Por Nico Germanier
Vengo de una trayectoria influida por la tradición trotskista; por ende, me considero un socialista revolucionario, especialmente por tres ejes que considero esenciales para cualquier revolucionario del siglo XXI: el internacionalismo activo y militante —no diplomático—, la concepción de la revolución permanente y la esencia del programa de transición como método para pensar la transformación socialista en países dependientes.
Estas ideas me ayudaron a comprender la relación desigual de Paraguay con el capitalismo global, la necesidad de una revolución continental latinoamericana y la crítica a las direcciones que limitaron su política para adaptarse a la institucionalidad burguesa.
Sin embargo, también observé algo que no se puede ignorar: la mayoría de los “trotskismos” contemporáneos no continúan la práctica real de Trotsky. Por eso me parece necesario separar a Trotsky como figura histórica y teórica completa de los trotskismos que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial. Aquellas corrientes se desarrollaron con enormes dificultades durante la Guerra Fría y, más tarde, tras la caída del Muro de Berlín. Su rasgo más evidente es la fragmentación, aunque esto no es exclusivo del trotskismo: es un fenómeno extendido a casi todas las corrientes o doctrinas que se reivindican marxistas o herederas de la Revolución de Octubre. Por ende, es importante hacer el esfuerzo de estudiar también los aportes útiles que surgen de esa dispersión, en el marco ideológico y programático que ya mencioné más arriba.
El gran problema hoy es la dispersión de las y los revolucionarios a gran escala. Esto también se expresa en nuestro país: pequeños grupos encapsulados, repitiendo debates fosilizados y sin lograr construir una organización con inserción real en la clase trabajadora.
Por eso quiero trazar una distinción fundamental: Trotsky es una figura histórica del marxismo; los trotskismos actuales son otra cosa. Así como citamos al Che, a Rosa Luxemburgo o a Althusser sin convertirnos en “guevaristas”, “luxemburguistas” o “althusserianos”, también es legítimo recuperar los aportes de Trotsky sin caer en identitarismos que solo profundizan la fragmentación del marxismo. Ordenarnos detrás de un programa materialista y dialéctico, y asumir como método el socialismo científico como lupa para avanzar, creo, es la tarea central de las y los revolucionarios.
Además, cuando un militante se define como trotskista —como fue mi caso durante años—, entiendo, como opinión o impresión personal, que lo hace porque se considera, ante todo, leninista. No veo a Trotsky por encima de Lenin; los veo juntos, en diálogo, como dos referentes que permiten entender lo que pasó y lo que podemos hacer hoy. Ese es el sentido en el que reivindico a Trotsky: como parte de la tradición marxista, no como un dogma ni como una identidad cerrada.
En este marco surge la pregunta: ¿por qué ingresar a un partido que se define leninista y no “trotskista”?
Mi decisión se apoya en una constatación política: el PCP está elaborando una síntesis leninista contemporánea que supera tanto al etapismo histórico como al dogmatismo del trotskismo sectario, que en ese camino cayó muchas veces en oportunismos funcionales a la fragmentación de las fuerzas revolucionarias.
Lo que encontré en el PCP es un programa revolucionario no subordinado ni al progresismo ni al Estado burgués; una ruptura clara con el etapismo del siglo XX; una comprensión actualizada del Estado y de la transición socialista; un internacionalismo crítico, no campista, con una proyección independiente de China o Rusia; y una estrategia orientada a construir poder popular real, no solo presencia electoral. En síntesis: un partido leninista que integra lo mejor de los aportes de Trotsky sin convertirlos en bandera identitaria.
Yo no necesito que una organización se declare trotskista para ser revolucionaria. Lo que necesito es que sostenga independencia de clase absoluta, estrategia insurreccional, rechazo a las alianzas de conciliación, crítica al capitalismo de Estado y una perspectiva latinoamericana, no meramente nacional. Hoy, el PCP está más cerca de esa síntesis que la mayoría de los grupos que se autodefinen trotskistas.
Desde este lugar, pienso en qué puede aportar la tradición trotskista al PCP. Mi objetivo no es faccionalizar ni “trotskizar”, sino enriquecer un proceso que ya está en marcha. Identifico tres aportes concretos: una actualización del concepto de revolución permanente en países dependientes, donde democratización real, soberanía y socialismo son un mismo proceso; una crítica al fetichismo estatal —ni estatismo acrítico ni rechazo anarquista del Estado—, entendiendo al Estado transicional como instrumento de la revolución, no como su sustituto burocrático; y una perspectiva continental e internacionalista, porque ningún país de América Latina puede hacer la revolución victoriosamente de forma aislada. Estas ideas no chocan con el programa del PCP: lo fortalecen.
La pregunta siguiente es: ¿por qué ingresar ahora?
Porque veo un partido en crecimiento, que busca cuadros, reorganiza su estructura formativa, impulsa el Centro de Estudios Antonio Maidana, dirige plataformas sociales y de Derechos Humanos, reconstruye una tradición histórica de lucha contra la tiranía stronista y se concibe como núcleo de un futuro partido revolucionario de masas. Veo también una historia rica que durante años no conocí y que ahora considero una tarea personal estudiar y recorrer.
Veo una dirección madura, seria y abierta al debate. Veo un programa que rompe con errores históricos sin caer en nuevas improvisaciones. Creo que puedo contribuir con teoría, formación interna e intervención política y, a la vez, seguir aprendiendo mucho. Entiendo que aún me falta mucho por conocer y dominar, y espero crecer incorporando las síntesis teóricas y doctrinarias del partido.
Mi entrada al PCP no significa renunciar a Trotsky como figura histórica. Significa superar un trotskismo que, a escala mundial, no logra incidir de forma significativa en los procesos de lucha, aunque siempre valga la pena observar desarrollos interesantes que puedan surgir en el futuro. La articulación con espacios más allá de sus “ismos” debe servir para fortalecer la unidad y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias, tanto en Paraguay como en la región, y también para fortalecer al Partido, para que gane cada vez mayor influencia en ese camino.
Entiendo a Trotsky y a Lenin como parte de una misma tradición viva, que debemos estudiar a fondo, así como lo hacemos con las figuras y líderes de otros procesos revolucionarios en la historia. Tomando a Lenin como base, la dinámica debe ser asimilarlos y, de ser necesario, incluso actualizarlos o seguir aterrizándolos a nuestra realidad cuando esta así lo exija, y no repetirlos mecánicamente. Ese es un desafío apasionante.
Ingreso al PCP porque, hoy, es el espacio paraguayo que más se acerca a una síntesis marxista-leninista revolucionaria: sin etapas, sin campismos y sin sectarismo.
