Opinión | Por María García


En el programa del pasado domingo 21 de diciembre del títere Santiago Peña, asistimos a una muestra del periodismo privado de libertad que el presidente Horacio Cartes impone a través de su intermediario en funciones con la entrevista a cuatro comunicadores domesticados por el poder. El gasto en relaciones públicas de este gobierno no puede ocultar la falta de transparencia, la vocación autoritaria y la degradación a la que somete a los trabajadores de prensa —y a toda nuestra clase por extensión—.

Con soberbia y condescendencia, arremete su violencia de clase; Peña miente sin vergüenza ante la cámara y se presta a un teatro que podría ser risible si no supusiera la miseria de las mayorías, nuestra miseria. Un rally, un segundo grado de inversión, unos números mágicos y otros espejismos conjuran una ficción que primero intenta persuadir y luego imponer con prepotencia. 

Aunque intente esconderlo, sabemos que Peña se reúne con el poder real: dueños de la banca, del agronegocio, del gran empresariado, del capital extranjero, quienes realmente mandan en este Estado narcomafioso. Esa es la agenda oculta a la vista, además de sus reuniones con otros altos funcionarios de varios poderes del Estado, que intenta mantener en secreto. 

También se reúne con la prensa cautiva, traidora de clase, quien no levanta ni una ceja cuando el representante de Horacio Cartes menosprecia a sus colegas. Las estrellas de televisión están ajenas a la violencia sistemática contra los trabajadores de prensa que pretenden hacer periodismo y no relaciones públicas. Ni hablemos de género, aunque, como feministas marxistas, no debería interesarnos pugnar por un lugar de representación en esta muestra de servilismo mediático. 

Entre tantas mentiras de Peña, hay una verdad que sale a la luz. El disfraz del títere cae a ratos a pesar de verse rodeado de un séquito de bufones; el rey está desnudo. Peña no puede ocultar que está nervioso y, sobre todo, que está actuando. En medio de gestos y expresiones artificiosos, intenta simular un liderazgo que no es tal. Ni él tiene confianza en sí mismo. 

Por otro lado, a los payasos ungidos solo les interesa formar parte del espectáculo y lograr un cierto protagonismo, erigiéndose en supuestos intermediarios ante la audiencia, cómplices de las prácticas cada vez más antidemocráticas de este gobierno. Ellos son el modelo de lo que se espera del periodismo paraguayo: actores —mediocres— que se ciñen a un papel preestablecido. Una prensa callada a base de pauta publicitaria, del acaparamiento de los medios de comunicación por parte de conglomerados empresariales y de unas pocas estrellas selectas que tienen la gracia de asistir a un podcast con el títere. 

Nuestra clase necesita más que nunca un ejercicio del periodismo propio, no enajenante. Uno que reclame el verdadero sentido de la libertad de prensa —y de la libertad misma—. La primera condición es que no provenga de nuestra clase enemiga: la clase dominante, la burguesía. Solo los medios de nuestra clase podrán disputar desde nuestros sentidos e intereses.

Porque el rey está desnudo, es que necesita gastar tanto en propaganda. Ante las ficciones del gobierno y del empresariado, hay una realidad indiscutible: nosotros, los trabajadores, somos capaces de fabricarlo e ingeniarlo todo y de verdaderamente producir lo que necesitamos. 

Fortalecer nuestros propios medios de comunicación es indispensable en estos tiempos de autoritarismo, violencia y bajadas de líneas. Solo así podremos salir adelante como clase.