Paraguay | Por William Costa


El juicio por tortura contra Eusebio Torres, Fortunato Lorenzo Laspina y Manuel Crescencio Alcaraz, ex policías del régimen stronista, ha representado un escenario fértil para el despliegue de los talentos creativos y de actuación tanto de sus reticentes protagonistas, los acusados, como del notable sub-elenco de abogados defensores.

Solo la extendida y sardónica risa de Laspina al escuchar la acusación de que hacía comer excrementos a sus víctimas pudo superar la afirmación de Alcaraz de que Luis María Argaña, supuesto padrino de su hija, hizo de él un “amante de la democracia”. Como era de esperar, el público no ha aplaudido. Más bien, un estremecimiento colectivo ha recorrido con frecuencia una primera fila poblada por víctimas de la dictadura—algunas de ellas víctimas directas de los acusados—y por la firme presencia de María Luisa Delgado, viuda del ya fallecido denunciante, Domingo Guzmán Rolón. Ha sido de admirar la capacidad de guardar el obligatorio silencio en la sala.

La jornada del 2 de febrero, la más reciente de un juicio que ahora llega a sus últimos momentos, no dejó de sorprender ni decepcionar en términos de creatividad. Óscar Ariel Torres, abogado de Eusebio Torres e hijo del mismo, presentó su dúplica, llevando sus argumentos a un ámbito internacional solo accesible a un usuario principiante de ChatGPT.

El mismo día en que gran parte de la sociedad se preparaba para declarar “anive haguã oiko”, Torres hijo socializó los resultados de su búsqueda de una analogía indicada, un símil perfecto, para transmitir la injusticia de los aprietos actuales de su “papi” [cita directa], ya condenado por tortura en otro juicio en el 2024. Para ello, recurrió a una comparación poco esperada:

“Sería casi como volver al apartheid, cuando muchas personas pagaban con su libertad hechos que no cometieron por hechos raciales. Más o menos esa es la pretensión del Ministerio Público, similar a esa situación”, dijo Óscar Ariel Torres.

No es la primera vez que el abogado, en discursos moralizantes, se refiere al enjuiciamiento de miembros de una organización estatal que sembró el terror durante treinta y cinco años como una violación sistemática de los derechos humanos por parte del Estado actual.

Para considerar la veracidad de esta supuesta conspiración jurídica, cabe recordar que, de los 450 responsables identificados en el Informe de la Comisión de Verdad y Justicia, solo nueve, incluido Torres, han sido sentenciados. Evidentemente, se trata de una persecución muy ineficaz (quizá el mismo Torres padre podría asesorar a los oficiales actuales para aumentar su rendimiento persecutorio).

Dejando de lado momentáneamente el tono irónico, seguramente representa una ofensa casi indescriptible para los millones de víctimas de la estructura racista del apartheid—alrededor del 90% de la población sudafricana estaba excluido del poder político y miles de personas fueron detenidas sin debido proceso—ser metidos en una figura literaria junto a miembros de la policía stronista.

Ojalá hubiera forma de preguntarles a cada una de las 18.772 personas que, durante el stronato, fueron detenidas y torturadas, las 59 que fueron ejecutadas, y las 423 que fueron desaparecidas cuál sería la analogía que elegirían para describir sus propias experiencias de terror en manos de Torres y cía.

Una compañera argentina, abogada con harta experiencia en juicios de esta clase, mencionó que, en el vecino país, los abogados que aceptan representar a los victimarios de la dictadura—y que aceptan los grandes honorarios—se enfrentan a las consecuencias fuertes y reales del estigma social.

En Paraguay, no puede salir gratis que un abogado diga semejantes cosas, que trate de establecer una narrativa sobre una supuesta persecución sistemática hacia los mismos represores del régimen. Presentar una defensa jurídica no puede considerarse un “trabajo nomás”, en el que todo vale, ni puede ser una oportunidad para fortalecer los vínculos entre padre e hijo, sin ningún cuidado de mantener una mínima ética.

En fin, que venga ya la sentencia, porque, perdón que lo diga, estos no se merecen la compasión de ningún Mandela.