Análisis | Por Najeeb Amado


Publicamos un artículo escrito por Najeeb Amado, Secretario Gral del Comité Central del Partido Comunista Paraguayo, en el libro “Filosofía para Nada”, lanzado en diciembre del año pasado y que sigue siendo presentado en diversos locales de nuestro país.

En el presente artículo, Najeeb reflexiona sobre la felicidad, el ocio, nuestras certezas e incertidumbres, las contradicciones y los idealismos que nos atraviesan, compartiendo experiencias y miradas respecto a la dialéctica relación entre nuestra individualidad, nuestra condición de seres sociales, así como entre el ocio y el trabajo.

Invitamos a leer este material y recomendamos el libro para lectura, reflexión y debate en torno al ocio y las diversas formas en que la propuesta socioproductiva limita nuestras libertades, así como a las posibles acciones superadoras que nos permitan una mayor plenitud.

Una felicidad conspiradora y buscapleitos

Empezaremos mal, con cierto tufillo a “deber ser” y dejando que la plurisignificancia inherente a nuestra condición humana, se involucre con este mal comienzo para sacar variadas conclusiones, u olvidos propios de la indiferencia en torno a una propuesta tan poco seductora como puede ser el aliento que sale de una boca al despertar de una noche de borrachera y con altísima ingesta de ajo crudo.

Lo cierto es que, entrado el siglo 19, en Inglaterra se tenía por costumbre familiar responder a un cuestionario denominado “Confesiones”. La familia del “Moro” Marx, también asumió esta forma de pasatiempo. Así fue que Jenny y Laura le hicieron responder un cuestionario, allá por 1865, a un Karl de 47 años, ya maduro. Y entre las preguntas, una de ellas planteaba responder a la idea de felicidad. Marx, al llegar a esa consulta responde diciendo que su idea de felicidad es luchar.

Empezar un texto diciendo que la lucha nos hace felices, puede ser visto como un mal inicio con sabor a ese “deber ser” que tanto nos instalan discursivamente desde nuestras infancias, y que termina desarrollando una doble moral y una hipocresía de mierda que funcionan como maquillaje simulador para esconder nuestros miedos, inseguridades, carencias e ignorancias no resueltas.

En este caso, quiero analizar la respuesta del Moro en radical oposición a ese insano deber ser, con la intención de atacar las idealizaciones de bienestar que favorecen a la continuidad de lo que el filósofo cubano Jorge Luis Acanda González denominó “reino de necesidades permanentes ilimitadas” edificado por el modo de producción capitalista.

La permanencia de la contradicción y el conflicto en nuestra existencia es fácilmente demostrable y destroza aquel ideal de felicidad desprovista de tristeza, del bienestar sin el componente de malestar, o la tranquilidad sin que existan preocupaciones, como también la idea de seguridad sin miedos ni desconfianzas y así, continuando con otras aspiraciones humanas en formato ideal que, ante su no consecución favorecen a la angustia y la sensación de insatisfacción, de no plenitud.

Sin embargo, la idea de que existe un lugar en el que la armonía es absoluta, sin ningún componente que le altere, le ponga en tensión, le genere grietas y le amenace con un quiebre, sigue prevaleciendo en el horizonte y las finalidades de mucha gente. Así tendemos a buscar ese momento total que niega la presencia de factores opuestos a la síntesis totalizante, y entonces la búsqueda de placer, por poner un ejemplo más, se nos dibuja como un momento desprovisto de dolor.

Acorde a esa forma de ver el mundo, la palabra “lucha” nos remite a esfuerzo, desgaste, riesgo y entonces la felicidad aspirada, que en realidad es aquella que solo existe en nuestras ilusiones o en momentos hipnagógicos, no encuentra posibilidad de hacer síntesis ni analogarse con el combate.

Convivir asumiendo la permanencia de la contradicción y el conflicto nos cuesta, porque nuestra sociedad educa en clave del “deber ser” idealista y la permanente pontificación, incluyendo el castigo al error, cuyas consecuencias, entre otras, son las dificultades para realizar autocrítica y la limitación a la curiosidad y la experimentación, restringiendo el desarrollo del pensamiento científico y artístico.

Hace unos años, cuando dos de mis hijas eran muy pequeñas y con mi compañera buscábamos libros de cuentos para compartir con ellas, conocimos a un gran artista y escritor llamado Pablo Bernasconi. Accedimos a unos cuantos libros suyos, hermosos para compartir con niñas y niños, sobre todo, pero también para reflexionar entre adolescentes, jóvenes y adultos, en el marco de la dolorosamente bella tarea de desaprender un montón de “enseñanzas” que estrechan nuestra comprensión del vivir en este mundo.

Así llegamos a un libro titulado “El sueño del pequeño Capitán Arsenio”. Una copada historia sobre los múltiples esfuerzos del pequeño Arsenio, cuya niñez transcurrida en la segunda mitad del siglo 18, se vio atravesada por su decidida intención de ser inventor, mostrando con planos y dibujos sus inventos desarrollados no sin peligros; inventos que se adelantaron a otros que luego conocimos, pero que no salieron como aquel audaz e ingenioso niño imaginó. A pesar de sucesivos y dolorosos fracasos, Arsenio nunca decayó y siguió intentando.

Al comenzar el libro, Bernasconi nos dice “la historia de los inventos, de los más sencillos a los más complejos, está compuesta por una larga serie de conexiones entre personajes intrépidos que transitaron un sendero lleno de accidentes y frustraciones”.

Nos quedamos alucinados con la historia del pequeño Arsenio. Hacía tiempo que veníamos explorando formas de construir un intercambio con nuestras hijas, capaz de generar seguridad y confianza como síntesis del riesgo de crecer, vivir y crear. Y este libro nos permitió aprender juntos cagándonos de risa y compartiendo con amistades sobre nuestras difíciles infancias y las reproducciones seriales de castigar los errores por parte de padres, familiares, vecinos y maestros que, en su intención de “educar”, terminaron limitando nuestra capacidad de experimentar, tomar decisiones y hacernos cargo de nuestros intentos. Crecer, vivir y crear en una sociedad que castiga la equivocación y “corrige” el pensamiento mágico, inventa fracasos donde no los hay, genera inseguridad y disuade la intención de prueba y ensayo por regla general, reduciéndonos a ser “personas obedientes”. Así, más allá de que en el discurso asumamos que los fracasos forman parte del aprendizaje, las lecciones se asientan y arraigan más profundamente, en clave superadora, de acuerdo al tiempo y al espacio que nos lleva y ocupa la decodificación del fracaso en experiencia.

El fracaso tal cual, es como una piedra de doscientos kilos atada con piola a nuestra cintura, que nos dificulta enormemente dar pasos y continuar. Al decodificarlo en experiencia, esa piedra se convierte en catapulta de nos impulsa a seguir haciendo cosas, intentando de vuelta. Cuando el fracaso pasa a ser experiencia, demasiado ya queremos intentarlo de nuevo, para hacerlo bien y saldar cuentas con nuestra seguridad.

La vida es un juego serio de bellezas y monstruosidades

Gilberto Padrón es un extraordinario artista plástico venezolano. Lleva más de 20 años viviendo en Asunción. Es un padre y un hermano -al mismo tiempo- para mí. Gran parte de las tranquilidades (obviamente no desprovistas de tensiones y conflictos) que hoy tengo en mi forma de ver y de vivir en el mundo, guardan relación con intercambios que tuve con él y me dieron vuelta la forma de entender cuestiones esenciales. Gilberto ha venido desarrollando una obra artística cargada de simbolismo, reflexión, irreverencia y poesía.

Dentro de sus obras, en más de uno de sus cuadros, se deja leer con sutil turbulencia una frase que dice “el arte es la respuesta lúdica y sensible del ser ante el enigma de la existencia”.

El enigma de la existencia nos atraviesa consciente e inconscientemente. La felicidad como finalidad, al ser idealizada se nos muestra esquiva y entonces el vacío, la angustia, la ansiedad, la desesperación no encuentran contención en la forma de ver el mundo y de vivirlo que hegemoniza la consciencia de una mayoría de personas en nuestro país y en el mundo.

El juego y la capacidad de orientar nuestra sensibilidad ampliándola en función del instinto de especie y de nuestra condición de seres sociales, son esenciales para tomar, aprehender las experiencias y valorarlas asumiendo que somos producto de múltiples influencias cuyas síntesis están motorizadas por la confianza, la seguridad, el amor y la importancia que le damos a nuestra existencia.

Fuimos educados para asumir como una provocación cuando una persona nos dice que estamos siendo influenciados. La provocación logra su cometido cuando me molesta a tal punto en que, para demostrar la total independencia de mis ideas y posiciones, confronto y hasta rompo con el grupo que, según alguna gente, me estaba influenciando.

Sin embargo, la realidad es que, desde que nacemos, vamos incorporando influencias en la constitución de nuestro ser, entre otras cosas y esencialmente, porque somos seres sociales y esa es la principalísima condición humana.

La contradicción entre lo individual y lo colectivo, entre lo singular y lo plural, el capitalismo lo resuelve desde la lógica del fetichismo de la mercancía, en donde el ser humano se cosifica al punto que su valor depende de su capacidad adquisitiva, mientras la mercancía se humaniza e independiza. Entonces, la lógica del tener y la hegemonía de la competencia con valor positivo ineludible, nos lleva al “todos contra todos”, o en el mejor de los casos, restringe nuestra solidaridad y pertenencia a familiares o grupos, sectores de la sociedad, seccionando nuestra sensibilidad.

Sociales hasta en la más oscura soledad

Esto de ampliar nuestra sensibilidad en función del instinto de supervivencia como especie humana, así como de nuestra condición de seres sociales, implica la extensión del amor. Pero entonces los relacionamientos sociales actuales hacen que la desconfianza y la inseguridad vuelvan a perturbar nuestra existencia “demostrándonos” que mucha gente es una mierda y que al pedo vamos a “jugarnos” por otros, favoreciendo brotes o presencia hegemónica de misantropía en nuestra subjetividad.

La cosa no está fácil, sin dudas. Pensar en el ocio como instrumento de libertad y no asociarlo a la cuestión social, a la necesidad de conspirar para transformar efectivamente la forma de ver y vivir en el mundo, puede oxigenarnos y favorecer a una mejor salud mental, seguramente facilitará la recarga de energías y fuerzas para seguir viviendo resignados a que la lógica del capital, de la explotación, de la guerra y el individualismo consumista siga dominando y organizando las relaciones sociales integrales. Lo mismo pasa con la búsqueda de felicidad.

Por eso es tan importante resolver qué es lo esencialmente inherente a la condición humana. Mucha gente repite que es el egoísmo, que somos egoístas por naturaleza. Esto es lo mismo a creer que fuera de las limitaciones cerebrales humanas que nos obligan a ordenar y clasificar pensamiento, el universo tenga un orden. No, el universo no tiene orden. Son nuestras limitaciones de memoria y funcionamiento cognitivo las que nos obligan a establecer ese orden.

Así también, los seres humanos no somos egoístas por naturaleza, ni “malos” ni “buenos” por naturaleza. Existen procesos históricos que, luego de muchas décadas, en algunos casos siglos, en otros miles de años, inciden en la información genética para que vayan apareciendo seres humanos con diversas particularidades, sí. Pero los elementos esenciales de la condición humana son nuestra capacidad de aprender, asimilar, crear, influidos por entorno y circunstancias. Somos seres sociales con múltiples influencias propias del momento histórico que nos toca transitar.Lamentablemente, el momento histórico que venimos transitando está hegemonizado por el capitalismo con la imposición del individualismo consumista, lo cual reduce nuestra existencia desgarrándonos, escindiéndonos, vaciándonos, a consecuencia de su inorganicidad con la condición social de la humanidad.

Fetiche y maniquí

Karlitos Marx y Silvio Rodríguez abordan de manera diversa las condiciones materiales de producción, así como los velos y mediaciones que sostienen la alienación generada por el modo de producción capitalista y la fascinación burguesa que domina nuestro horizonte y nuestras nociones de bienestar y felicidad, estrechando incluso nuestra capacidad sensorial y perceptiva, envolviendo nuestros sentidos en la lógica impuesta por el fetichismo de la mercancía.

En sus “Manuscritos económicos y filosóficos” de 1844, el Moro nos dice que “En lugar de todos los sentidos físicos y mentales ha ocurrido, pues, el simple enajenamiento de todos estos sentidos: el sentido del tener. El ser humano tenía que ser reducido a esta pobreza absoluta para que pudiera ceder su riqueza íntima al mundo exterior”.

Y Silvio, en su “Canción del Elegido” del 1968 concluye diciendo “La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo. Iba matando canallas con su cañón de futuro”.

En aquella densa reflexión el muchacho de Tréveris, a sus 26 años, entiende que el “sentido del tener”, al trascender a la necesidad y al uso para ser moldeado por la crematística propia del fin lucrativo como esencia del capitalismo, termina desequilibrándonos al punto de estrechar nuestros sentidos y lograr que nuestra sensibilidad se someta a la mercantilización de todo lo que nos rodea, restando importancia a la contemplación, al bailoteo de las hojas de árboles, a la mueca casi imperceptible de la picardía, al deleite de colores que están en permanente movimiento en cada minuto de nuestra existencia.

Y el joven poeta cubano de 22 años, culmina una conmovedora composición musical valorando dialécticamente la desnudez y la violencia como potenciales liberadoras y enaltecedoras de la condición humana ante la opresión cosificadora del capitalismo que, cínicamente condena toda forma de violencia para mantener el injusto y brutal sistema de explotación, además de darle valor al ser humano, cual maniquí, por lo que tenga y lleve puesto.

Filosofía de la praxis, abierta y encubierta

Pero entonces ¿Cómo podemos resolver la contradicción entre lo individual y lo colectivo? Pienso que la unidad y oposición entre lo individual y lo colectivo tiene similitudes con las de forma y contenido. Lo individual es el resultado de lo colectivo y lo colectivo es síntesis de conjugaciones individuales. No existe nada que sea producto absolutamente exclusivo de mi individualidad. Pensemos, hagamos ese ejercicio. Desde el nacimiento hasta las múltiples creaciones objetivas y subjetivas en cada segundo de nuestra existencia.

Por eso es tan distópico el horizonte de la humanidad organizada por el modo de producción capitalista. Al privilegiar el individualismo quiebra la organicidad de los seres humanos como seres sociales.

Al mismo tiempo, una lógica colectivista que reste importancia al desarrollo de individualidades, de particularidades, es igualmente inorgánica con la condición humana porque la riqueza de lo colectivo depende del desarrollo, de las seguridades, del integral crecimiento del individuo en la formación de su independencia para pensar y trabajar colectivamente.

En estos tiempos tan acelerados, en donde lo constante es la incertidumbre, organizarnos para pensar colectivamente, recurriendo a la filosofía es de vida o muerte, metafórica y literalmente. Y en ese sentido, el marxismo como filosofía de la praxis interesada en transformar el mundo, o como lo dijo Fidel Castro, cambiar todo lo que deba ser cambiado, es una poderosa herramienta para sentir la felicidad de luchar y la convicción que minimiza al sacrificio.

En este sentido, el ocio no necesariamente es antítesis de trabajo. En todo caso es antítesis de trabajo asalariado, obligado, indeseado.

El trabajo es ingenio, momento y espacio para transformar situaciones. El trabajo asalariado, forzado, obligado es la expresión injusta propia de un momento histórico, no su expresión natural. La filosofía de la praxis nos ejercita en la reflexión-acción-reflexión-acción permanente. Desarrolla el hábito de revisar nuestro caminar y teorizar sobre el mismo, entendiendo que las formaciones sociales están en movimiento y son transitorias, pasibles de rupturas y cambios radicales.

En el capítulo 25 del Tomo 1 de “El Capital”, dando cuenta de lo transitorio e histórico, en una llamada el pie de página Marx manifiesta “Un negro es un negro. Sólo dentro de determinadas relaciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Solamente dentro de determinadas relaciones, se convertirá en capital. Sustraída a estas relaciones, la máquina no tiene nada de capital, lo mismo que el oro ni es de por sí dinero o el azúcar el precio del azúcar… El capital es una relación social de producción. Es una relación de producción histórica”.

Así el ser humano es individual y colectivo (social) al mismo tiempo, como también es productor, mercancía y consumidor al mismo tiempo, pero la alienación desgarradora de la subjetividad capitalista esconde estas simultaneidades, impidiendo la comprensión de sus implicancias bajo la subordinación del trabajo al capital. Jorge Luis Borges, de quien dijo Roberto Bolaño es “el centro del canon de la literatura latinoamericana”, en un momento planteó que “El tiempo es la substancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata pero yo soy ese río, es un fuego que me consume pero yo soy el fuego”. Y al respecto, otro escritor de fuste como Octavio Paz, ante tamaña reflexión, respecto a Borges escribió “era necesario que un gran poeta nos recordase que somos juntamente, el arquero, la flecha y el blanco”.

Asumir la contradicción, el movimiento permanente, de ninguna manera nos debe llevar a la relativización. El movimiento superador nos exige síntesis, de lo contrario nos paralizamos y eternizamos las relaciones sociales dominantes.

Asumir que se nos arrebata el río y ser río a la vez, o que somos el arquero, la flecha y el blanco, supone una interpelación en cuanto al movimiento y la contradicción, en cuanto al conflicto y la tensión, que nos habitan y recuerdan que la felicidad nos llama a la lucha individual y colectiva, planificada e ingeniosa, disciplinada e irreverente, capaz de parir la plenitud que responda de manera suficientemente humana, el enigma de la existencia y la necesidad de superar el capitalismo para transitar hacia el comunismo, hacia esa libre asociación de seres humanos en donde el conflicto no este encorsetado en la mediocre lógica de la explotación y el lucro.