Alhelí González – Cáceres[i]
“La belleza no tiene identidad con la moda. Pero sí tiene identidad con el trabajo. Aparte del reino de la naturaleza, todo lo bello ha sido producido por el trabajo y por trabajadores”
Evelyn Reed, 1986
“Hay trabajo para la gente que quiere trabajar”, me decía el conductor de Bolt mientras veía a una mujer no mayor de 35 años que recorría los semáforos vendiendo agua y gaseosas bajo el sol abrasador de las calles de Asunción. La sociedad paraguaya, con un 71% de trabajo informal y tan solo un 20% de la clase obrera con posibilidades de acceder a la jubilación, nos impone el desafío de reflexionar acerca de lo que, en sociedades como la nuestra, en las que domina el modo de producción capitalista, se entiende por trabajo y en contraposición, a la idea de trabajo que concebimos desde el marxismo.
La subsunción del trabajo al capital: la legitimación de la explotación
“Ponerse la camiseta de la empresa” o “son mis colaboradores”, son expresiones que a menudo las escuchamos por parte de las clases dominantes para referirse a la relación entre el propietario de los medios de producción, el empresario, y aquellos que no tenemos nada más que vender aparte de nuestra fuerza de trabajo. Despojados de todo, nos enfrentamos en la sociedad bajo la apariencia de la “libertad” para “negociar” con los grandes capitalistas un contrato laboral que, en definitiva, solamente legitima la desigualdad y la explotación de las mayorías por parte de una minoría que lo domina todo y cuya acumulación de riqueza y poder se erige sobre la explotación de la clase obrera, permitiéndole imponer sus condiciones obligándonos a aceptarlas bajo la amenaza de “si no te gusta, hay mucha gente que quiere trabajar”.
En uno de los manuscritos inéditos correspondientes al Libro I, capítulo VI de El Capital, Marx señalaba que el proceso de trabajo no sólo se convierte en el “instrumento del proceso de valorización” sino, además, al mismo tiempo se constituye en un proceso de explotación del trabajo ajeno. Este hecho es el que Marx denominó subsunción formal del trabajo en el capital (Marx, 1863 [1971]: 54). Lo que nos quiere decir con esto el teórico de la clase obrera es que, en cualquier proceso de trabajo que tenga lugar en el marco de las relaciones sociales capitalistas de producción, necesariamente tiene lugar la explotación del trabajo ajeno para la acumulación de capital por parte de las clases dominantes.
Es decir, el marxismo no reconoce la categoría “explotación” como una crítica moral al sistema nada más. Tiene componentes complejos y objetivos. El desarrollo de esta categoría deriva de la ley del valor-trabajo expuesta por Marx. La explotación entendida como aquel remanente de valor que la clase obrera cede a los capitalistas durante todo el proceso de reproducción del capital.
La subsunción formal del trabajo en el capital quiere expresar esa relación coercitiva que se desarrolla en las sociedades capitalistas, en donde el único propósito del proceso de trabajo es la obtención de plusvalor. La particularidad es que, si en las sociedades precapitalistas las relaciones laborales se fundaban en relaciones personales de dominación y de dependencia, en las sociedades en las que las relaciones sociales capitalistas son las predominantes, el proceso de trabajo se estructura en torno a funciones económicas.
Es decir, para el desarrollo del capitalismo como forma de organización del metabolismo social, fue necesario el despojo de la clase obrera rural de sus medios de trabajo, la naturaleza, los bienes comunes; a la vez que lanzaba a este contingente humano bajo la apariencia de sujetos libres para acordar la venta de su fuerza de trabajo con la nueva clase social que emergía de las cenizas del régimen feudal y contaba con una estructura organizada para imponer leyes y reprimir con el uso de la fuerza a quienes la incumplan.
La cuestión es que la racionalidad de la explotación burguesa conduce a que la subsunción del trabajo en el capital adopte formas cada vez más grotescas, en las que no sólo se va profundizando la separación de la clase trabajadora de los bienes comunes, sino que, además, se profundiza la separación o, más bien, la enajenación de la clase trabajadora respecto al resultado de su trabajo. Dicho de otro modo, el trabajador ya no siente suyo su propio trabajo, se desprende de él, se enajena.
El capitalismo reduce el trabajo humano a una simple vía de obtención de recursos monetarios que permitan darle continuidad a la explotación de nuestra clase. Mientras que, de modo análogo, lo deshumaniza a tal punto que los trabajadores construimos una relación de desprecio hacia la labor que realizamos, no le reconocemos valor alguno, más que el de simple medio de supervivencia. Olvidando que la capacidad de trabajar, de crear nuevos instrumentos, esa potencia creativa de la humanidad que hizo posible la evolución social y morfológica de nuestra especie, aquella que nos diferencia de los simples animales, hoy, con el avance del capitalismo solo se ha convertido en la tortura de la clase obrera, promoviendo la idiotización y la reducción a simples mercancías de grandes contingentes humanos.
Engels señalaba que el trabajo no sólo se constituye, junto a la naturaleza, en una de las fuentes primarias de la riqueza, sino que es mucho más que esto. “Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana, y lo es a tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre” (Engels, 1876:1).
“Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él. Únicamente por el trabajo por la adaptación a nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un período más largo, también por los huesos, y por la aplicación siempre renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini” (Engels, 1876:1).
Si en un principio el capitalismo hizo posible desarrollar la potencia creativa de la humanidad, expresada en los grandes avances científicos y tecnológicos, cabe preguntarnos hoy, si el capitalismo no ha hecho que las fuerzas productivas desarrolladas por la humanidad hayan sido puestas en contra de la misma, dando marcha a un proceso de destrucción de la clase obrera a escala global. Las relaciones sociales capitalistas de producción se han convertido hoy en un freno para el desarrollo y el progreso de la sociedad. El capitalismo se manifiesta impotente para seguir potenciando la capacidad creadora del conjunto de la humanidad.
En este trayecto de constituir las fuerzas productivas en fuerzas destructivas de la condición humana, se ha dado en llamar “trabajo” a cualquier actividad de auto explotación, de auto enajenación, de auto humillación que conduce a la profundización de un proceso que despoja al trabajo de su naturaleza humana, creadora, superadora, dignificadora del ser humano. En donde el único propósito es el de “conseguir dinero”, de la forma que sea, sin importar lo que perdemos en el trayecto, y cuando digo perdemos, me refiero al conjunto de la humanidad y a todo el avance histórico realizado, tanto en el ámbito de lo científico – técnico, como en el de las artes y la cultura, y también en la belleza, la solidaridad, el amor, en fin, en nuestra condición constituyente de seres sociales.
“La comparación con los animales nos muestra que esta explicación del origen del lenguaje a partir del trabajo y con el trabajo es la única acertada. Lo poco que los animales, incluso los más desarrollados, tienen que comunicarse los unos a los otros puede ser transmitido sin el concurso de la palabra articulada” (Engels, 1876:2).
El deterioro del lenguaje, la incapacidad de comprender y escribir, así como el escaso vocabulario presente no sólo en los sectores más lumpenizados de la clase obrera o mismo entre trabajadoras y trabajadores con oficios y profesiones, sino también en las esferas de la lumpen burguesía, dan cuenta de lo que la subsunción del trabajo en el capital provoca en la humanidad. Una sociedad que ya no disfruta con sofisticadas expresiones de la fuerza creadora de la humanidad, sino que se conforma con muestras cada vez más mediocres de aquello que apenas se asemeja a la cultura, a las artes, a la música, en una triste parodia de los siglos más ilustres de nuestro tiempo.
“Primero el trabajo, luego y con él la palabra articulada, fueron los dos estímulos principales bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano” (Engels, 1876:3)
De la reflexión propuesta por Engels, podemos inferir que, el desarrollo actual del modo de producción capitalista expresado en la mercantilización de todos los espacios de reproducción social, conduce a la lumpenización[1] e idiotización de la humanidad en general y de la clase obrera en particular. Pues le ha extirpado aquello único que nos diferencia de otros animales y que ha permitido la evolución de nuestra especie; el trabajo como fuerza creadora, expresión de la creatividad y la capacidad imaginativa de la humanidad, una síntesis de lo que una relación social solidaria, complementaria y valorativa de nuestras múltiples y singulares capacidades, puede lograr.
En varios pasajes de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx señala que el capitalismo ha convertido al hombre en una simple mercancía y, por tanto, su propia existencia se encuentra sujeta a las leyes de la oferta y la demanda como cualquier otra mercancía. Lo que lleva al obrero a “luchar no sólo por su subsistencia física, sino también por lograr trabajo, es decir, por la posibilidad, por los medios, de poder realizar su actividad” (Marx, 1844:6).
El capitalismo no sólo reduce al ser humano a la condición de mercancía, sino que propicia (y necesita) que el fruto del esfuerzo humano, el propio trabajo “se le enfrente en medida creciente como propiedad ajena, y los medios de su existencia y de su actividad se concentran cada vez más en manos del capitalista” (Marx, 1844:6).
¿Qué trabajador o trabajadora no ha odiado los lunes y esperando con ansias los fines de semana? Lo que nos expone Marx en la cita anterior es que, el capitalismo necesita que el resultado de nuestro trabajo quede en manos de los capitalistas, que se nos enfrente como algo ajeno a nosotros mismos. O dicho en sus términos, que esté enajenado en el capital.
Los trabajadores no sólo ya no nos sentimos dueños de nuestro trabajo, sino que, además, no sentimos que nos dignifique en nuestra condición de seres humanos. ¿Qué dignidad en torno a su labor puede tener un trabajador o una trabajadora que debe exponerse en las calles sobre motocicletas haciendo entregas para “salvar el día”? Qué aprecio puede tener a su trabajo el albañil que expone su vida en cada obra porque no recibe las herramientas ni la formación necesarias para desarrollar su actividad. O, las mujeres proletarias que deben vender sus cuerpos cual mercancía para lograr subsistir. ¿Qué dignidad hay en la explotación de nuestra clase? ¿Qué dignidad pueden tener 12 horas de trabajo (¡O más!) que enriquecen a una pequeña minoría mientras la clase trabajadora ni siquiera logra “llegar a fin de mes”? ¿Qué queda de la dignidad del chofer de colectivo que ni siquiera percibe un salario mínimo y cuyo ingreso depende de la cantidad de “redondos” que haga en el día?
Debemos destruir la tirana y conveniente idea de que “el trabajo dignifica”. No. No todo trabajo dignifica, muy por el contrario, el trabajo hoy, bajo el dominio del capitalismo ha empujado a la clase obrera hacia la indignidad más absoluta. Nos decía Marx, ya allá en 1844 mientras escribía sus manuscritos que:
“Con esta división del trabajo, de una parte, y con la acumulación de capitales, de la otra, el obrero se hace cada vez más dependiente exclusivamente del trabajo, y de un trabajo muy determinado unilateral y maquinal. Y así, del mismo modo que se ve rebajado en lo espiritual y en lo corporal a la condición de máquina y de hombre queda reducido a una actividad abstracta y un vientre. Se va haciendo cada vez más dependiente de las fluctuaciones del precio de mercado, del empleo de los capitales y del humor de los ricos” (Marx, 1844:7).
El dominio de la razón del capital no sólo ha reducido a la clase obrera a la condición de máquina, realizando de manera mecánica actividades que no contribuyen a su realización personal en tanto ser humano; sino que, ha llegado a tal punto la condición de enajenación en el capital, que la clase obrera encuentra satisfacción en los placeres más mundanos que, contradictoriamente potencian su animalidad. Mientras que cercena la capacidad de reflexionar, de pensar, de crear. El capitalismo le ha negado a la clase obrera no sólo el pan, sino también la capacidad de realizar y potenciar su propia humanidad. Parafraseando a las obreras durante la huelga textil en Lawrence, el capitalismo le ha negado a la clase obrera no solo el pan, sino también las rosas.
Marx nos hablaba de que la competencia en el seno de la clase obrera por encontrar un espacio en el que pueda valorizar la única mercancía de la dispone: su fuerza de trabajo; tan solo perpetúa su condición de esclavos. ¿Qué libertad puede tener un trabajador cuando su vida misma depende de venderse a sí mismo? ¿Qué libertad puede tener la clase trabajadora para realizar aquella actividad que en verdad le produzca placeres más elevados que aquellos experimentados por los animales? El capitalismo también cercena la libertad de la clase obrera como condición para ampliar la libertad de acción del capital, la libertad de explotación de nuestra clase.
Una de las obras clásicas de Engels, resultado de haber pasado casi dos años sumergido en los suburbios habitados por la clase obrera en Inglaterra escribía lo siguiente:
“¿Cuál debe ser la suerte de esos millones de seres que no poseen nada, que consumen hoy todo lo que ganaron ayer? (…) En esta guerra social, el capital, la propiedad directa o indirecta de las subsistencias y de los medios de producción es el arma con la cual se lucha; asimismo, está claro como el día, que el pobre sufre todas las desventajas de semejante estado: Nadie se preocupa de él; lanzado en este torbellino caótico, tiene que defenderse como pueda. Si tiene la suerte de encontrar trabajo, es decir, si la burguesía le concede la gracia de enriquecerse a su costa; obtiene un salario que apenas es suficiente para sobrevivir; si no encuentra trabajo, puede robar, si no teme a la policía, o bien morir de hambre y aquí también la policía cuidará que muera de hambre de manera tranquila, sin causar daño alguno a la burguesía” (Engels, 1845:63-68)
Han pasado 179 años de la publicación de la investigación que realizara Engels en 1845, en donde habitó las ruinas en las que sobrevivía la clase obrera en Inglatera. ¿Cuánto ha cambiado la situación de la clase obrera en casi doscientos años? Si revisamos nuevamente las obras de Marx y Engels nos encontramos con que poco o nada ha cambiado la situación de la clase obrera en el mundo. Ejemplo de ello es que, bajo el capitalismo los adelantos científico-técnicos lejos de mejorar las condiciones de trabajo, disminuir la jornada laboral y aumentar la calidad de vida del conjunto de la humanidad, ha generado todo lo contrario, propiciando el surgimiento de una población obrera excedente que engrosa cada vez más los cinturones de pobreza y marginalidad. En definitiva, al capitalismo le sobra gente, o, lo que es lo mismo, en las sociedades capitalistas no hay espacio para la realización del conjunto de la humanidad.
Con acierto, Marx señalaba que, para lograr cultivar su espíritu con libertad, la clase trabajadora necesita ser libre de la esclavitud de las propias necesidades corporales. “Se necesita, pues, que, ante todo, le quede tiempo para poder crear y gozar espiritualmente… (…) No los conocen como hombres, sino como instrumentos de la producción que deben aportar lo más posible y costar lo menos posible. Estas masas de obreros, cada vez más apremiadas, ni siquiera tienen la tranquilidad de estar siempre empleadas” (Marx, 1844:14-19).
En la vorágine del capital, no hay tierra segura para que la clase obrera despliegue toda su potencia creadora, para que encuentre placer y se reconozca en su trabajo. Por ello es necesario, hoy más que nunca, recuperar el trabajo como expresión del ingenio de la humanidad, como resultado de las manos obreras, como expresión de aquello más sublime, de aquello que nos hace realmente humanos.
Referencias
Engels, F. (1845). La situación de la clase obrera en Inglaterra (2019 ed.). MIA Publications.
Engels, F. (1876). El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (2000 ed.). Marxist Internet Archive.
Marx, K. (1844). Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 (2001 ed.). MIA Publications.
Marx, K. (1863). El Capital. Libro I – Capítulo VI Inédito (1971 ed.). (J. Arico, Ed., & P. Scaron, Trad.) Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina: Ediciones Signos S.R.L.
[1] Del alemán lumpenproletariat cuya traducción sería “proletariado del andrajo”. Expresión utilizada por Marx para referirse a aquellas fracciones del proletariado que no llegan a constituirse en clase obrera al no lograr vender su fuerza de trabajo, sobreviviendo en la miseria, en harapos y andrajos. Y cuya reproducción social se realiza mediante su incorporación a espacios de acumulación de capital liderados por actividades ilícitas e ilegales.
[i] Doctoranda en Economía, Instituto de Industria, UNGS, Argentina. Máster en Ciencias Sociales, FLACSO, Paraguay. Economista, Facultad de Ciencias Económicas, UPR, Cuba. Presidenta de la Sociedad de Economía Política del Paraguay, miembro de la Sociedad de Economía Política de América Latina y el Caribe, SEPLA. Integrante del GT Crisis y Economía Mundial de CLACSO. Contacto: alhelicaceres@seppy.org.py

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