Análisis | Por Oscar Herreros Usher

Los comunistas acostumbramos a tratarnos entre nosotras y nosotros como camaradas. No como señora o señor, o ciudadano o ciudadana, o cualquier otro apelativo. ¿Por qué lo hacemos?, ¿qué significa la expresión ‘camarada’ para los comunistas?

No nos llamamos así para diferenciarnos de quienes pertenecen a otras agrupaciones políticas. Por ejemplo, los colorados se tratan entre ellos como ‘correligionario’; miembros de partidos de izquierda o progresistas o de organizaciones sociales suelen utilizar la denominación de ‘compañero’. El trato de camarada entre los comunistas es universal, se da en cualquier país del mundo, aunque utilizando algún vocablo del idioma local pero con el mismo significado, quizás el más famoso sea ‘tovarich’ (товарищ) en ruso.

En primer lugar somos camaradas porque estamos en la misma trinchera. Y encontrarse en una trinchera significa estar librando una batalla, peleando una guerra. ¿Contra qué?, ¿quién es el enemigo? Creo que lo sabemos, aunque no está demás recordarlo: el enemigo es el sistema de producción capitalista, hoy en su fase superior, el imperialismo. Esta guerra la estamos peleando desde hace mucho tiempo, con mayor eficacia desde que la clase trabajadora, inspirada en las ideas de Marx y Engels, fue tomando conciencia de ser una clase social explotada. Esta guerra ha tenido y tiene diversas formas de expresarse en diferentes lugares y momentos históricos; hoy día presenta formas muy sutiles, es también una guerra ideológica.

Y si nos preguntamos cuál es el objetivo estratégico en esta guerra la respuesta es clara: la revolución. Lo que significa la toma del poder del Estado por parte de la clase trabajadora, destruir el estado burgués capitalista y sustituirlo por un Estado proletario socialista, para comenzar a transformar la actual sociedad basada en la propiedad privada y la explotación asalariada hacia una producción y distribución de la riqueza mediante la propiedad social de los medios de producción, hasta alcanzar la meta sintetizada en la expresión ‘de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades’ (Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, 1875).

Un comunista tiene la confianza total, la seguridad plena de que aquella o aquel camarada que ha asumido la responsabilidad de la tarea encomendada pondrá todo su empeño en realizarla, no ahorrará esfuerzos ni se detendrá ante los sacrificios necesarios hasta que la misión esté cumplida, hasta que el objetivo haya sido logrado. Esto impone para cada uno de nosotros la reciprocidad de actuar del mismo modo pues esa misma confianza y seguridad está depositada en cada uno por parte del resto de las y los camaradas. Y todo esto al margen de nuestras simpatías o adversidades personales, parentescos, preferencias estéticas o deportivas, diferentes nacionalidades, regionalismos, culturas, idiomas.

Esta convicción de la necesidad de acabar con la explotación de un ser humano por otro, con la destrucción irracional de la naturaleza, de acabar con la mercantilización de la vida es lo que nos une como camaradas. La disposición a militar por ese mundo libre de opresión y explotación, en donde las generaciones futuras puedan desarrollar a plenitud sus capacidades. Y este lazo ha sido capaz de unirnos trascendiendo las fronteras del tiempo y el espacio.

Pero es necesario abrir un paréntesis, han saltado por ahí algunos diciendo que el trato de camarada es también propio de policías y militares. Puede que el vocablo sea el mismo pero el sentido, el significado y las realidades representadas son muy diferentes. Milicos, canas y gendarmes se llaman camarada entre los del mismo nivel jerárquico, nunca entre superiores y subordinados; en cambio, entre nosotros somos camaradas desde el miembro más novato de la célula hasta el Secretario General del Partido. Lo de ellos es espíritu de cuerpo, no pensante, obedientemente ciego, lo nuestro, conciencia, y conciencia de clase. Los camaradas comunistas aspiramos a la revolución y trabajamos para que se den las condiciones que la hagan posible; ellos son el instrumento de represión de la burguesía para preservar sus privilegios en esta sociedad injusta y antagónica. Cerrado el paréntesis, continuemos.

Responsabilidad, esfuerzo, sacrificio. Tenemos el ejemplo del camarada Antonio Maidana, 20 años de cárcel y tortura en la Comisaría 3ª y en el campo de concentración de Emboscada durante la tiranía stronista; junto con otros camaradas sería conocido en todo el mundo como el preso político más antiguo del continente; luego de la prisión volvió a la lucha siendo secuestrado y desaparecido por la tiranía militar Argentina en el marco del Plan Cóndor. Podemos recordar a la camarada Antonia Perruchino, quien comenzó su vida laboral como empleada doméstica, luego obrera textil y enfermera; tras caer prisionera junto con las camaradas Juana Peralta y Julia Solalinde, todas guerrilleras del FULNA, fueron torturadas, asesinadas y desaparecidas en la estancia del genocida Patricio Colmán. Y cómo olvidar a Carlos Luis Casabianca, el camarada Miguel, también cárcel y tortura y luego caminando por las calles distribuyendo el periódico Adelante!, siendo él su director y principal dirigente del Partido. La lista es bien larga …

¿Es esto lo que se nos exige? Siempre existe la posibilidad de que así sea y deberíamos estar dispuestos a ello. Aunque las actuales circunstancias son menos dramáticas, no por ello son menos heroicas. La asistencia y participación puntual a las reuniones de la célula, que es nuestra trinchera concreta; la inserción en nuestros lugares de trabajo o de estudio; la difusión de nuestras ideas entre nuestros compañeros de trabajo, de estudio, de relación social comunitaria; la captación de nuevos militantes, que luego se transformarán en camaradas; el cumplimiento fiel de nuestras cotizaciones, no importa si son de 5 mil, 10 mil, 50 mil, o la cantidad que sea de guaraníes a lo que nos hayamos comprometido. Ser camaradas implica una ética bien diferente del individualismo egoísta y hedonista que intenta seducirnos a cada instante. Nuestra lucha diaria requiere de una actitud diferente, de una ética en la acción, que plasme el cometido histórico revolucionario de quienes han sido perseguidos, torturados y muertos por estas ideas; no es solo un recuerdo efímero, es una realidad que nos enfrenta día a día, para construir el proceso revolucionario sin perdernos en el camino.

¿Quién decide esas tareas?, ¿alguna cúpula oculta tras altas nubes? Somos nosotras y nosotros mismos, no individualmente según nuestra comodidad o conveniencia, sino las tareas que en conjunto vamos percibiendo en la praxis cotidiana, las tareas que nos reclaman los trabajadores con los que nos relacionamos, las que nos impone la sociedad burguesa en que vivimos y que en las reuniones de célula, en los debates de las Conferencias de Organización y de los Congresos del Partido adquieren expresión y forma concreta. (‘Gobernar obedeciendo’ decían los zapatistas, centralismo democrático le llamamos nosotros). Todo ello a la luz de la otra cara de la moneda: la teoría, el marxismo-leninismo, que no es un catecismo, una fórmula, una receta, ni un dogma, sino una guía para la acción. Conocer esa teoría, estudiarla, aplicarla, es otra de las responsabilidades cardinales que asumimos ante nuestros camaradas.