Opinión | Por Hawre Rezgar


Los acontecimientos recientes, desde el surgimiento del Estado Islámico (DAESH) hasta la actual crisis en Siria, demuestran de manera fehaciente que estos procesos operan estrictamente bajo la lógica de los intereses imperialistas. Sin la inducción de estos cambios políticos, la maquinaria de guerra y el militarismo occidental no habrían podido imponer su hegemonía sobre una región caracterizada por su abundancia en recursos naturales y riqueza agrícola.

El contexto de los kurdos en la región

El pueblo kurdo ha enfrentado históricamente una feroz persecución y limpieza étnica a manos del fascismo capitalista iraquí, antes bajo el régimen de Saddam Hussein. Pero, solamente luego de que el imperialismo colocó su relato con mentiras y cuando el levantamiento popular debilitó los cimientos del poder estatal, comenzaron a imponer sanciones económicas severas que no afectaron a la élite, sino que sumieron en la pobreza a la población iraquí en general.

Al detectar que el potencial de autogestión popular había sido erosionado y ante el debilitamiento de los movimientos radicales y socialistas en Irak y Kurdistán, el imperialismo facilitó el ascenso de grupos terroristas del islam político (tanto chiíes como suníes). En este escenario de fragmentación, las direcciones nacionalistas tradicionales en Kurdistán asumieron el poder, allanando el camino para que el imperialismo consolidara la ocupación formal de Irak tras el derrocamiento del régimen.

En el Kurdistán iraquí, aunque el militarismo directo pareció distanciarse temporalmente debido a la capitulación de las élites nacionales (especialmente los clanes Barzani y Talabani) ante las políticas de Washington, el territorio no quedó exento de la agenda global. El instrumento más eficaz para reintegrar la zona en la esfera de intereses imperialistas fue, nuevamente, el extremismo yihadista, que se convirtió en la principal amenaza para Kurdistán, Irak y, posteriormente, Siria.

Siria y la instrumentalización de DAESH

El surgimiento del terrorismo islámico de DAESH sumió a Siria en una era de devastación y masacres sistemáticas, destruyendo milenios de civilización. Frente a esta barbarie, surgió en Rojava (Kurdistán sirio) un movimiento de resistencia compuesto por mujeres y hombres que rechazaron frontalmente el mandato teocrático y las leyes medievales.

Inicialmente, Estados Unidos y las potencias occidentales adoptaron una postura de apoyo oportunista hacia las fuerzas kurdas, utilizando una retórica de «secularismo» y «democracia». Sin embargo, su despliegue militar se concentró estratégicamente en las zonas ricas en petróleo y materias primas. Aunque la valentía y el sacrificio de los combatientes kurdos obligaron al imperialismo a colaborar tácticamente contra DAESH, todo el proceso fue, en última instancia, una trampa geopolítica, como se evidenció tras el colapso del gobierno de Bashar al-Ásad.

La era post-Ásad: La legitimación del terror

Tras la caída del régimen sirio, Estados Unidos, Israel y la OTAN han facilitado el ascenso al poder de grupos anteriormente designados como terroristas. El caso de Ahmed al-Sharaa (Abu Mohammad al-Julani) es paradigmático: un perpetrador de crímenes de guerra y masacres contra el pueblo kurdo y sirio, a quien ahora se le otorga legitimidad política. Este giro busca asegurar que la nueva administración de Siria opere bajo el mandato directo de los intereses imperialistas y regionales.

La resistencia kurda frente a la nueva ofensiva

El pueblo kurdo en Siria no ha claudicado ante el nuevo orden. Manteniéndose firmes contra el tradicionalismo y el islam político, han pagado un alto precio con más de 13.000 mártires en la lucha antiterrorista. Han sido la única fuerza garante de los derechos humanos, la libertad política y la igualdad de género, convirtiéndose en el refugio para todas las minorías perseguidas por el extremismo.

Es imperativo comprender que la intervención estadounidense nunca tuvo como fin la defensa de los kurdos, sino la explotación de los recursos naturales. Para forzar la sumisión kurda, Washington ha otorgado recurrentemente «luz verde» al Estado turco para lanzar ofensivas militares, utilizando a miles de yihadistas mercenarios como fuerza de choque.

Finalmente, el imperialismo ha revelado su verdadera naturaleza sin ambigüedades: han abandonado a sus aliados kurdos para pactar con el régimen extremista de Ahmed al-Sharaa. Bajo el amparo de este consenso imperialista, se están ejecutando masacres y limpiezas étnicas contra la población kurda, especialmente en la ciudad de Alepo.

Esta es la esencia del imperialismo. Debe servir como una lección histórica fundamental para el pueblo kurdo y todos los pueblos oprimidos: la emancipación no puede depender de las promesas de Estados Unidos, Israel o la OTAN. Invitar a estas potencias al seno del territorio solo conduce a la traición y al saqueo.