Por Norma Flores Allende

Quisiera creer que el feminismo por sí solo, nos evitaría un mundo de guerras, reemplazando la lógica capitalista de dominación por la de cuidados. Pero el feminismo solo no nos salvará de la guerra. Y me animo a decir que tampoco nos salvará. Lo necesitamos, pero no es suficiente.

Por mucho tiempo he entendido que ser mujer y querer derechos básicos -como poder salir del hogar y no depender de un hombre-, es ser feminista por defecto, se asuma o no. El feminismo liberal-burgués es lo primero que se nos presenta, en el cual también creí (que las mujeres ya habíamos alcanzado el voto, y ahora solo era “empoderarnos”). 

La administración demócrata de EE.UU. lo promovió en su momento en nuestros países, con éxito. Hace una década o menos, muchas mujeres lo creímos, lo exploramos como posibilidad. Y no nos culpo, la violencia misógina de nuestras sociedades es alta. Pero si algo positivo ha traído la era Trump es la honestidad. Lo que antes era envuelto con cientos de discursos, campañas de relaciones públicas, corrientes académicas, hoy se desnuda sin pudor.

El feminismo como singular nos lleva al relato del éxito individual, al esencialismo que nos reduce a las mujeres a seres de luz, cuidadoras, incapaces del mal. Ese feminismo impulsa solo unos cuerpos, aquellos que el supremacismo blanco estima como bellos o aptos. Es el feminismo obsesionado por la competencia, por escalar en las empresas, en el ámbito corporativo, en las grandes instituciones. Solo destaca a las grandes mujeres como empresarias y ejecutivas. Es capacitista, racista, transodiante, eugenésico. Es capaz de hacer la guerra.

Es imperialista.

Es Margaret Thatcher, es Hillary Clinton, es Christine Lagarde, es Úrsula von der Leyen. Quienes, más allá de que se hayan autodenominado feministas o no, representan un modelo de un cierto feminismo. Y han sido destacadas como mujeres exitosas, según esa misma perspectiva. 

Ahora más que nunca ante un mundo que se revuelve en la guerra de exterminio absoluto, el grito de las feministas negras, de las travestis, de las obreras, de las comunistas es indispensable. Es momento de escucharlas a ellas, lo que por tanto tiempo llevan explicándonos: el feminismo no es uno solo, es plural y, aunque necesario, tiene sus límites. 

Porque las mujeres podemos hacer la guerra, podemos ser opresoras. Podemos encarnar los males del capitalismo, que en su decadencia, impone su fuerza genocida y ecocida, amenazándonos con la extinción masiva. En esta sociedad somos personificaciones de las dinámicas del capital. El fascismo puede tener rostro de mujer: Alice Weidel, Giorgia Meloni, Sanae Takaichi, Erika Kirk.

Necesitamos del feminismo interseccional, sí. Necesitamos de las voces colonizadas, subordinadas y sometidas, sí. Pero el feminismo solo no nos salvará de la guerra. El feminismo, aún interseccional, no nos alcanza para liberarnos de todas nuestras opresiones. 

Los feminismos emancipadores son una condición necesaria, son fundamentales, pero no suficientes.

Es entendible que la respuesta sea que no basta con que las mujeres estén en puestos de poder, sino que las mismas deben ser mujeres feministas. 

Pero tampoco basta con que mujeres feministas ocupen espacios dentro de un sistema de depredación. Por mucho que se quiera cambiar o reformar, hay límites a lo que se pueda enmendar con tan solo buena voluntad.

Si buscamos sociedades pacíficas, igualitarias, en donde los cuidados y la colaboración reemplacen a la dominación y violencia, necesitamos cambiar de sistema, compañeras. Y allí necesitamos entender que los feminismos interseccionales, emancipadores, necesitan articular con otras piezas capaces de transformar la realidad. 

Las luchas de los feminismos interseccionales son importantes para abordar las diferentes violencias contra todas las mujeres, pero no contienen en sí la posibilidad de superar el capitalismo y fundar otro sistema. Porque el problema central del capitalismo es la contradicción entre un puñado de burgueses y millones de trabajadores. Es decir, entre capital y trabajo. 

Si queremos un mundo sin guerra, es hora de pensar más allá del capitalismo. En un sistema superador. Es eso o la extinción.