Opinión | Por Alhelí González Cáceres1


No es propósito de esta contribución recuperar y traer a la luz la historia del desarrollo de la formación social china2, sino más bien observar y analizar las transformaciones que han tenido lugar en los últimos cuarenta años a partir de las reformas económicas introducidas por Deng Xiaoping en 1978 y que rápidamente se extendieron por el resto del campo socialista, como fue el caso de la Unión Soviética y el impulso de la Perestroika y la Glasnost en 1985 de la mano de Mijaíl Gorvachov, apenas un mes después de haber tomado el poder y a las que siguió la Doi Moi (Renovación/Restauración) vietnamita en 1989 planteada en el VI Congreso Nacional del Partido en 1986 y en la que se consensuó que el insuficiente grado de desarrollo de las fuerzas productivas entraba en conflicto con el carácter de las relaciones sociales de producción alcanzadas con la revolución. 

La Renovación vietnamita no ha culminado. La “era del ascenso nacional”, como la denomina Nguyen Khac Giang3, se enmarca no solo en la política de Renovación, sino también contempla en la actualidad un conjunto de reformas burocráticas más parecidas a las medidas de modernización del Estado impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) que a políticas de carácter revolucionario en la búsqueda de preservar y consolidar lo que alguna vez fue el proyecto de construcción del socialismo.

Este escenario de reformas políticas y económicas fue común en todo el campo socialista de la época, incluida también, por supuesto, la economía cubana cuyas particularidades no abordaremos en esta entrega. Podría decirse que el periodo de reformas —y de capitulación de la construcción del socialismo al capitalismo— inicia con la China maoísta en una larga contramarcha que perdura hasta hoy.

3.1. ¿Socialismo de mercado?

“No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones” (Deng Xiaoping, 1978).

Una de las grandes interrogantes no solo en el seno de los partidos comunistas, sino también entre los teóricos y académicos contemporáneos es cómo caracterizar a la China actual. Y para ello, lejos de la llamada ortodoxia —generalmente igualada adrede con el dogmatismo de manera despectiva— es necesario discutir qué es lo que, al menos desde la tradición marxista, entendemos por socialismo y, por supuesto, por capitalismo. Para ello iniciaremos presentando la esencia de las reformas introducidas tanto en China como en la extinta Unión Soviética, señalando similitudes sobre el camino recorrido que ayuden a comprender el alcance de estas reformas a la luz del siglo XXI. La importancia de una caracterización más adecuada de la formación social china estriba en entender cómo se proyecta en el plano internacional y, a partir de ello, comprender su rol en el sistema imperialista contemporáneo.

La importancia de esta caracterización radica en distinguir la paja del trigo, particularmente, cuando del proceso chino se habla. A menudo, ubicando al gigante asiático como un contrapeso real a las ambiciones y a la racionalidad que dirige el proceso global de acumulación capitaneado hoy —no sin contradicciones— por la economía estadounidense. Dicho de otro modo, gran parte del movimiento obrero y de los partidos progresistas, e incluso muchos de los partidos de izquierda y comunistas, sitúan el proceso chino como una economía socialista. Algunos van aún más allá y caracterizan a China como comunista. Y este debate, al menos en el seno del movimiento obrero no es un debate menor, pues tiene severas implicancias en el desarrollo de la estrategia revolucionaria de los partidos y organizaciones de trabajadores, además de sus proyecciones en el terreno práctico de la política internacional del conjunto de países dependientes que, durante las experiencias de gestión progresista, han impulsado una asociación profunda con China. 

La era de la restauración capitalista

“La pobreza no es socialismo. Ser rico es glorioso” (Deng Xiaoping, 1978).

Las reformas de Xiaoping dieron el puntapié inicial para un largo proceso de quiebre y restauración capitalista en los países que integraban el socialismo real de fines de la segunda posguerra. Sin lugar a dudas, las reformas implementadas en China bajo la dirección del Partido Comunista Chino han conmocionado el tablero político y económico mundial en un escenario en el que Estados Unidos y las otras potencias clásicas del capitalismo occidental creían encontrarse sin un rival que lograra disputar de manera clara la hegemonía estadounidense en el proceso global de acumulación. Romero Wimer y Laufer (2024) señalan con acierto que, al menos durante las tres décadas que siguieron a la revolución (1949-1978), China puede ser caracterizada como un país socialista sin aspiraciones o intereses globales que promover y defender. Esto cambió radicalmente a partir de las reformas en 1978. 

En la actualidad, China no solo se proyecta a escala global en términos de los intereses geopolíticos del capital más concentrado que se reproduce en su espacio nacional, sino que también los defiende. Cambiando diametralmente la naturaleza de su vinculación con el resto del mundo en general y con África y América Latina en particular. Y esto, sencillamente, porque la naturaleza de las relaciones económicas nacionales que se despliegan en China ha cambiado. Pero ¿qué cambió y por qué?

En la obra Desarrollo del capitalismo y lucha de clases en China (2022), Minqi Li explora cómo las luchas intestinas en el Partido Comunista Chino entre Xiaoping y Hua Guofeng (sucesor de Mao), junto al fracaso de políticas como el Gran Salto Adelante (1958-1961) y la posterior Revolución Cultural en la segunda mitad de la década de los 60, allanaron el camino hacia la restauración capitalista en China, encarnada en las reformas impulsadas por Deng Xiaoping, que serían presentadas como medidas necesarias para “fortalecer la economía socialista”, cuando en realidad sentaron las bases para su regresión.

Entre las principales medidas adoptadas por Xiaoping se encuentra la privatización de la agricultura a través de una Reforma Agraria, la cual eliminó la gestión comunal de la tierra para dar paso a una gestión privada que, a su vez, permitiera ampliar las escalas de producción y así garantizar niveles elevados de productividad y rentabilidad. El cambio en la estructura de las relaciones sociales de producción es el principal elemento para comprender la naturaleza de los cambios que Deng había impulsado en China. 

Las reformas o la llamada modernización se enfocaron en cuatro áreas específicas que son centrales en términos estratégicos para el desarrollo nacional: sector agrícola, sector científico–técnico, sector industrial y sector defensa4. Las reformas en el sector agrícola se orientaron hacia la eliminación de la producción en tierras colectivas para pasar a un sistema de gestión con base en la producción familiar, con contratos basados en ingresos en función de los rendimientos obtenidos. Estos contratos establecían nuevas relaciones socioproductivas entre las familias campesinas y las autoridades locales, de las cuales se destaca la posibilidad de vender el excedente de producción a precios de mercado una vez cubierta la cuota destinada al Estado. Con esta política, los reformistas chinos buscaron incentivar la competencia de modo que, eventualmente, se transitara de una economía centralmente planificada que controla precios y objetivos de producción a una regida por la competencia5

En el ámbito de la producción industrial la reforma incluyó el cambio en la gestión y el tipo de propiedad sobre las entonces empresas estatales que, hasta 1978, concentraban el 77% de la producción industrial del país6. La reforma al sector fragmentó la propiedad social para crear las empresas públicas de poblados y aldeas con propiedad “colectiva” que dependían de las autoridades locales. Como apunta Minqi Li (2022), ya para la década de los 90 las relaciones sociales capitalistas de producción eran predominantes y resultaron de los cambios ocurridos en la estructura de las relaciones de propiedad. 

Es importante detenernos en este punto porque es lo central al analizar la naturaleza de los cambios que tuvieron lugar en China en los últimos cuarenta años. Transformar la estructura de las relaciones de propiedad no es un detalle menor, si entendemos que estas constituyen las conexiones tanto jurídicas como sociales que dan marco a cómo las personas interactúan con los medios de producción, definiendo quién posee qué, quién los utiliza y quién los controla. En otras palabras, define las relaciones entre propietarios de los medios de producción y aquellos que no lo son, dando marco a las condiciones tanto sociales como económicas y políticas en las que se ejerce la propiedad. Por ello, el primer elemento que debe someterse a una revisión rigurosa son estas transformaciones, más allá de la superficialidad de una narrativa que intenta colocar la reforma como una simple política de modernización.

Un análisis marxista no puede prescindir de la categoría de las relaciones sociales de producción, ya que es un elemento central del corpus teórico marxiano en tanto captura aspectos fundamentales de la sociedad al reflejar relaciones materiales objetivas que se manifiestan de manera independiente de la conciencia de los individuos y que establecen los seres humanos en el proceso de desarrollo de su actividad práctica y espiritual colectiva. Es por ello que prescindir de la categoría al analizar las transformaciones en China implica abordar solamente sus aspectos más superficiales.

Continuando con el análisis, las reformas o más bien contrarreformas que tuvieron lugar en el sector productivo (agrario e industrial) tuvieron como punto común su naturaleza regresiva que, en el caso de la reforma agraria, se reflejó en la fragmentación de grandes unidades productivas en pequeñas parcelas que se constituyeron en la base material para el resurgimiento de la burguesía como clase social. Así como la progresiva privatización de las empresas estatales bajo la forma de sociedades mixtas mediante la introducción del capital extranjero y la cotización en bolsa. La década de los 90 fue clave en este proceso, cuando tuvo lugar la ola privatizadora más grande a través de la diversificación de los accionistas bajo la mirada del Partido Comunista Chino. La política privatizadora impulsada fue motivo de felicitaciones por el World Economic Forum (WEF) en donde se señaló que la transformación de China de un país rural a una plataforma industrial y tecnológica de vanguardia fue posible gracias al incentivo privado que permitió “mejorar la gobernanza de las empresas estatales7”.

Como en gran parte de las experiencias de construcción socialista existieron relaciones que no pudieron abolirse, como es el caso de las relaciones salariales que expresan la explotación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, durante los procesos de construcción socialista los Estados obreros y campesinos alcanzaron grandes conquistas para el conjunto de la clase trabajadora que, en el caso de China, se expresaron en las tres leyes de hierro: prohibir el despido de los trabajadores; la única modificación que podían sufrir los salarios era al alza, y los cuadros sindicales no podían ser removidos de sus posiciones con la excepción de ascenderlos. En similares proporciones estos cambios en la organización del trabajo significaron un cambio en las relaciones de fuerza y de poder social de la clase obrera. Las contrarreformas introducidas terminaron por dinamitarlas. El liberalismo se abrió paso durante el periodo de Deng Xiaoping con la liberalización de la actividad económica que, ciertamente, permitió mejorar los resultados de la producción a través del otorgamiento de mayor autonomía a las empresas para que gestionaran tanto los insumos y recursos como los resultados financieros, habilitando la política de incentivos y la posibilidad de despedir a los trabajadores. Finalmente, en 1982 se abolió de manera formal el derecho a huelga, marcándose con esto el inicio del desmantelamiento de las conquistas obreras de la revolución de Mao (Minqi Li, 2022).

La oleada de contrarreformas habilitó gigantescas áreas de libre comercio y la apertura económica para establecer relaciones comerciales con las potencias occidentales, mientras que la propiedad privada sobre la tierra avanzaba con la habilitación de su alquiler, la fijación de cuotas de producción y la posibilidad de su mercantilización. La ofensiva de las relaciones sociales capitalistas en el agro se reflejó en la liberación del campo a las iniciativas privadas más allá de las actividades agropecuarias, permitiendo la conformación de empresas de pueblos para canalizar los excedentes de la producción. Las zonas económicas especiales (o zonas francas) se convirtieron en espacios completamente desregulados que promueven y protegen el capital extranjero. Similar estrategia la lleva desde hace ya algunos años la economía cubana, aunque con pobres resultados (Minqi Li, 2022).

Sin duda, uno de los principales cambios, además de los ya mencionados, fueron estas zonas económicas especiales habilitadas en 1979, en donde se rigen estrictamente por las relaciones sociales capitalistas con la intención de atraer inversión extranjera hacia China. Una de las primeras contrarreformas fue la desarticulación del circuito productivo de la planificación económica centralizada, permitiendo la desregulación de la producción y del mercado de trabajo, abaratando la mano de obra china para incentivar la llegada de inversiones a estas zonas económicas especiales. Una de ellas es precisamente Hong Kong, pero la pionera fue la provincia de Guangdong. 

Esta experiencia terminó delimitando el camino de las transformaciones en la economía del gigante asiático, no sin contradicciones y, por supuesto, estallidos sociales y crisis, sobre todo hacia finales de los 80 e inicios de los 90, cuando los severos desequilibrios macroeconómicos, la erosión del poder adquisitivo, la crisis inflacionaria, corrupción y privilegios impulsaron una serie de crisis políticas en las que las manifestaciones fueron severamente silenciadas.8

Las reformas administrativas y al sistema tributario no quedaron al margen, entre 1993 y 2005 se introdujeron una serie de modificaciones para crear y regular la competencia. Estas buscaron incidir en los sectores más importantes de la economía: el sistema fiscal, bancario y financiero; el gobierno, y el sector externo. Fue un hito la incorporación de China al sistema de la Organización Mundial del Comercio (OMC), con la previa armonización de su estructura impositiva, legal y administrativa a los estándares de la OMC, o, mejor dicho, a los estándares del capital transnacional.

La extensión del presente capítulo impide que podamos explayarnos sobre el conjunto de contrarreformas implementadas por China en las últimas cuatro décadas. Hemos mencionado las que consideramos más relevantes para avanzar hacia la reflexión en torno al carácter y naturaleza de las relaciones sociales que tienen lugar y que se expresan en el plano internacional con la creciente disputa por el control de mercados y recursos estratégicos para la economía china.

En resumen, el “socialismo de mercado” o el “socialismo con características chinas” no es más que una falacia para justificar la regresión de las conquistas sociales y obreras de la revolución maoísta que –con luces y sombras– representó un punto de inflexión en la historia de despojo y subordinación china a las potencias extranjeras y, sobre todo, a la voracidad del gran capital. Las relaciones de producción que se desarrollan a partir del tipo de propiedad definen el conjunto de relaciones sociales: este es un principio filosófico elemental. Por tanto, no existe posibilidad alguna de lograr un híbrido que integre ambas formas de organización de la producción. Y las contrarreformas en China, Vietnam y Cuba son claros ejemplos de ello. Ahora bien, ¿por qué esto es importante para la clase trabajadora mundial? Sencillamente, porque la derrota del socialismo real significó la derrota del movimiento obrero y, a partir de ella, el inicio de la regresión en las conquistas sociales obtenidas por el movimiento obrero a escala mundial. Y, en este sentido, China juega un papel central al no representar un contrapeso real que, como la Unión Soviética, significase el peligro permanente de una revolución.

Las contrarreformas implementadas en China de la mano del Partido Comunista sentaron las bases para el posterior desmantelamiento del campo socialista. Gorvachov, siguiendo el ejemplo de Deng, bautizó la Glasnost y la Perestroika como un plan de saneamiento de la economía y la democratización de la sociedad. Y, para ello, estableció como uno de sus principios el cambio del sistema centralizado a uno “democrático”. Pues, al igual que el Doi Moi vietnamita, la Perestroika se presentó como una “necesidad objetiva de renovación”. Sin duda, estos programas comparten entre sí el propósito de erosionar las relaciones sociales socialistas para allanar el paso a las relaciones de mercado arropadas con un discurso pseudorrevolucionario, aunque en la práctica significaron la capitulación de la experiencia de construcción del socialismo (Gorvachov, 1988, págs. 33-35).

3.2. La herencia de Deng Xiaoping: una China capitalista e imperialista

Como hemos visto, el capital en tanto relación social contiene en sí la necesidad de su expansión. Esto es así dado que requiere ampliar constantemente los espacios de acumulación y valorización que garanticen el acceso a una cuota de ganancia cada vez mayor. Esta es la racionalidad que dirige el proceso capitalista de producción. El pleno asentamiento de las relaciones capitalistas en China significó que los intereses de los capitales que se reproducen en su espacio nacional requieran asegurar nuevos mercados, tanto para la realización de la producción a través del consumo como el aseguramiento del acceso a la cadena de suministros estratégicos para la producción. Si hay algo que debería quedar claro para cualquier intelectual que se pretenda marxista, es el hecho de que la potencia de las relaciones capitalistas de producción no puede contenerse y la historia económica universal ha dado sobradas muestras de ello.

En línea con Romero Wimer y Laufer (2024), la irrupción de China como potencia económica, política y militar en este primer cuarto de siglo XXI ha estado acompañada de su creciente vinculación con América Latina y en otros espacios geográficos. La expansión de la economía china es elemento consustancial al desarrollo capitalista para el que los límites que imponen los mercados son siempre estrechos, de ahí la necesidad de los capitales de buscar o generar nuevos espacios para la valorización. Esto claramente se refleja en las dinámicas del consumo experimentadas en la sociedad china. Como se sabe, el consumo es aspecto central de la producción de valores en el régimen capitalista y he ahí el principal desafío para el dragón imperial, en donde el consumo privado representa apenas el 40% del producto interno bruto (PIB) frente al 70% que representa el consumo privado estadounidense9, lo que permite entender por qué este mercado es tan importante. Mientras que regiones como América Latina y África son vistas como territorios de extracción (y no de consumo) por la estrechez de sus mercados.

De modo que los capitales que se reproducen en el espacio nacional chino requieren expandirse a escala mundial para garantizar de ese modo su rentabilidad y las posibilidades de acumulación. Sin embargo, como es natural, el crecimiento tiene límites y China los está experimentando en este momento, al menos, desde hace una década. Wright et. al. (2024) exponen datos acerca del estancamiento que experimenta la economía china en la que el crecimiento impulsado por las inversiones en el sector productivo ha alcanzado su punto máximo, así como el conjunto del sistema financiero ha empezado a experimentar10 serias restricciones en la expansión del crédito, afectando directamente al consumo privado que se espera que experimente una contracción entre el 3% y el 4% en los próximos años11.

La economía china evidencia los mismos problemas de rentabilidad del capital y el agotamiento de la inversión productiva como base del crecimiento, cediendo espacio a capitales especulativos y a la creciente financierización. El crecimiento del ahorro de los hogares es indicador claro de que la inversión productiva ha encontrado serios límites de realización dentro de las fronteras nacionales. Y si bien el consumo privado podría constituirse en un elemento que contribuya al crecimiento del producto, lo cierto es que se ha desacelerado rápidamente en los últimos años, limitado por la caída del ingreso de los hogares y una creciente desigualdad en la distribución de la renta. Hasta el momento, la expansión de la economía china se basó en dos componentes: exportaciones e inversión extranjera. Sin embargo, situar al sector externo como el pilar más importante para la expansión económica tiene serias limitaciones en el largo plazo y China las está empezando a experimentar. 

La ralentización del sector externo y la caída en el consumo privado son dos elementos centrales que permiten comprender la naturaleza de la vinculación de la economía china con el resto del mundo. Los capitales que operan en China necesitan expandirse y no pueden hacerlo dentro de sus fronteras, la búsqueda de nuevos espacios de acumulación es la única salida rentable para las exigencias y necesidades de los capitales más concentrados. Este elemento permite comprender el interés de China en su vinculación estratégica con América Latina y África; la inversión en infraestructura en estas latitudes permite dar salida a los capitales excedentes, mientras que el acceso a mercados como el brasilero, el estadounidense, ruso y europeo permite garantizar la rentabilidad del capital exportador. La ecuación es clara: la relación China–América Latina profundiza y reproduce relaciones estructurales de dependencia económica mientras que propicia la reprimarización de las estructuras productivas en países con un desarrollo del tejido industrial relativamente ampliado como son los casos de Brasil y Argentina (Romero Wimer y Laufer, 2022).

La incorporación de China a la OMC fue parte de la estrategia de expansión del capital. Esto puede verse en las dinámicas comerciales con el resto del mundo. En el caso de América Latina, las relaciones comerciales se incrementaron exponencialmente pasando de 4,1% de exportaciones de la región hacia el gigante asiático entre 2000 y 2009 al 13,9% entre 2010 y 2020, dando lugar al boom de las commodities basadas en la demanda china, marcando las dinámicas del relacionamiento China–América del Sur.12  

Si bien es cierto que las dinámicas de relacionamiento entre China y el resto del mundo se han basado en la diplomacia y financiamiento para desarrollar infraestructura, esto responde estrictamente a las necesidades de valorización de los capitales chinos y no a la buena voluntad de la dirigencia partidaria. Y aunque ciertamente no se han desplegado bases militares ni se han financiado golpes de Estado, el imperialismo trasciende las prácticas golpistas o de dominación militar. El imperialismo, en tanto expresión del grado de desarrollo del capital, se manifiesta de múltiples formas que abarcan y superan ampliamente lo político, económico y militar. Si China apuesta actualmente al multilateralismo no lo hace por buena voluntad sino por una necesidad práctica: aún no se encuentra en condiciones óptimas para disputar la hegemonía total del proceso de acumulación global a Estados Unidos, pese al debilitamiento relativo de su capacidad productiva en las últimas décadas. 

Síntesis y consideraciones finales

A través del análisis presentado en los apartados que anteceden, podemos constatar, en primer lugar, la vigencia tanto del análisis marxista como de las categorías que lo integran. Imperialismo y Dependencia, entendidas como unidad dialéctica, permiten comprender no solo las transformaciones que han tenido lugar en la formación social china, sino situarla en el lugar que corresponde. El ascenso de China en el tablero geopolítico global responde a las necesidades del proceso de acumulación de capital que se despliega en el marco de sus fronteras nacionales y, como para todo capital, el mercado se presenta cada vez más estrecho para las necesidades de acumulación. 

La sobreacumulación de capital ha condicionado la política exterior del gigante asiático y puede observarse mediante las estrategias que ha adoptado para expandir sus alcances al resto del mundo. Basado en el sector externo, los capitales que operan en el espacio nacional chino requieren dar salida productiva al excedente de capital, lo que se ha expresado en el aumento de inversiones chinas en sectores estratégicos de las economías latinoamericanas: minería, infraestructura, tecnología, energía e hidrocarburos han sido los principales destinos para las inversiones chinas. Ahora bien, tal como ocurre con Estados Unidos, lo que es bueno para China no lo es necesariamente para América Latina. 


Referencias

 Este artículo integra una obra más amplia denominada “Dependencia e Imperialismo: una contribución al análisis sobre el ascenso de China en la economía mundial”. Escrita conjuntamente con Andrea Taborri y Alan Fretez Bobadilla y que se encuentra en proceso de publicación.

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Gorvachov, M. (1988). La Perestroika y la nueva mentalidad para nuestro país y para el mundo entero. La Habana: Editora Política.

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Minqui Li (2022). Desarrollo del capitalismo y lucha de clases en China. Buenos Aires: Biblioteca Militante Ediciones RyR.

Romero Wimer y Laufer, R. (2024). China en América Latina y el Caribe: ¿nuevas rutas para una vieja dependencia? El nuevo «tercer mundo» y la perspectiva del desarrollo. Curitiba: Appris Editora.

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Notas

  1. Doctoranda en Economía, Instituto de Industria, Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires, Argentina. Máster en Ciencias Sociales, FLACSO, Asunción, Paraguay. Licenciada en Economía, Universidad de Pinar del Río, Pinar del Río, Cuba. Integrante del GT CLACSO Crisis y Economía Mundial y miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad de Economía Política del Paraguay. Correo: caceresalheli06@gmail.com
    ↩︎
  2. Este artículo integra una obra más amplia denominada “Dependencia e Imperialismo: una contribución al análisis sobre el ascenso de China en la economía mundial”. Escrita conjuntamente con Andrea Taborri y Alan Fretez Bobadilla y que se encuentra en proceso de publicación.
    ↩︎
  3. Khac Giang, N. (2025). Vietnam’s Bureaucratic Reforms: Opportunities and Challenges in “The Era of National Rise”. Perspective Reseachers AT ISEAS – Yusof Ishak Institute Analyse Current Events. N°14.
    ↩︎
  4. Roy & Nair (2022). 1978 Reforms and the four modernisations. https://orcasia.org/1978-reforms-and-the-four-modernisations Consultado en diciembre de 2025 ↩︎
  5. Sornoza Parrales, et. al. (2018). Reforma económica China: de economía planificada a economía de mercado. Revista venezolana de Gerencia, Universidad del Zulia. https://www.redalyc.org/journal/290/29058775001/html/ consultado en diciembre de 2025 ↩︎
  6.  Ibidem. ↩︎
  7. Guluzade, A. (2020). How reform has made China’s state-owned enterprises stronger. https://www.weforum.org/stories/2020/05/how-reform-has-made-chinas-state-owned-enterprises-stronger/ Consultado en diciembre 2025 ↩︎
  8. Ibidem. ↩︎
  9. Cavey, P. (2024). China’s Consumption Challenge. https://www.prcleader.org/post/china-s-consumption-challenge Consultado en diciembre 2025 ↩︎
  10.  Ibidem. ↩︎
  11. Wright, L. et. al. (2024). No Quick Fixes: China’s Long-Term Consumption Growth. https://rhg.com/research/no-quick-fixes-chinas-long-term-consumption-growth/ Consultado en diciembre 2025 ↩︎
  12. Bil, D. (2021). Crecientemente sobrantes. El ascenso de China y la inserción exportadora de Sudamérica. El Aromo N° 119 https://razonyrevolucion.org/crecientemente-sobrantes-el-ascenso-de-china-y-la-insercion-exportadora-de-sudamerica/ Consultado en diciembre de 2025 ↩︎