Por Adelante!

Las declaraciones de José Duarte Penayo, actual titular de la ANEAES, negando el carácter dictatorial del régimen de Alfredo Stroessner y relativizando sus crímenes bajo el argumento de la “modernización”, no constituyen una polémica historiográfica inocente ni una opinión desafortunada como ya mencionamos anteriormente son parte de una operación política consciente, impulsada desde el cartismo, orientada a reescribir la historia para legitimar el autoritarismo del presente.

Cuando desde el Estado se afirma que el stronismo fue una sucesión de “gobiernos constitucionales” y que las torturas, desapariciones, ejecuciones y exilios fueron simples “excesos”, no se está discutiendo el pasado lo que en realidad se está preparando el terreno para la represión futura.

El debate no está abierto: el Estado ya habló

No estamos ante una discusión pendiente, mas allá de que el presidente de la ANEAES haya dicho que están preparados para hablar y debatir con datos en la mano, el Estado paraguayo ya resolvió esta cuestión, la Comisión de Verdad y Justicia (2002–2008), creada por ley y respaldada institucionalmente justamente bajo el gobierno de su padre, documentó en ocho tomos que el stronismo fue una dictadura responsable de crímenes sistemáticos, la dictadura fue terrorismo de Estado, persecución política, apropiación ilegal de tierras y violaciones masivas a los derechos humanos.

La Comisión de Verdad y Justicia no solo estableció el carácter dictatorial del stronismo, sino que formuló recomendaciones expresas al Estado paraguayo para garantizar memoria, verdad, justicia, libertad de expresión y derecho a la organización, precisamente para evitar que este tipo de negacionismo vuelva a habilitar prácticas autoritarias.

Reabrir este “debate” no busca comprender la historia, sino disciplinar el presente y naturalizar la idea de que la violencia estatal puede volver a ser un recurso legítimo.

La trampa de la “modernización”

El núcleo del argumento stronista en la actualidad (hoy reciclado por el cartismo) es conocido y de hecho repetido aun en sectores del pueblo, Stroessner habría garantizado “orden”, “paz” y “modernización”. Esta narrativa es la justificación clásica de todo régimen autoritario que intenta encubrir la violencia estructural bajo resultados materiales parciales sin embargo el argumento se derrumba cuando se lo examina desde la economía política.

El stronismo no fue un proyecto de desarrollo, sino la consolidación de un modelo primario-exportador dependiente, basado en, concentración extrema de la tierra, en gran parte malhabida, expansión del latifundio improductivo, agronegocio extensivo sin generación de empleo, endeudamiento externo como mecanismo de subordinación directa al imperialismo y represión sistemática de toda organización obrera, campesina y estudiantil.

En 35 años de dictadura no hubo industrialización, no se diversificó la matriz productiva, no se desarrollaron fuerzas productivas modernas ni se construyó un mercado interno sólido por lo que ese mito es eso, solo un mito. Incluso en términos estrictamente materiales, y sin  caer en la defensa de ningún gobierno posterior, durante la eterna llamada transición democrática en la que nos encontramos, las obras realizadas durante la dictadura fueron menores que las impulsadas en períodos democráticos posteriores, aún bajo gobiernos débiles, dependientes y contradictorios.

Llamar “modernización” a este proceso es una falsificación histórica, la organización de un Estado para enriquecer a un grupo de explotadores en detrimento de la mayor parte de la población.

Latifundio, represión y Estado: una misma estructura

Desde una perspectiva leninista, no puede separarse la forma política del contenido económico. El stronismo fue una dictadura porque necesitaba serlo, el modelo económico que se impuso sólo podía sostenerse mediante la violencia organizada y dirigida desde el poder burgués.

La concentración de tierras, la expulsión de comunidades rurales, la represión a sindicatos y organizaciones populares no fueron excesos, sino condiciones necesarias para garantizar la acumulación de una minoría y la estabilidad de un orden dependiente.

La Comisión de Verdad y Justicia fue clara, la violación sistemática de los derechos humanos estuvo íntimamente ligada a la estructura económica y social del país. La falta de trabajo digno, de acceso a la tierra, a la vivienda, a la salud y a la educación no fueron fallas del sistema: fueron resultados funcionales. 

La propia Comisión de Verdad y Justicia estableció esta relación estructural señalando que la violencia estatal estuvo directamente ligada a la concentración de la tierra, la exclusión social y la negación sistemática de derechos económicos y sociales e identificó estas dimensiones como tareas pendientes del Estado democrático, por eso la represión no fue un error, ni tampoco algo que ocurrió hacia el final donde se incurrieron en algunos excesos, citando a Penayo. Fue un método de gobierno.

El cartismo y la continuidad bajo nuevas formas

El cartismo no reivindica al stronismo por nostalgia, sino por necesidad política, en un contexto de crisis social, endeudamiento, precarización laboral y creciente conflictividad, la clase dominante necesita legitimar el uso de la fuerza y la restricción de derechos la diferencia entre ayer y hoy no es de contenido, sino de forma, Stroessner gobernó mediante dictadura militar abierta y el cartismo gobierna mediante una democracia de fachada, concentrando poder, capturando instituciones, criminalizando la protesta y garantizando impunidad ambos responden al mismo bloque de intereses, al agronegocio, capital financiero, burguesía local asociada y al imperialismo.

Reivindicar el stronismo cumple una función pedagógica reaccionaria, naturalizar que la represión es necesaria para garantizar el “orden”, que los derechos son negociables y que la soberanía popular debe subordinarse a la “estabilidad”.

De la memoria familiar a la coherencia de clase

Hay un dato que vuelve aún más brutal esta escena política, Juan Jose Penayo fue el tio-abuelo de José Duarte Penayo. Juan José fue perseguido y desaparecido por el stronismo en 1977, en el marco del Plan Cóndor. Fue además militante y dirigente de nuestro partido. Esto no debe leerse como una contradicción personal o moral, es una lección histórica de clase.En Paraguay (como en toda América Latina) sectores que alguna vez se presentaron como “progresistas” dentro del régimen terminaron alineándose con las facciones más reaccionarias del poder económico cuando la crisis exigió definiciones, no es incoherencia familiar, es coherencia de clase.

El llamado “ala progresista” de la ANR mostró su límite histórico con Nicanor Duarte Frutos, puede administrar el sistema en tiempos de estabilidad, pero cuando el orden está en cuestión, se arrodilla ante la reacción, su propio hijo es la prueba.

Memoria, verdad y programa

La Comisión de Verdad y Justicia no solo cerró el debate sobre el carácter dictatorial del stronismo. También señaló las tareas pendientes del Estado paraguayo: reforma agraria, justicia social, democratización real, garantías efectivas de derechos y desmantelamiento de los aparatos represivos heredados.

Negar la dictadura es negar esas tareas.

Las recomendaciones de la Comisión de Verdad y Justicia son claras en este punto: sin desmantelar los aparatos represivos heredados, sin garantizar justicia efectiva y sin avanzar sobre las bases materiales de la desigualdad (tierra, trabajo, salud, vivienda) no puede hablarse de democracia real. Estas recomendaciones siguen siendo una agenda incumplida del Estado paraguayo, quien además no deja de demostrar que bajo el orden de clase existente en nuestro país, no existen posibilidades de que las cumpla, más bien es más posible que la reacción siga avanzando

Reivindicar a Stroessner es reivindicar el modelo de país que impide hasta hoy la soberanía y el desarrollo autónomo, por eso esta discusión no es sobre el pasado, es sobre el futuro.

No hay desarrollo sin ruptura

El Paraguay no es pobre por incapacidad, es pobre porque su estructura económica fue diseñada para servir a intereses ajenos. Mientras se mantengan el latifundio, la dependencia y la subordinación al imperialismo, la deuda externa, no habrá modernización posible, sólo nuevas formas de exclusión y violencia

Frente al intento de rehabilitar la dictadura, la respuesta no puede ser sólo moral, debe ser política, histórica y de clase, defender la memoria no es un gesto simbólico, es una condición para disputar el rumbo del país toda reivindicación del stronismo es, en el fondo, una advertencia:

Si el pueblo trabajador se organiza, el poder de las patronales está dispuesto a volver a usar la fuerza.

La tarea de nuestro tiempo es impedirlo, construyendo una alternativa popular y revolucionaria que rompa definitivamente con el modelo de dominación que la dictadura impuso y que la democracia burguesa administró.

Imagen de portada: Imagoteca Paraguaya