Los ingredientes de las ollas populares

No nos referiremos aquí a los productos agrícolas como porotos, arroz, zapallo, mandioca, maíces, zanahoria, tomate, cebolla, locote o papa, ni a condimentos como el orégano, laurel, romero, kuratu, perejil, tampoco a la carne de vacunos, aves o cerdos, ni a productos derivados como aceite, fideos, harinas, queso o sal. Tampoco a los resultados de las infinitas mixturas inventadas, algunas más sabrosas, otras menos, que toman la forma de caldos, guisos, sopas, picaditos, tallarines, mbaipy, tortillas, y otras creaciones derivadas de la urgencia, la tradición y el ingenio popular.  

Con algunos de estos ingredientes, unos más, o varios menos, miles de paraguayos y paraguayas (mucho más ellas) vienen cociendo alimentos en las miles de ollas populares multiplicadas por toda la república en estos tiempos de pandemia, de aislamiento y radicalización de nuestras penurias sociales.

Las ollas populares son las grandes protagonistas de la pandemia en Paraguay (mucho más que el ministro Mazzoleni), ocupan espacios en los medios de comunicación a la mañana, siesta, tarde y noche, y lo más importante, permiten aguantar la hambruna a miles, o millones, de personas.

Sin haber sido generadas por algún negocio privado de por medio, ni por alguna planificación estatal o municipal, las ollas populares se han levantado espontáneamente desde la gente, empezando en los barrios populares y empobrecidos, extendiéndose progresivamente por todo el país. Familias, vecinos/as, docentes, religiosos/as, cocineros/as, una gran variedad de personas se han visto participando de estas experiencias en cientos de lugares. Incluso algunos politiqueros y empresarios, que por lo general buscan sacar rédito de la desgraciada situación de la gente vulnerable. No se sabe cuántas hay, ni a cuántas personas alimentan. Serán miles, socorriendo a millones.

¿Cuáles son los ingredientes necesarios para que esto ocurra en el Paraguay, con tanta rapidez y efectividad? No hubo una política pública de ollas populares, ni un negocio rentable detrás, por lo que tanta espontaneidad y consenso tuvo que estar precedida y determinada por algunos ingredientes previamente existentes. Compartimos una posible receta de este fenómeno social, y sus ingredientes principales:

Población empobrecida: las ollas populares se multiplican porque hay una demanda real insatisfecha de alimentos, gente que no tiene que comer. Nuestra gente empobrecida, en extrema pobreza, marginada, excluida. Según las estadísticas oficiales, son casi 1.700.000 los pobres, y 335.000 los extremos, los hambrientos. En la realidad son más, aún más en tiempos de aislamiento y encierro domiciliario. El hambre es una realidad concreta en Paraguay, más allá de los cuentos de crecimiento y estabilidad económica.  

Precariedad económica y laboral: la economía paraguaya, de tipo capitalista neoliberal, no genera empleos suficientes, mucho menos de calidad, es decir, con contratos y estabilidad, salarios dignos y seguridad social. Nada más y nada menos que el 71 % del empleo es informal, según un informe del Banco Mundial. Desempleados, subempleados, superexplotados. Trabajadores y trabajadoras obtienen poco, no tienen ahorros y multiplican sus deudas, para satisfacer necesidades básicas de sus familias. Viven del día a día. No trabajan un día, una semana, y están en serios problemas. Por su parte, los trabajadores del Estado, el empleo público, tan solo abarca al 9 % de la masa laboral. Mientras, un pequeño grupo vive como reyes o princesas en sus castillos medievales, en pleno siglo XXI.  

Inexistente sistema de protección social: el Estado paraguayo está ausente en las tareas de cuidar, formar y promover a las personas. Posee sistemas precarios y mediocres de salud, educación y promoción social. No invierte lo mínimo para garantizar derechos básicos, como alimentación, trabajo y vivienda. El gasto público en Paraguay es el más bajo de la región, solo a nivel de países en crónicas crisis sociales como Haití. En medio de la crisis generada por el coronavirus, la asistencia a familias pobres y gente sin trabajo empezó a llegar luego de un mes de iniciada la cuarentena, en montos muy pequeños para “aguantar” la situación. No existen recursos públicos, ni derechos garantizados; el Estado social de derecho no pasa del papel constitucional.

Escasez de recursos públicos: no tenemos los recursos económicos necesarios porque el capitalismo neoliberal determina que recaudemos poco y mal, nuestros bajos impuestos a las rentas y al patrimonio determinan la presión tributaria más baja de la región. Estos bajos impuestos benefician a quienes acumulan ganancias, sojeros, ganaderos, agroexportadoras, tabacaleras, bancos, terratenientes, mientras condenan al abandono estatal, a la falta de trabajo y alimentos, a multitudinarios sectores empobrecidos.

Escasez de alimentos y altos precios: el sistema agropecuario privilegia el lucro y no la vida de la gente. Más del 90% de la tierra cultivada se destina a rubros de exportación, en especial a la soja transgénica. Así, un rubro que la población nacional no come, acapara la mayor parte de las tierras, el agua y el capital utilizados en la agricultura, generando altas rentas para quienes hegemonizan dicha cadena. La ganadería industrial es otro negocio con consecuencias similares. En contrapartida, campesinos e indígenas tienen cada vez menos tierras, reciben insignificantes apoyos de parte del Estado y, lógicamente, producen cada vez en menor superficie, menos avati, kumanda, manduvi, sevói, mandi’ó, frutas y hortalizas. A menor disponibilidad de alimentos frescos locales, mayor importación, más contrabando. Nuestra dependencia de la producción argentina y brasileña se dispara, así como los precios de dichos productos esenciales. En las primeras semanas de la pandemia, los precios de rubros como la papa, cebolla, naranja, prácticamente se duplicaron. Comer bien en Paraguay hoy no es barato ni sencillo; para miles, una titánica tarea, no siempre lograda. Así, mientras en tiempos de Rodríguez de Francia y los López logramos el autoabastecimiento, la soberanía alimentaria, hoy “conseguimos” la absoluta subordinación y dependencia del mercado internacional.

Cultura popular: la solidaridad, la minga, el jopói, el apoyo comunitario, familiar y vecinal son rasgos característicos de la sociedad paraguaya, es parte sustancial de sus raíces, los pueblos indígenas y el campesinado, donde la práctica de la reciprocidad y la generosidad son cotidianas, parte de la identidad y cosmovisión. Las ollas populares son una expresión de la solidaridad que sobrevive, principalmente en los sectores populares, donde aún las personas se ven, se reconocen como iguales, y el dinero no es el valor supremo por encima de todo. La rápida multiplicación de las ollas populares autogestionadas muestran la vitalidad de estos rasgos en el pueblo. Esa genuina solidaridad espontánea, va cambiando en los sectores económicos medios y altos, donde más bien toman la forma de caridad, de dar lo que a uno le sobra o no necesita, en general a cambio de cierto reconocimiento social, publicidad o por cumplir con ciertos mandamientos morales. Es así que las donaciones de empresas y políticos empiezan a llegar a las ollas populares, sostenidas genuinamente con trabajo y sacrificio.  

Todo lo mencionado como ingredientes de este fenómeno, no invalida la importancia de las ollas populares en la crisis actual, han permitido que sigan comiendo miles y miles de personas. Han sido el sistema de protección social más veloz y efectivo, a falta de uno institucionalizado. Han sido una respuesta urgente y necesaria ante la anémica asistencia gubernamental.

Han contenido el hambre, pero no las injusticias. Han avivado la solidaridad, pero no el interés de los actores políticos hegemónicos hacia los empobrecidos, pues no se sienten interpelados o, digámoslo así, amenazados.

Es que falta un paso, un salto en la conciencia y organización, que la olla popular se constituya en poder popular. Esto es que, además de platos de comida, se generen demandas, reclamos, interpelaciones y escraches hacia quienes tienen la obligación constitucional de asistir al pueblo y garantizar derechos básicos. Además de comida, se multiplique la conciencia política, organización y, de a poco, se construya colectivamente un proyecto de país alternativo, generado desde abajo, desde el hambre de alimentos y de justicia. Desde las ollas populares, las de antes y las de ahora, las de las marchas campesinas, las huelgas sindicales, las tomas estudiantiles, o las del hambre que hoy acecha a la sombra de un virus: el egoísmo humano convertido en norma y sistema.

*Por Luis Rojas, economista e investigador de Heñoi y miembro de la Sociedad de Economía Política del Paraguay – SEPPY

2 comentarios sobre “Los ingredientes de las ollas populares

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  1. “falta un paso, un salto en la conciencia y organización, que la olla popular se constituya en poder popular”
    Esto refleja que este sistema el Capitalista ya no tiene forma de sostener una crisis como esta .

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    1. Tiene forma de sostener, en base a la represión, el hambre y la explotación de los sectores populares. Por eso es necesaria la organización social y política, y la construcción de poder popular para enfrentar eso, y transformar la sociedad

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