad política del mismo modo en que heredó la forma de la nariz. Así opera la naturalización ideológica, en donde aquello que es producto de procesos históricos concretos aparece como si fuera una característica innata, casi biológica, más cercana a la genética o al clima que a una construcción social y política.

En la sociedad paraguaya, la pertenencia partidaria se ha transmitido durante generaciones como una identidad familiar, vinculada a los afectos, la tradición y la lealtad heredada. Sin embargo, detrás de esa apariencia de continuidad natural existen historias concretas respecto a cómo se han configurado los partidos tradicionales, sus alianzas con diferentes sectores económicos, sus formas de organización del poder y su papel en el diseño del Estado que opera hasta hoy.

Ese análisis es clave para comprender el problema de fondo. La disputa colorado-liberal ocupa el centro de la escena, pero rara vez habilita la pregunta de fondo sobre el modelo productivo. Se discute con pasión quién gobierna, pero se da por sentado, como si fuera parte del paisaje, qué tipo de país se administra. Uno que sigue funcionando, gobierne quien gobierne, como proveedor barato para los centros del capitalismo mundial. La herencia partidaria, entonces, no solo nos aparta de pensar nuestra propia posición política, también opera como distractor ante preguntas más incómodas que ningún partido tradicional tiene demasiado interés en plantear ni responder.

Más policía ¿más seguridad? 

«La policía nos cuida a todos» o «los militares protegen las fronteras»

Estas dos frases suelen presentarse como verdades evidentes, como expresiones de un sentido común asociado al deber cívico. Alguien debe garantizar el orden dentro de las fronteras y alguien debe proteger el territorio frente a amenazas externas. Sin embargo, una mirada crítica debe obligarnos a realizar preguntas incómodas que la ideología dominante tiende a desplazar, como por ejemplo, ¿qué tipo de orden se busca preservar?, ¿quién se beneficia de ese orden? o, ¿en beneficio de quién se organizan las fronteras?

Ni las fuerzas encargadas de la seguridad interna ni las instituciones militares existen por fuera de las relaciones sociales que estructuran la sociedad. No son árbitros neutrales situados por encima de los conflictos de clase, sino formas de organización del poder estatal. La cuestión fundamental que la ideología dominante tiende a ocultar no es simplemente quién ejerce esa fuerza, sino qué relaciones sociales contribuye a preservar y qué intereses de clase terminan siendo protegidos bajo la apariencia de representar el interés general por la seguridad.

En este punto conviene traer a Engels, que en su análisis sobre el origen del Estado señalaba algo que sigue siendo vigente. Lo que distingue al Estado de otras formas de organización social previas no es su capacidad de representar a «todo el pueblo», sino la existencia de un cuerpo especial de hombres armados, separado y por encima de la población, que sostiene un orden de clases. Los regímenes cambian, las banderas partidarias cambian, incluso el tipo de Estado puede transformarse (de una dictadura a una democracia liberal, por ejemplo) pero eso no significa que las fuerzas que sostienen las relaciones de propiedad y de clase desaparezcan, sino que las fuerzas represivas se reacomodan, cambian de nombre, cambian de uniforme, pero permanecen intactas mientras la sociedad de clases permanezca intacta.

Esto es clave para comprender la función de la policía en los barrios populares, cuando «nos cuida a todos» se debe poner bajo la lupa, que no cuida por igual el patrimonio del gran terrateniente y el de los multimillonarios, que la changa de los trabajadores informales. 

En el caso de las fronteras y las fuerzas militares, la teoría marxista de la dependencia introduce una dimensión adicional. Las fronteras no solo representan los límites formales de un territorio nacional; también organizan un espacio político y económico dentro del cual se regulan la propiedad, la circulación de mercancías, los recursos estratégicos y las condiciones de acumulación de capital. La frontera entonces deja de aparecer como una realidad puramente natural o neutral. Su función política debe analizarse preguntando qué relaciones económicas, formas de propiedad y circuitos de acumulación contribuyen a preservar, y cómo esas funciones se inscriben en la estructura desigual del capitalismo mundial.

El regalo de las patronales

«El trabajo es algo que la patronal te da»

Esta frase invierte la relación real, y lo hace de un modo tan cotidiano cuya vuelta de tuerca es difícil de notar. Presenta al patrón como dador, y al trabajador como receptor agradecido de un favor. Pero basta seguir el proceso real de producción para notar que es al revés. 

La clase trabajadora no recibe trabajo, vende su fuerza de trabajo, su capacidad de producir valor durante una jornada a cambio de un salario. Lo que el patrón «da» (el salario) es sistemáticamente menor al valor que esa fuerza de trabajo es capaz de producir. Esa diferencia, la plusvalía, es la que el capitalista se apropia y acumula como capital. No es el patrón quien crea riqueza, es quien se queda con la mayor parte de la riqueza creada por la clase trabajadora.

Vale la pena remarcar, porque desarma la frase de raíz. Que exista producción, que exista trabajo organizado, no requiere necesariamente de un patrón, requiere de la división del trabajo, de coordinación, de cierta organización de tareas y jerarquías técnicas para que el proceso funcione. Eso es innegable en cualquier sociedad compleja. Lo que no es innegable, lo que no es un dato natural ni eterno, es que esa coordinación tenga que tomar la forma histórica específica del trabajo privado asalariado.

Confundir «hace falta organización productiva» con «hace falta un patrón que se quede con la plusvalía» es, quizás, la naturalización más eficaz de todas, ya que convierte una forma histórica particular de organizar el trabajo en las sociedades capitalistas en la única forma imaginable de que el trabajo exista.

¿Nos salvamos solos?

  «Cada uno se salva solo, a mí la sociedad no me da de comer»

Esta frase tiene una potencia particular porque no habla de política en abstracto, apela a la experiencia más concreta y diaria que existe, ir al supermercado y comprar algo con la plata que uno mismo generó. Ahí parece que la evidencia es aplastante: nadie nos regaló nada, lo compramos nosotros con nuestro esfuerzo. Pero justo ahí está el punto ciego.

Cuando la mercancía llega a nuestras manos ya viene despojada de toda la historia social que la hizo posible. El trabajo de quien sembró, de quien cosechó, de quien transportó, de quien empaquetó, de quien lo puso en la góndola. Lo que vemos es una cosa con un precio, no una red de personas y de trabajo. Marx llamó a esto el fetichismo de la mercancía; la relación social entre personas que produjeron algo para toda la sociedad se disfraza de relación entre cosas (nosotros y el producto, mediados solo por la plata) borrando que detrás de ese producto hay, en los hechos, un vínculo directo (aunque invisibilizado) con decenas de trabajadores.

Entonces la frase «la sociedad no me da de comer» es literalmente falsa en el sentido más material posible, es exactamente la sociedad, organizada a partir de una compleja división del trabajo, la que posibilitó que hoy adquiriéramos los productos que necesitamos. Lo que no existe es una relación personal, cara a cara, con quienes lo hicieron posible y esa ausencia de rostro es la que la ideología burguesa aprovecha para hacer pasar la organización social del trabajo por su contrario, la pura autosuficiencia individual.

Este eje cierra bien el recorrido, porque es el más íntimo de todos, no habla de la nación, ni del partido, ni del Estado, habla de nosotros, como trabajadores y nuestro carrito del súper. Y si llegados a este punto,  el lector ya ha dudado de  esta frase, puede que también dude con más facilidad de todas las anteriores.

El mito del esfuerzo individual y la meritocracia

  «Levantate temprano, entrená, tené mentalidad de millonario y vas a llegar» (el discurso de ciertos conocidos influencers)

Este eje merece un lugar especial porque tiene una particularidad astuta, se disfraza de rebeldía. No se presenta como el sentido común de siempre, sino como su opuesto, como si estuviera «despertando» la conciencia de la gente, sacándola de una supuesta ceguera colectiva, «salir de la matrix», mientras en realidad recicla con estética nueva la ideología más vieja del capitalismo, la meritocracia. La idea de que la riqueza es resultado directo y proporcional al esfuerzo individual, y la pobreza, por lo tanto, resultado de la falta de disciplina.

Es una universalización particularmente cínica, toma una experiencia posible para un puñado de personas (hacerse rico por cuenta propia, en circunstancias muy específicas) y la presenta como una fórmula replicable por cualquiera, en cualquier condición. Oculta, con eso, todo lo que ya hemos desarmado en los ejes anteriores, y es que no se parte de cero, hay estructuras de clase, de acceso al capital, de historia familiar y territorial, que determinan de antemano quién tiene margen real para «disciplinarse hacia el éxito» y quién no. El mensaje funciona, además, como una versión extrema del «cada uno se salva solo», si te va mal, es exclusivamente tu culpa; si a otro le va bien, es gracias a su mérito. Las relaciones sociales, de nuevo, desaparecen del cuadro.

Este discurso suele venir empaquetado con expresiones de desprecio hacia las clases empobrecidas, de racismo y de machismo poco disimulados, presentados como «honestidad brutal» o «verdad incómoda». La idea final a la que todo esto converge es que, el que tiene plata puede hacer lo que quiera, que ni el gobierno ni nadie puede decirle nada, y esto no es una liberación, es la fantasía ideológica más pura del poder sin ningún tipo de regulación social, vendida como superación personal. Lejos de sacarnos de «la matrix», es quizá una de sus versiones más eficaces, nos hace sentir rebeldes mientras busca convencernos de que la única salida posible es, precisamente, no cuestionar nada del sistema, solo escalar mejor dentro de él o si es posible emigrar hacia Europa o Estados Unidos.

Una renovada misoginia

  La jerarquía «alfa/beta» y la misoginia disfrazada de biología

Dentro de este mismo universo hay otra operación ideológica que merece atención propia. La división de los hombres en «alfas» y «betas». Tomada prestada, de manera bastante forzada, de estudios de etología animal ya cuestionados incluso en su propio campo, esta jerarquía se presenta como si fuera un hecho biológico universal, habría hombres naturalmente dominantes y hombres naturalmente subordinados, y el lugar de cada uno dependería de atributos «naturales» (fuerza, seguridad, éxito económico) antes que de cualquier condición social. Es la naturalización llevada al cuerpo mismo: una jerarquía social —quién tiene más poder, más recursos, más capital simbólico— se disfraza de destino biológico.

Esta idea no queda en lo abstracto, alimenta fenómenos sociales concretos, como el surgimiento de comunidades incel («involuntary celibate»). Y acá hay un detalle que no es casual, sino revelador. El propio vocabulario que utilizan —»valor de mercado», «mercado sexual», «hipergamia»— es directamente el vocabulario de la economía de mercado, trasplantado sin disimulo a la vida afectiva. No es una metáfora nuestra, es la que ellos mismos eligen. 

Esto muestra algo preciso, no una vaga «soledad», sino la ansiedad de sentirse insuficiente, de no «valer» lo suficiente, es una ansiedad que el capitalismo instala primero en el terreno laboral (¿cuánto valgo en el mercado de trabajo?) y que la manosfera (también llamada machósfera), lejos de cuestionar, extiende sin más al terreno sexual y afectivo. Ahí sí permite señalar un culpable cercano y concreto: la mujer que «no elige bien», en lugar de la lógica de mercado que, en primer lugar, te enseñó a medir tu propio valor como si fueras una mercancía en competencia.

Algo parecido ocurre con discursos que empaquetan el «orgullo» («man pride»), o sus primos con tinte racial («white pride») como si fueran una simple afirmación identitaria neutral, en la misma bolsa que cualquier otro orgullo de un grupo históricamente oprimido. Pero no cumplen la misma función, mientras el orgullo de un grupo subordinado suele responder a una historia de opresión concreta, estos discursos reafirman precisamente a los grupos que ya ocupan una posición dominante (varones, en el caso de «man pride»; blancos, en el caso de «white pride»), presentando esa posición dominante como si estuviera bajo un ataque injusto. Es universalización y victimización a la vez. La misoginia y el racismo no se presentan como tales, se presentan como «orgullo» legítimo y hasta como resistencia.

Y este eje, igual que los anteriores, no ocurre en el vacío y conecta directamente con el hilo de fondo del artículo. Un capitalismo que genera precariedad, aislamiento y competencia feroz produce, como subproducto casi predecible, formas de resentimiento que buscan un enemigo más cercano y visible (las mujeres, otro grupo racial) antes que preguntar por el sistema que produjo esa escasez y esa soledad en primer lugar.

Lo que aparece frente a nosotros como natural, tiene historia

Llegados a este punto, ¿sentiste que varias de estas frases eran tuyas, o de tu familia, o de la gente que más querés? Si fue así, es importante decir esto con claridad, pensar así no es un defecto personal ni es una muestra de falta de inteligencia. Estas ideas no se sostienen porque la gente sea ingenua, se sostienen porque cumplen una función real que es organizar la vida cotidiana, dar previsibilidad, evitar el desgaste de cuestionar todo, todo el tiempo. Nadie elige «libremente» nacer creyendo que la pobreza es eterna o que el patrón es indispensable; se hereda -se construye y reproduce-, como se hereda un idioma. El problema no es haber creído esto. El problema sería seguir creyéndolo después de haber tenido la oportunidad de mirarlo de cerca.

Y mirarlo de cerca tampoco significa llegar a una certeza opuesta e igual de cerrada. No se trata de cambiar un dogma por otro, sino de recuperar algo mucho más simple y mucho más poderoso, nuestra capacidad cuestionar, de interpelarnos a nosotros mismos y a la sociedad. Si una idea que parecía tan sólida como una ley de la naturaleza resulta tener una fecha de nacimiento, un interés detrás y una historia concreta, entonces también puede tener, en algún momento, una fecha de caducidad.

Elegir con los ojos abiertos

Dudar de estas frases no es un ejercicio triste ni de resignación, es exactamente lo contrario. Cada una de ellas, al desarmarse, muestra que lo que parecía inevitable, la pobreza, el patrón, la policía, las fronteras, la soledad del carrito del súper, fue construido históricamente, y por lo tanto puede ser destruido y reconstruido de otra manera. 

No hay ninguna ley natural que condene a una sociedad entera a vivir en la incertidumbre, la soledad, la ansiedad y la desesperación. Es enteramente posible transformar esta realidad, ya se ha intentado, en distintos lugares y en diferentes momentos. La clase trabajadora que ha tomado el poder en otras partes del mundo ha logrado experimentar formas distintas de construir las condiciones de producción y reproducción de la vida, una sociedad nueva orientada a partir de las necesidades de la clase trabajadora. 

Elegir eso —o no elegirlo— es una decisión. Pero solo se puede elegir de verdad cuando dejamos de confundir lo que realmente es, frente a aquello que se nos presenta como dado.


Nota

  1. Estudiante de Sociología, Universidad Nacional de Asunción. Militante del Partido Comunista Paraguayo y miembro de la Comisión Nacional de Ideología y Formación. Integra el Centro de Estudios Marxistas “Antonio Maidana”. ↩︎